Diana Al Azem
Entrevista Diana Al Azem
«Tu hijo adolescente no se ha ido»: Diana Al Azem explica cómo recuperar la conexión perdida
La experta en educación analiza este jueves en Palma los desafíos de la crianza en la adolescencia en el marco de la Semana de las Familias en Baleares
Diana Al Azem se niega a comprar el discurso del pánico. Frente a esa creencia de que la adolescencia es un abismo donde los padres pierden a sus hijos, la divulgadora lanza un mensaje de calma: «No se han ido; solo están buscando quiénes son». Este jueves, Al Azem aterriza en Palma, en el marco de la Semana de las Familias celebrada por el Govern balear, para ofrecer su particular receta frente a la etapa más volcánica y convulsa del crecimiento. Su charla, titulada Cómo conectar con la adolescencia sin morir en el intento, receta algo tan básico como darles tiempo sin reloj.
P.- Baleares vive una realidad social muy particular, marcada por el turismo, la estacionalidad laboral y el ritmo acelerado de vida. ¿Cómo influye eso en las familias y en los adolescentes?
R.- Creo que, en el fondo, las familias baleares se parecen mucho a las de cualquier otro lugar. Todas las familias hoy intentan encontrar equilibrio entre trabajo, tiempo personal, crianza y conexión familiar, y eso no siempre es fácil. Sí es verdad que Baleares tiene algunas particularidades, como determinados ritmos laborales vinculados al turismo o épocas del año más intensas, pero los retos que viven padres y adolescentes son bastante universales: entenderse mejor, encontrar tiempo de calidad juntos y aprender a convivir en una sociedad cada vez más rápida y digital. Y aun así, también veo algo muy positivo: cada vez hay más familias interesadas en educar desde la comunicación, el respeto y la conexión emocional. Y eso es una muy buena señal.
P.- ¿Cree que los adolescentes de las Islas afrontan retos distintos a los de otros territorios?
R.- Creo que los adolescentes, vivan donde vivan, comparten muchos retos similares hoy en día: la presión social, las redes sociales, la necesidad de encajar, la autoestima o la incertidumbre sobre su futuro. Quizá en Baleares, por su carácter abierto y multicultural, los adolescentes crecen conviviendo con realidades muy diversas, y eso también puede ser una oportunidad muy enriquecedora. Aprenden desde pequeños a convivir con distintas culturas, idiomas y formas de ver la vida. Pero sinceramente, creo que las preocupaciones de fondo son bastante universales. Todos los adolescentes necesitan sentirse escuchados, comprendidos y valorados, independientemente del lugar donde vivan.
P.- En una comunidad tan diversa y multicultural como Baleares, ¿qué papel juega la convivencia?
R.- La convivencia no es solo «soportarnos» unos a otros; es aprender a mirar al otro con curiosidad y respeto. Y eso empieza en casa. Los adolescentes crecen observando continuamente cómo hablamos de las personas diferentes a nosotros, cómo gestionamos los conflictos o cómo reaccionamos ante quien piensa distinto. Ahí es donde realmente aprenden convivencia. La diversidad puede ser una enorme riqueza si enseñamos a los jóvenes a verla como una oportunidad para ampliar su mirada del mundo y no como una amenaza. Creo que necesitamos educar más en empatía, pensamiento crítico y diálogo.
La adolescencia es una etapa en la que necesitan diferenciarse, buscar su identidad y ganar autonomía. El error suele ser interpretar esa distancia como rechazo personal"
P.- Muchas familias sienten que «pierden» a sus hijos durante la adolescencia. ¿Qué les diría?
R.- Les diría que muchas veces no han perdido a sus hijos; simplemente han dejado de acceder a ellos de la misma manera que cuando eran niños. La adolescencia es una etapa en la que necesitan diferenciarse, buscar su identidad y ganar autonomía. Y eso a veces se traduce en menos comunicación, más distancia o respuestas más secas. Pero detrás de eso sigue habiendo una enorme necesidad de vínculo. El error suele ser interpretar esa distancia como rechazo personal. Y entonces aparecen el control excesivo, los interrogatorios o los conflictos constantes. Muchas veces el adolescente no necesita padres perfectos; necesita padres disponibles emocionalmente, capaces de escuchar sin reaccionar siempre desde el miedo o la crítica.
P.- En Baleares preocupa especialmente el bienestar emocional de los jóvenes. ¿Estamos hablando más de salud mental que antes?
R.- Sí, hablamos más. Y eso es positivo. Durante mucho tiempo muchas emociones se silenciaban o se interpretaban como «cosas de la edad». Ahora tenemos más conciencia sobre ansiedad, autoestima, presión social, soledad o estrés emocional. El problema es que a veces hablamos mucho de salud mental, pero vivimos de maneras que emocionalmente siguen siendo muy poco sostenibles. Los adolescentes necesitan descanso, conexión real, referentes adultos presentes y espacios donde puedan sentirse válidos sin tener que demostrar constantemente algo.
También creo que debemos tener cuidado con patologizar todo. No toda tristeza es depresión ni toda incomodidad es un problema clínico. Parte del crecimiento implica aprender a gestionar emociones difíciles.
P.- ¿Qué importancia tiene la escuela en este acompañamiento?
R.- La escuela tiene un papel enorme porque los adolescentes pasan gran parte de su vida allí. Pero creo que no debemos cargar toda la responsabilidad sobre los docentes. Los profesores están viendo cada vez más dificultades emocionales, problemas de atención, ansiedad o conflictos sociales, pero muchas veces no tienen recursos, tiempo ni apoyo suficiente para sostener todo eso.
Aun así, un docente que mira a un adolescente con respeto puede cambiar muchísimo. A veces un comentario, una tutoría o una pequeña validación tienen más impacto del que imaginamos. La educación emocional no debería ser un añadido puntual; debería formar parte de la cultura educativa.
P.- Las redes sociales ocupan gran parte del debate actual. ¿Cómo deben actuar las familias?
R.- Creo que las familias necesitan salir del extremo del control absoluto o del «haz lo que quieras». Las redes sociales no son buenas ni malas por sí mismas. El problema aparece cuando sustituyen necesidades importantes: descanso, autoestima, conexión real, aburrimiento creativo o relaciones sanas. Muchos padres intentan controlar únicamente el tiempo de pantalla, pero el foco debería estar también en qué consume ese adolescente, para qué utiliza las redes y qué está buscando emocionalmente ahí.
Y algo importante: no podemos pedir un uso equilibrado de las pantallas si los adultos tampoco lo tenemos. Los adolescentes aprenden muchísimo más de lo que ven que de lo que les decimos.
Necesitamos recuperar tiempo compartido sin tanta prisa. Presencia. Hay familias que pasan muchas horas juntas, pero muy pocos momentos verdaderamente conectadas"
P.- ¿Qué cree que necesitan hoy las familias baleares?
R.- Creo que necesitan lo mismo que el resto de familias: menos culpa y más acompañamiento. Muchas familias sienten que tienen que hacerlo todo perfecto: educar bien, trabajar, llegar a todo, gestionar emociones, poner límites… y viven agotadas. Necesitan espacios donde sentirse comprendidas, herramientas prácticas y también una red. Porque criar adolescentes en soledad emocional es muy difícil.
Y sinceramente, creo que necesitamos recuperar algo muy básico: tiempo compartido sin tanta prisa. Conversaciones reales. Presencia. Rutinas sencillas. Hay familias que pasan muchas horas juntas, pero muy pocos momentos verdaderamente conectadas.
P.- ¿Qué espera que se lleven las familias que asistan a la conferencia en Palma?
R.- Me gustaría que salieran con menos miedo a la adolescencia. A veces hablamos de esta etapa como si fuera una catástrofe inevitable, y eso hace que muchas familias vivan a la defensiva. Pero la adolescencia también puede ser una etapa maravillosa de crecimiento, conexión y transformación familiar.
Espero que se lleven herramientas prácticas, sí, pero sobre todo una mirada más comprensiva hacia sus hijos… y también hacia ellos mismos como madres y padres. Porque educar adolescentes no consiste en tener el control todo el tiempo. Consiste en aprender a acompañar incluso cuando no tenemos todas las respuestas.