DESDE LA RETAGUARDIA

Medio siglo atrás

Pienso que entre 1977 y 2004 España vivió en una espléndida democracia, unos tiempos memorables que me emociona recordar

Noviembre de 1975. Un grupo de amigos estuvimos a punto de cancelar el previsto viaje a los pirineos franceses por la inminencia de la muerte de Franco. Pensábamos que tras el deceso podría producirse en España algo así como una revolución y no queríamos que el lío nos pillara fuera. Al final, nos arriesgamos. Recuerdo largas veladas en refugios de montaña frente al televisor, tratando de entender algo de lo que estaba pasando en la vieja piel de toro. Los medios franceses hablaban de una agonía interminable, terrorífica, y de una tensión política que confirmaba nuestros peores miedos.

Ya de regreso, en la frontera española, le pregunté al Guardia Civil que revisaba nuestros pasaportes que «cómo sigue el Caudillo». «Igual», me contestó sin mirarme a la cara. Al instalarme de nuevo en la rutina de mi pueblo -para mi entonces opresiva, casi asfixiante- todo parecía normal. La vida seguía igual, como cantaría Julio Iglesias.

La muerte del dictador -cómo ocurre siempre con el traspaso de cualquier persona- me pilló de improviso. Estaba harto de seguir los partes médicos que nada decían y de acudir al quiosco de ca s'Alemany en busca del último ejemplar de Cambio16, entonces guía del periodismo antifranquista, siempre dentro de las limitaciones que imponía la época, claro. Atrás había quedado también una portada histórica de Última Hora: «Franco, 38 quilos». Un poco harto de todo aquello decidí relajarme, así que el 20-N me pilló a contrapié.

Recuerdo muchas cosas de aquella mañana, la más impactante, la imagen de mi padre -ya muy enfermo- llorando frente al televisor con la imagen de Arias Navarro en la pantalla. Mientras tanto, mis amigos de farras celebraban el deceso de Franco descorchando una botella de Vega Sicilia. No pude participar de su alegría: me parecía obsceno festejar un suceso por el que mi padre lloraba en aquellos mismos momentos. Yo deseaba el advenimiento de la democracia, pero no quería levantar la copa por la muerte de nadie. Recuerdo también que aquel día hablé con el doctor René Kovacs, amigo personal de don Juan Carlos: «Pasado mañana -me dijo- será el gran día».

Tuvo que llegar Zapatero para que se iniciara una etapa en la que los españoles de mi generación fuimos forzados a considerarnos nietos de la guerra en vez de hijos de la Transición

Yo veía al ya casi monarca como un títere a las órdenes de los jerarcas del Movimiento. No lo fue, pero entonces ni siquiera podía imaginarlo. Ahora me duele en el alma -ya soy más viejo que lo era mi padre en el 75- que el Rey emérito no participe en los fastos de la conmemoración de los 50 años de la monarquía restaurada.

Para mí la Transición, con todos sus vaivenes, fue un modelo. Pienso que entre 1977 y 2004 España vivió en una espléndida democracia, unos tiempos memorables que me emociona recordar. Tuvo que llegar Zapatero -precedido, en Balears, por el mal llamado Pacte de Progrés, vaya tropa- para que se iniciara una etapa en la que los españoles de mi generación fuimos forzados a considerarnos nietos de la guerra en vez de hijos de la Transición. La frase no es mía, sino de Martín Villa, pero me parece muy certera.

Desde la atalaya de 50 años vividos con pasión, siento ahora que, de un tiempo a esta parte, han intentado engañarme, como si yo mismo no hubiese vivido este apasionante medio siglo. Y pienso que la España que dejó Franco no era un erial, la vergüenza de Europa. Como ha dicho también alguien, «entonces aquí todo era moderno menos el franquismo».

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