El archiduque Luis Salvador y Catalina Homar, de fondo s'Estaca
Predios mallorquines
La campesina mallorquina que enamoró a un archiduque y cenó empanadas con la emperatriz Sissí
Luis Salvador de Austria convirtió s'Estaca en el refugio de Caterina Homar, cuyo trágico final quedó inmortalizado en mármol
El archiduque Luis Salvador de Austria, al que muchos consideran el primer ecologista de nuestra pequeña historia insular, compró la práctica totalidad de las possessions -predios- mallorquinas ubicadas en la Serra de Tramontana. Lo hacía con el fin de preservarlas, de armonizar en tan bellos parajes el cultivo de la tierra y la conservación de la naturaleza. Son Marroig, son Moragues y, sobre todo, Miramar, son las más conocidas, aunque hay muchas otras. Pero hoy vamos a detenernos en la única gran casa rural que construyó el propio noble austríaco en la isla, que no es de estilo mallorquín sino siciliano. Me refiero a s'Estaca, que alberga entre sus paredes una historia de amor legendaria, trasladada a la novelística -ahí está la obra de Gabriel Janer Manila La dama de les boires- y que también ha sido adaptada al teatro. Me refiero al romance -entonces fuera de toda convención- que Luís Salvador mantuvo con Caterina Homar, una mujer de clase baja, una payesa, que le cautivó el corazón desde el primer momento en que la vio. Caterina no era especialmente bella, pero tenía una personalidad arrolladora y a lo largo de su corta vida dio muestras de una inteligencia y determinación que la convierten en adelantada a su época.
Bartomeu Ferrà, un escritor mallorquín injustamente olvidado, publicó un libro sobre la tempestuosa pasión que unió a una joven de Valldemossa con un miembro de la corte vienesa de la época, conocida por su rigidez. En El archiduque errante escribe Ferrà: «¿Cómo se interesó el archiduque por aquella payesa falta de instrucción, que no poseía tampoco el turbador encanto de una belleza cautivadora?».
El caso fue que el ilustre personaje construyó s'Estaca y la nombró mayorala de una explotación vinícola entonces modélica. Lo hizo con el propósito de proporcionar trabajo y sustento no solo a su adorada Caterina, también a los jornaleros de la comarca, sumidos en una pobreza de la que no podían salir por ellos mismos, que vivían miserablemente de los escasos estipendios que les pagaban los nobles.
Así fue como Homar se vio, de pronto, convertido en la madona de unas tierras y una casa que superaban los mejores sueños que pudo nunca albergar en su corazón. Las viñas de s'Estaca producían malvasía, lo que hizo rentable aquella explotación. Pero una noche...
Fue en un atardecer de primavera, cuando los pinos expandían aromas de salitre y algas por la ladera de la montaña, cuando Caterina prolongó deliberadamente la hora de abandonar la possessió para marcharse a casa. Sus compañeras, con las que había compartido una larga jornada de trabajo, la inquirían para que las acompañase pero ella, con la mirada puesta en la lejanía y con un imperceptible punto de rubor en el rostro les rogó que avisasen a su madre: «decidle que esta noche pernoctaré en s'Estaca». Ahí, frente a un mar encendido por los colores del ocaso, empezó todo.
No fue solo una noche. Desde entonces Caterina no abandonó la casa que su amante había construida para ella. Durante los largos períodos en los que el archiduque se marchaba de viaje, soñaba con su regreso escrutando la plateada superficie del mar. Por allí aparecería en cualquier momento la proa del Nixe, el barco con el que Luis Salvador recorría el mediterráneo de punta a punta al empuje de su afán aventurero e investigador. Hay constancia de que Caterina le acompañó en alguno de esos periplos, que conoció junto a él países extranjeros, costas misteriosas cuajadas de palacetes, calas escondidas que le recordaban a su amada Valldemossa. Añoraba su Estaca cuando el archiduque compartía sus viajes con ella pero más le echaba de menos a él cuando partía, sin fecha de regreso, en aquel pequeño palacio flotante donde la vida transcurría entre la molicie y la fascinación.
La madona de s'Estaca y la emperatriz
Isabel I de Austria, la inolvidable Sissi del cine -que solamente reflejó de ella sus ansias de escapar de la corte y sus malas relaciones con su suegra, la archiduquesa Sofía, esposa del emperador Francisco José- compartía con su primo segundo Luis Salvador el rechazo a las rígidas normas de palacio y el amor por los espacios abiertos, la vida libre en contacto con la naturaleza, muy acorde con el romanticismo de la época. Por eso la emperatriz viajó algunas veces -menos de las que ella hubiese querido- a Mallorca.
En una de esas dichosas ocasiones conoció a Caterina Homar, quedando fuertemente impresionada. El impacto fue mutuo ya que la valldemossina se asombró enormemente de la esbeltez de Isabel y, a su vez, de su encantadora sonrisa, y la emperatriz alabó la inteligencia innata de la mallorquina. Charlaron frente al mar largamente. La más alta alcurnia de la Europa de su tiempo dedicó horas a conversar con la payesa de la que su primo se confesaba profundamente enamorado.
El propio Luis Salvador narró este encuentro en un libro editado en Praga que causó gran malestar en la Corte, siendo prohibida su circulación.
Durante sus estancias mallorquinas Sissi sentía predilección por un lugar en especial: el mirador de na Torta, rodeado de bancos de piedra y cercado por una baranda de hierro. Ahí, frente al mar inmenso, cenaban los tres en las noches de verano dejando que las horas, suspendidas en el silencio, transcurrieran amables. Caterina cocinaba para la emperatriz, que en aquellas ocasiones debía olvidar la rígida dieta alimenticia a la que ella misma se sometía. Sus platos preferidos eran las empanadas de carne, el cordero asado y los cocarrois (pasta salada tradicional con forma de media luna y rellena de verdura).
Mausoleo de Catalina Homar en la Cartuja de Valldemossa
El final de aquel romance fue especialmente trágico, a la altura del espíritu romántico que lo alentó. Un día el archiduque partió en su barco en un viaje más largo de lo habitual. Catalina nunca le había dicho que le había contagiado una enfermedad venérea entonces incurable. Mientras su cuerpo indómito se iba apagando como una vela, contemplaba el horizonte con la esperanza, que ella intuía vana, del regreso de su amante. Cuando este, al fin, se produjo, Caterina ya no estaba. Había fallecido el 11 de abril de 1905. Luis Salvador le construyó un bello mausoleo que aun hoy puede contemplarse en los jardines de son Moragues. Lo hizo correspondiendo a un deseo que ella le había formulado en alguna de sus noches de amor: «Si muero, quiero que inmortalices mi figura en mármol». El monumento funerario, obra de Giulio Monteverde, es espectacularmente dramático. Cómo lo es la historia de Caterina Homar, la mujer que traspasó el tiempo y las convenciones en la Mallorca de finales del siglo XIX.