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Una de sus obras más reconocidasRedes Sociales

El matemático de Jaén cuyo libro enseñó a hacer cuentas en España durante más de 200 años

Juan Pérez de Moya nació en Santisteban del Puerto en el siglo XVI y convirtió las matemáticas en un conocimiento accesible cuando el castellano apenas se utilizaba como lengua científica

Más de cuatro siglos después de su muerte, un libro ha devuelto a Juan Pérez de Moya a Jaén. El Instituto de Estudios Giennenses ha incorporado a sus fondos una obra de 1557 del matemático nacido en Santisteban del Puerto, uno de los grandes divulgadores científicos de la España del Renacimiento y autor de un manual que terminó utilizándose durante generaciones para aprender aritmética.

Su nombre es hoy desconocido para buena parte de los jiennenses, pero Pérez de Moya consiguió algo poco habitual en pleno siglo XVI: explicar las matemáticas para que pudieran entenderlas también quienes estaban fuera de los grandes centros académicos.

Su obra más célebre, Aritmética práctica y especulativa, apareció en Salamanca en 1562. El éxito fue extraordinario. La Biblioteca Nacional conserva numerosas ediciones posteriores y estudios especializados sitúan el libro entre las principales obras matemáticas publicadas en España durante aquella centuria. La Diputación de Jaén recuerda que terminó convirtiéndose durante más de dos siglos en una referencia para la formación mercantil y contribuyó además a consolidar el castellano como lengua válida para transmitir conocimiento científico.

De Santisteban del Puerto a las matemáticas

Pérez de Moya nació hacia 1512 en Santisteban del Puerto, en una España en la que buena parte de la producción científica seguía circulando en latín y el acceso al conocimiento estaba muy lejos de ser universal.

Su formación lo llevó a Salamanca, donde obtuvo el grado de bachiller, título que mantendría orgullosamente en la firma de sus obras. También pasó por Alcalá de Henares y desarrolló una trayectoria ligada tanto a la enseñanza como a la Iglesia.

Las matemáticas, sin embargo, terminaron convirtiéndose en uno de los grandes hilos conductores de su vida. Escribió sobre aritmética, álgebra, geometría, astronomía y navegación, pero con una preocupación especialmente moderna para su tiempo: hacer comprensibles materias que podían resultar inaccesibles para quienes necesitaban utilizarlas en la vida cotidiana.

No escribía únicamente para especialistas. Entre sus primeros trabajos hubo manuales destinados al cálculo mercantil, una herramienta fundamental para comerciantes y personas que tenían que desenvolverse diariamente entre operaciones, cuentas y transacciones.

Ese carácter divulgativo explica buena parte de su éxito posterior. La Universidad de Salamanca destaca que Pérez de Moya contribuyó a abrir la aritmética y el álgebra más allá del ámbito universitario, mientras investigaciones científicas posteriores lo han situado también como uno de los principales divulgadores de la geometría euclidiana en la España del XVI.

Su vida terminaría conectándolo además con Granada. En sus últimos años fue nombrado canónigo de la Catedral granadina, ciudad en la que falleció en 1596.

Un libro que sobrevivió

El gran salto llegó en 1562 con la publicación de Aritmética práctica y especulativa. La obra reunía conocimientos teóricos con problemas y aplicaciones prácticas y estaba escrita en castellano, algo especialmente relevante en una época en la que el latín conservaba un enorme peso en la transmisión del saber.

Su repercusión fue considerable. La Biblioteca Complutense señala que llegó a alcanzar hasta una treintena de ediciones en los siglos siguientes, mientras la Diputación de Jaén subraya que se mantuvo durante más de 200 años como base para parte de la enseñanza relacionada con el cálculo mercantil.

La obra también incluía contenidos algebraicos. Algunos estudios consideran a Pérez de Moya uno de los primeros autores españoles que abordaron de manera sistemática la llamada «regla de la cosa», denominación utilizada entonces para resolver problemas que hoy identificaríamos con el álgebra y las ecuaciones.

Su importancia no estuvo tanto en descubrir unas matemáticas nuevas como en hacerlas llegar a más personas. Esa voluntad de divulgación es precisamente uno de los aspectos que ahora reivindica el Instituto de Estudios Giennenses.

Francisca Medina, vicepresidenta cuarta de la Diputación y responsable del organismo, define su aportación como «una contribución extraordinaria a la ciencia española, con una visión diferente en la que prevaleció la accesibilidad al conocimiento».

Medina destaca además «su magnífica obra cumbre», Aritmética práctica y especulativa, y recuerda que terminó convirtiéndose en «un hito para el uso del castellano como lengua científica».

Portada de la primera edición (1562)

Portada de la primera edición (1562)Redes Sociales

Una obra de 1557 regresa ahora a Jaén

El volumen que acaba de adquirir el Instituto de Estudios Giennenses no es precisamente su famosa Aritmética, sino una obra anterior publicada en 1557 bajo el título Sylva, eutrapelias id est comitatis et urbanitates, ex variis probatae fidei Authoribus & vitae experimentis.

El ejemplar ya había formado parte de una exposición organizada en el antiguo Hospital San Juan de Dios con motivo de unas jornadas nacionales dedicadas a la enseñanza de las matemáticas y pasará ahora a engrosar los fondos documentales de la institución.

El Consejo Rector ha aprobado conjuntamente otra adquisición singular: una colección de siete pliegos poéticos del siglo XVIII que incluye una composición de Alonso de Bonilla y Garzón, escritor nacido en Baeza en 1570 y considerado uno de los precursores del conceptismo.

La incorporación de ambos fondos forma parte del trabajo de conservación del Instituto de Estudios Giennenses, que reúne más de 120.000 registros y documentos, además de miles de archivos y libros procedentes de legados relacionados con la provincia.

En el caso de Pérez de Moya, la adquisición permite recuperar algo más que un volumen antiguo. Devuelve el foco a un jiennense que hace casi cinco siglos entendió que el conocimiento científico tenía más valor cuando podía salir de los círculos especializados y llegar a quienes realmente necesitaban utilizarlo.

Su nombre ha quedado mucho menos arraigado en la memoria popular que el de otros grandes autores del Siglo de Oro. Sus libros, sin embargo, tuvieron una vida extraordinariamente larga: las cuentas que un matemático de Santisteban del Puerto comenzó a explicar en castellano en pleno Renacimiento siguieron enseñándose durante generaciones.

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