El artista malagueño, pinceles en mano, posa junto a uno de sus retratos
Entrevista
Antonio Montiel, el pintor de reyes que se obsesionó con Marisol: «Su mirada no era feliz»
El retratista malagueño, obsesionado desde niño con el rostro de Pepa Flores, ha pintado a reinas, artistas y grandes figuras de la vida pública. «Siempre busqué transmitir el interior de las personas a través de las miradas», confiesa
Antonio Montiel (Antequera, 62 años) aprendió a dibujar el rostro de Marisol antes que a leer y escribir. Tenía tres años y medio cuando su padre trajo a casa un lote de revistas atrasadas de una emisora de radio. En una de las portadas aparecía una joven de 18 o 19 años que le cautivó. Empezó a copiar aquel rostro en una libreta con rotuladores Carioca y se obsesionó hasta el punto de aprender a plasmarlo de memoria.
Con el tiempo su madre le contó quién era: se llamaba Marisol. Aquella niña se convirtió en su musa, y años después, con 14, se fugó de casa para conocerla en Altea. «Mi padre no quería llevarme porque decía que Marisol me daría con la puerta en las narices», recuerda. Consiguió su propósito, hicieron una buena amistad y ella posó para él en varias ocasiones. Cuando Pepa Flores cumplió los 50, Montiel celebró en Málaga una exposición entera dedicada a ella con cerca de 30 obras. «Ella vino incluso a la inauguración», presume.
Pintor de reinas, actrices y grandes figuras de la vida pública, Montiel ha construido una carrera marcada por su capacidad para leer lo que se esconde detrás de cada rostro. En esta entrevista, el artista malagueño desvela los secretos de un oficio que empezó siendo un juego de niño y que le ha llevado a retratar a algunas de las personalidades más relevantes de nuestro tiempo.
–Antonio, usted retrató a Pepa Flores, Marisol, convertida en una de las grandes musas de su trayectoria artística. ¿Qué encontró en ella que le llevó a plasmar su imagen en el lienzo y qué recuerda de aquella experiencia?
–Antes de aprender a leer y escribir con tres años y medio, mi padre trajo a casa un pequeño lote de revistas atrasadas de una emisora de radio. En una portada de ellas aparecía el rostro de una joven de 18 o 19 años que me cautivó. Empecé a intentar copiar aquel rostro en una libreta que mi madre me había regalado con unos rotuladores Carioca. Me obsesioné de tal forma que aprendí a plasmarla de memoria. Con el tiempo mi madre me fue contando de quién se trataba y así supe que se llamaba Marisol. El tiempo fue pasando y se convirtió en mi musa. Con 14 años me fugué de casa para ir a conocerla a Altea, donde vivía su retiro con el bailarín Antonio Gades. Mi padre no quería llevarme porque decía que Marisol me daría con la puerta en las narices y que no me atendería. Así que por eso me fugué y conseguí mi propósito después de varios intentos en Málaga. Después hicimos una buena amistad y me ha posado varias veces. Cuando cumplió los 50 años celebré en Málaga una exposición entera dedicada a ella con cerca de 30 obras. Ella vino incluso a la inauguración. Tiene algo especial en su rostro que va mucho más allá de la belleza. Una sensualidad y un misterio irresistible para mí.
Montiel y Marisol cultivaron una gran amistad y fue su musa en numerosos retratos
–Ha retratado a figuras de la realeza, mujeres que representan el poder, la historia y la tradición. ¿Qué cambia cuando se enfrenta al retrato de una reina respecto al de una mujer que, como Marisol, forma parte del imaginario sentimental de varias generaciones?
–Bueno, en cuestión artística no hay ninguna diferencia. Siempre tuve un gran interés por el análisis de los rostros. Ya desde niño me fijaba en los rostros que me rodeaban e intentaba plasmarlos; lógicamente hay algunos que me interesan más que otros por una cuestión de gusto estético. Cuando vamos creciendo, la sociedad nos enseña los valores por los puestos que las personas representan y eso nos hace verlos con diferencia de importancia. Una reina parece más inalcanzable que una actriz, por ejemplo. Si logras llegar a ella, te sientes como si tu valía aumentara, pero con el tiempo he aprendido a desmitificar. Yo intento siempre plasmar en el lienzo lo que cada persona me inspira, independientemente de lo que se dedique. La vestimenta la eligen las modelos y eso también puede marcar las diferencias aparentes.
Antonio Montiel se ha destacado también por retratar a reinas
–Más allá del parecido físico, ¿qué busca descubrir de una persona cuando la tiene delante para retratarla? ¿Hasta qué punto un pintor puede revelar en un cuadro aquello que el propio retratado intenta ocultar?
–Yo siempre busqué transmitir el interior de las personas a través de lo más importante: las miradas. Cuando me fijé por vez primera en Pepa Flores, aun siendo muy niño, me llamó la atención un toque de melancolía y de tristeza que me reflejaba aquella primera foto. Con el tiempo supe, incluso hablándolo con ella, el sufrimiento que pasó en su etapa de niña adolescente en un mundo de adultos lleno de intereses. Cuando cumplí los 14 años iba a las casas de señoras que me posaban para el encargo de sus retratos y, antes de tratarlas más cercanamente, yo ya veía en sus miradas que no eran tan felices como aparentaban. Durante los tiempos de pose, algunas se abrían conmigo y terminaban contándome sus desdichas.
–Su obra le ha permitido acercarse a personalidades que, en muchos casos, viven rodeadas de una imagen pública muy definida. ¿Ha descubierto alguna vez, detrás de esa imagen, una persona radicalmente distinta de la que el mundo conoce?
–Sí, por supuesto. El ser humano vive demasiado en la apariencia. Tiene muchas inseguridades que intenta cubrir con actitudes de poder y dominio, pero en la gran mayoría es una postura que encierra complejos. Los temores y la vulnerabilidad crean muchas veces una coraza que lo único que intenta es defenderse de lo externo. Recuerdo especialmente en eso a la gran Rocío Jurado. Parecía que, con esa imagen de grandeza en los escenarios, se comía el mundo o le daba un aire de arrogancia que a algunas personas les molestaba. Pero la verdad es que detrás de esa imagen había una niña que necesitaba la aprobación de los demás. Su fondo era mucho mejor de lo que podía aparentar cuando adoptaba la pose de estrella.
–En una época dominada por la fotografía y las imágenes digitales, ¿qué puede ofrecer el retrato pictórico que no consiga una cámara? ¿Cree que hoy existe una necesidad especial de recuperar la mirada pausada y humana del artista?
–El mundo de hoy va muy deprisa y cada vez se da menos la observación y la quietud, pero soy de la opinión de que nunca una máquina podrá suplir todo lo que encierra el ser humano en sí. Cuando yo hago un retrato, la expresión que dejo en mi trabajo es la síntesis de muchos instantes que a la vez tienen que ver con las emociones que siento cada vez que cojo el lápiz o el pincel. Eso lo noté especialmente cuando realicé el retrato de Federico García Lorca para la Galería de Ilustres del Ateneo de Madrid. No había buenas fotos de su etapa final, que era como quería el Ateneo verlo plasmado, y encima tampoco había referencias de su imagen a color. Tuve que hacer un estudio de investigación y de intuición para poder crear su retrato, y a medida que avanzaba su rostro cambiaba hasta llegar a la conclusión final. Me quedé satisfecho del resultado y, encima, recientemente pude verlo en la película 'La bola negra', de los Javis.
Rocío Jurado fue también una de las figuras que retrató
–Es algo que no me planteo porque no sé por dónde irá el arte en esos tiempos. Ya solo con ver los de ahora me quedo muy desubicado. Hoy se le llama arte a cualquier cosa y parece que todo vale. Es un inquietante conflicto que tengo desde muy joven, y existen obras que la crítica parece valorar mucho y a mí me parecen auténticas tomaduras de pelo. A mí lo único que me gustaría que la gente viera es la honestidad que he puesto siempre en lo que hago. Los personajes seguramente habrán quedado en personas desconocidas y lo que se podrá ver es lo que transmiten los rostros, las expresiones y la técnica pictórica.