Vecinos de un diseminado de casas rurales en Guaro aislados

Vecinos de un diseminado de casas rurales en Guaro aislados tras la destrucción de un puente por las borrascasJackie Sckeryt

Reportaje El Debate

El centenar de vecinos de Málaga atrapados por la riada: «Vivimos con miedo a una emergencia médica»

Vecinos de la zona de Partido Valenciano llevan más de veinte días incomunicados tras el colapso del puente principal por la borrasca Francis. Denuncian la lentitud de las actuaciones y relatan graves dificultades para trabajar, atender a animales o recibir asistencia sanitaria

«No pedimos lujos, solo poder llegar a nuestras casas sin poner en riesgo nuestra salud». La voz de Jackie Sckeryt, una mujer alemana y vecina de la zona rural de Partido Valenciano, en el municipio de Guaro (Málaga), retumba con la frustración y la angustia de cerca de un centenar de personas que llevan más de veinte días viviendo en un aislamiento forzoso, pero también peligroso. En esa zona conviven personas de muchas nacionalidades; además de la alemana, representada por Jackie, conviven holandeses, franceses, ingleses y españoles.

Puente destruido al paso de la borrasca Francis

Puente destruido al paso de la borrasca FrancisJackie Sckeryt

Y es que el derrumbe del puente principal de acceso el pasado 4 de enero, sumado al desprendimiento del camino alternativo ese mismo día, los ha dejado atrapados en sus propias fincas, en una situación que califican de «insostenible» y ante la que reclaman soluciones urgentes y efectivas.

La borrasca Francis, que a su paso por la provincia dejó un rastro de infraestructuras destrozadas, se cebó particularmente con esta área rural. El río Grande, desbordado y rozando niveles históricos, arrasó el Puente de las Valencianas, dejando a una veintena de familias sin conexión.

Aunque el alcalde de Coín, Francisco Santos, anunció entonces contactos con el Ayuntamiento de Alozaina para habilitar un antiguo camino y con la Junta de Andalucía para una reconstrucción a medio plazo, la realidad sobre el terreno, según relatan los afectados, es de un abandono palpable y de progresos «lentísimos».

Y aunque a pesar de los infortunios de las destrucciones de los puentes, las máquinas pesadas abrieron una zanja por la que podían pasar los más aventurados, aquellos que tenían todoterrenos 4x4. «Eran ellos los que traían lo que el resto necesitaban», relata Jackie. Pero tras el paso de la borrasca Leonardo, todo se ha torcido aún más. Cuando parecía que lo peor había pasado, las recientes y persistentes lluvias desmoronaron los caminos que las máquinas abrieron y ahora el aislamiento es absoluto.

«Las máquinas están paradas»

Jackie describe un escenario desesperante. El Ayuntamiento intenta habilitar un camino provisional que cruza un arroyo, pero «los trabajos avanzan muy lentamente y las máquinas permanecen la mayor parte del tiempo paradas». El otro acceso recibió un arreglo mínimo, pero para llegar a él hay que vadear un riachuelo que, con cada nueva lluvia, crece y vuelve a cortar el paso. «La carretera sigue cortada. Salir es un esfuerzo enorme o directamente imposible», asegura.

Esta vecina, que trabaja con turno partido, ha roto dos veces el cárter de su coche en estos «veintitantos días» y se ha visto obligada a pasar hasta 12 horas fuera de casa para evitar más averías. Pero su caso dista de ser el más grave.

Miedo a la salud y el trabajo

Entre los aislados hay realidades que ponen los pelos de punta. Una vecina tiene su casa totalmente incomunicada; ni siquiera un todoterreno puede acceder. Ha tenido que alquilar un coche –más de 1.000 euros de gasto– porque no puede sacar el suyo, y debe cargar a pie, durante un kilómetro de caminos intransitables, sacos de comida y garrafas de agua para los animales que acoge. Otros han perdido su empleo por no poder acudir al trabajo, o se han visto forzados a alquilar un piso en el pueblo, abandonando sus fincas y animales.

Los vecinos, al borde del puente destruido que los aisla

Los vecinos, al borde del puente destruido que los aislaJackie Sckeryt

La vulnerabilidad sanitaria planea como una sombra. «Hay un vecino que necesita quimioterapia, otro que es diabético… Una familia con niños pequeños vive con el miedo constante de que, si surge una emergencia, una ambulancia no pueda llegar», explica Jackie. Para los residentes en el Cerro Buenavista, cualquier lluvia convierte el camino en una trampa resbaladiza e impracticable, incluso para vehículos 4x4.

La «tranquilidad total», aún lejana

Mientras las autoridades hablan de trabajar para «recuperar la tranquilidad total» y destacan, como hizo el alcalde Santos, que no ha habido «tragedia personal», las familias del Partido Valenciano y zonas aledañas sienten que el tiempo corre en su contra. Su día a día es una lucha contra el barro, la incertidumbre y el riesgo.

Su petición es clara y desesperada: necesitan una solución de acceso viable y segura ya. No un parche provisional que les aísle cada vez que llueve, sino una actuión decidida que restablezca la normalidad y, sobre todo, la seguridad de que la asistencia básica y urgente puede llegar hasta sus puertas. El invierno no ha terminado, y cada nueva nube en el horizonte se convierte para ellos en una amenaza.

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