Viviendas vacías y descuidadas: carne de canón

Viviendas vacías y descuidadas: carne de canónGetty Images/iStockphoto

Okupas

Niñas fingiendo dormir «en su casa» y dueños que lloran al recuperar su casa: las historias más brutales de la okupación en Palma

El Debate recopila casos reales de okupas reincidentes, menores utilizados para teatralizar falsas moradas y propietarios consumidos por la angustia tras perder durante meses el control de sus viviendas

La lacra de la okupación de viviendas deja historias tan indignantes como surrealistas: niñas que teatralizan estar dormidas «en su casa», okupas reincidentes que se topan con los mismos policías que ya les habían echado de otro piso —«¡No habrá policías en Palma y tenías que venir tú!»—, viviendas recuperadas aprovechando la salida de unos okupas antes de la llegada de los siguientes o propietarios que descubren que han dado el patadón a su casa mientras estaban ingresados en el hospital. Historias reales, con víctimas muy concretas –los propietarios– que pierden salud, sueño y patrimonio por unas leyes laxas y timoratas frente al sinvergüenza. Esta es una recopilación de algunos de esos casos.

Uno de los episodios más llamativos ocurrió en un piso de Palma donde una patrulla acudió de madrugada tras un aviso de ocupación. Los agentes encontraron a una mujer dentro, pero en aquel momento no pudieron acreditar suficientemente la flagrancia delictiva y se marcharon. La okupante creyó haber ganado la partida. Sin embargo, a la mañana siguiente volvió a saltar la alarma y acudieron los Rayos. La mujer estaba tan tranquila que incluso invitó a los policías a entrar en la vivienda. Ahí se derrumbó toda la farsa. El piso estaba completamente vacío: ni colchones, ni ropa, ni una silla. Nada. Después, un vecino explicó a los agentes lo que realmente había pasado: los okupas habían entrado, esperaron a que la Policía se fuera y abandonaron el inmueble. Solo regresaron cuando vieron nuevamente presencia policial. Aquello permitió acreditar que nunca habían constituido allí una morada real y la vivienda pudo recuperarse para su propietario.

Otro caso especialmente duro tuvo lugar en un chalet ocupado por dos familias enteras con menores. Cuando llegaron los agentes, los okupas aseguraban que llevaban allí más de una semana instalados. Pero un vecino desmontó la versión: los había visto entrar aquella misma mañana. Los policías fueron tajantes. «Ya no negociamos si vais a salir o no; negociamos cómo vais a salir». La alternativa era clara: abandonar la vivienda pacíficamente o hacerlo detenidos por desobediencia. Finalmente, las familias accedieron a marcharse.

También están los casos que rozan lo grotesco. Como el de la niña utilizada para representar una escena casi teatral ante la Policía. Un vecino alertó de que varias personas estaban subiendo colchones a un piso vacío que estaba a la venta. Era de noche. Los agentes llamaron a la puerta y les abrió una niña en pijama, bostezando, aparentemente recién despertada. Les dijo que vivía allí con su madre y sus hermanos. Durante unos segundos, los policías llegaron a pensar que se habían equivocado de vivienda. Pero al hablar con el presidente de la comunidad, este confirmó que el inmueble llevaba tiempo vacío y que incluso ese mismo día un comercial inmobiliario había enseñado el piso a posibles compradores. Los agentes regresaron entonces a la vivienda y apareció la madre, insistiendo en que llevaban allí una semana. Bastó entrar para comprobar la verdad: no había ni un solo mueble. Ni una mesa, ni ropa, ni señales de vida real. Solo una escenificación improvisada utilizando a menores para intentar consolidar la okupación.

Existen casos angustiosos, que acarrean problemas serios de salud a los propietarios, como uno ocurrido en Pere Garau. El dueño, un mallorquín que tenía un piso vacío, tardó demasiado en reaccionar tras detectar que varios magrebíes habían entrado en la vivienda. Al no existir flagrancia, aquello se convirtió jurídicamente en una usurpación y expulsarlos se volvió muchísimo más complicado. El hombre cayó en una espiral de ansiedad. Apenas dormía, consumido por la impotencia y la sensación de haber perdido parte de su vida. La historia dio un giro inesperado gracias a un vecino que decidió colaborar discretamente con la Policía. Un día vio a los okupas sacando pertenencias y haciendo una especie de mudanza. Avisó inmediatamente. Los agentes se plantaron allí en cuestión de minutos y comprobaron que el piso estaba vacío. No había nadie dentro. Contactaron de inmediato con el legítimo propietario para que acudiera a cerrar y recuperar su vivienda. La había recuperado después de un año empleada y manoseada por desconocidos. El hombre lloró de alegría.

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