La máquina Enigma, los alemanes pensaban que era infalible

La máquina Enigma, los alemanes pensaban que era infalible

Historia

El criptógrafo mallorquín que rompió decenas de claves en la Guerra Civil y convirtió Mallorca en un centro de inteligencia militar

Baltasar Nicolau descifró 26 códigos y 144 claves republicanas desde la Comandancia de Baleares

Antes de la invasión de personas provenientes de Marruecos a Ceuta, el pasado día 30 de julio, hubo un informe especialmente relevante porque se basaba (no como el del CENIF de la Policía Nacional, realizado a posteriori, basado en fuentes abiertas) en interceptaciones, y, en algunos casos, en desencriptación de las mismas, de comunicaciones entre gendarmes, agentes y autoridades marroquíes.

Ese informe fue elaborado por los militares del Regimiento de Guerra Electrónica 32 (REW-32), mediante interceptación directa -calificada como A1- de dispositivos de radio, preferentemente, aunque también de redes sociales, y que se incluyó en la base de datos militar S2CN. El informe pasó a la Sección de Inteligencia y Seguridad del Estado Mayor del Ejército, y, siguiendo el escalafón, al Jefe de Estado Mayor del Ejército.

Una vez elaborado y comprobado por la Inteligencia Militar (CIFAS), pasó a disposición del JEMAD, que lo hizo llegar a la ministra Robles.

La relevancia, desde tiempos inmemoriales, de la interceptación de mensajes del enemigo y su decodificación, se ha puesto una vez más de relevancia en esta ocasión, cuando se ha podido documentar con evidencias el protagonismo de la invasión de la ciudad de Ceuta.

Durante mi servicio militar en 1984, una vez pasado el período de instrucción, se me destinó al servicio de inteligencia y logística en Palma de Mallorca. Aunque con toda seguridad los departamentos habrían cambiado de lugar, lo cierto es que, de alguna manera, compartí espacio en el actual Palacio de la Almudaina, justo enfrente de la Catedral palmesana, que entonces y hasta hace poco tiempo era la sede de la Comandancia Militar de Baleares, con el protagonista de esta corta noticia: Baltasar Nicolau, que estuvo destinado allá durante la Guerra Civil española. Pero tal vez vale la pena poner un poco de fondo al paisaje de esta historia.

La relevancia, desde tiempos inmemoriales, de la interceptación de mensajes del enemigo y su decodificación, se ha puesto una vez más de relevancia en esta ocasión, Ceuta

Empecemos con las excelentes descripciones que hace Miguel Vidal en su libro «Mallorca. Tierra de Campeones» (Ediciones Butler, 2017). No solamente aparecen atletas extraordinarios en los deportes clásicos, como el fútbol, la vela, el baloncesto o el tenis, sino que también hemos tenido apariciones excepcionales en el ajedrez. Así, el primero y más conocido ajedrecista fue Arturo Pomar Salamanca, nacido en Palma en 1931, que llegó a ser gran maestro mundial, o, por poner otro ejemplo, el caso de Mónica Calzetta –nacida en Suiza en 1972 de origen italiano, asentada en Mallorca de muy pequeña-, que formó parte de un club de ajedrez de Calviá, y que logró varios campeonatos de España a finales del pasado siglo, llegando a ser la primera mujer en alcanzar el grado de Gran Maestra femenina mundial.

Pero, ¿qué tienen que ver los ajedrecistas con la rotura de los códigos encriptados? Vayamos a otro ejemplo muy próximo al ajedrez. Tal vez el equipo de descifradores de mensajes que se ha hecho más famoso, libros y películas de Hollywood -como «Midway»- incluidos, fue la banda de música de los acorazados «Arizona» y «California», hundidos por los aviones japoneses durante el ataque a Pearl Harbour en diciembre de 1941. Sin barcos, fueron reclutados para la «Estación Hypo» por la persona que encabezó la tarea de romper los códigos japoneses, Joseph Rochefort, y que, como primer éxito, permitió a los estadounidenses plantar la trampa de Midway a los japoneses en una derrota crucial -al estilo Mahan, pero sin acorazados- para el desarrollo de la guerra. Rochefort explicó que los había seleccionado porque los creía capaces de descubrir los distintos ritmos de tecleo de los operadores enemigos, y porque su mente acostumbrada a los patrones matemáticos les permitiría hallar más fácilmente el sentido a los mensajes interceptados.

En cuanto a los crucigramistas, está muy bien documentado -y también tiene sus correspondientes libros y películas, entre ellas la famosa, aunque no del todo fiel a los hechos, «Descifrando Enigma»- que también se han utilizado como descifradores. Es muy conocido el sistema de reclutamiento utilizado por el Servicio Secreto Británico para su estación en Bletchley Park en 1942. Sin conocimiento del verdadero objetivo por parte del editor, el diario «The Daily Telegraph» organizó un concurso para la resolución de un crucigrama -publicado el 13 de febrero de ese año- que, al parecer, había sido diseñado por el propio Alan Turing, pionero de la computación electrónica. Las personas que lo resolvieron en menos de doce minutos fueron contactadas discretamente y, algunas de ellas, reclutadas para trabajar en el centro inglés. Allí se conseguiría descifrar -aunque ya existía un trabajo previo realizado en Polonia- los códigos de la máquina alemana «Enigma». Una de las más conocidas y exitosas descifradoras de Bletchley Park, Mavis Batey, comentó que descubrir los patrones de los operadores alemanes era muy parecido a entrar en la mente de un creador de crucigramas.

Los ajecedrecistas eran capaces de descubrir los distintos ritmos de tecleo de los operadores enemigos, y su mente acostumbrada a patrones matemáticos les permitiría hallar más fácilmente el sentido a los mensajes interceptados

Y volvemos a Palma, bastantes años antes de los episodios que hemos visto ahora: ¿experiencia, intuición, conocimiento? Tal vez fue al revés, ya que la experiencia mallorquina y de otros descifradores en ambos bandos de la guerra, fue una enseñanza para otros posteriores, llegando hasta el citado Blenchley Park. Tal como escribieron, en parte, José Ramón Fuensanta y Francisco Javier López Brea («Soldados sin rostro. Los servicios de información, espionaje y criptografía en la Guerra Civil española», Inédita Editores, 2008) y avanzó en una entrevista de J.M.L. Romero a José Soler en el «Diario de Ibiza» (titulada «Los secretos de Enigma») publicada en marzo de 2007, la persona que era el centro del negociado de Información de la Comandancia de Baleares era Baltasar Nicolau Bordoy, bajo la supervisión del entonces capitán, luego más tarde General, Enrique Puig Guardiola. Seguramente habían recibido, y trabajado, una de las cuarenta máquinas «Enigma» que Alemania envió a los sublevados (la K-205), mientras que otra se entregó a la Misión naval italiana en la isla, la A-1238.

Para el final de la contienda civil, habían descifrado por lo menos veintiséis códigos y ciento cuarenta y cuatro claves (una prueba evidente de la dispersión de los centros militares de la república), entre ellas, las dos relevantes para esta historia: «Victoria» y «Bocho» (ésta última, descifrada en solamente quince días desde su instauración), usadas fundamentalmente por el Gobierno Vasco y el delegado del gobierno en Santander. Para prevenir el conocimiento del enemigo de que habían sido desencriptadas sus claves, la orden era que, al comunicar las informaciones obtenidas, se debía indicar que procedían de «noticias de fuente segura».

Yendo a la historia de la captura del carguero «Mar Cantábrico» (que se relató, en gran parte, en la revista «Historia y Vida», en el número 313 de 1994, por parte de José Luis Gordillo Coucieres), éste era un buque nuevo, botado en Bilbao en 1930 con 6.633 toneladas de desplazamiento, que había cargado en Nueva York y en Veracruz un muy variado (según diversas fuentes, no todas ellas coincidentes) cargamento compuesto por cincuenta cañones, más de quinientas ametralladoras, fusiles Enfield y Mauser, bombas asfixiantes, material médico, aparatos de radio y varios motores de aviación. También constaban unos onces aviones desmontados, un monomotor anfibio «Fairchild», «Northrop», «Lockhed», todos ellos obsoletos ya al inicio de la guerra, así como varios millones de municiones de cañón y fusil, muy diversa ropa y alimentos envasados. Es ciertamente posible que esta carga tuviera que ver con la intención del gobierno de la República declarada directamente por Indalecio Prieto al presidente del gobierno vasco el 13 de febrero: «… estamos examinando la idea de establecer en Bilbao una fábrica aviones (sic) en que construiría bien el aparato americano “Martín Bombers» y el «Fokker 31», que fue interceptada con la clave «Bocho» (y muy indicativa también de que la determinante influencia militar soviética no se había impuesto totalmente aún).

Aunque posteriormente se trató de adjudicar la culpabilidad del apresamiento al capitán desafecto del destructor republicano «José Luis Díez», Carlos Moyá Blanco, o una indiscreción en la comunicaciones del capitán de corbeta Vicente Agulló, jefe del Estado Mayor de las fuerzas navales republicanas del norte (tardaron mucho en darse cuenta de la desencriptación y de la desinformación utilizada, ya que en mensajes hasta el siete de mayo seguían usándola), la verdad parece ser que, desde la oficina del ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto Tuero, se transmitieron dos mensajes encriptados el día 21 de febrero y otro más poco antes de la arribada del carguero al Golfo de Vizcaya, usando las claves conocidas y rotas por la Comandancia en Mallorca. El mercante, sin embargo, tenía su propia clave, llamada «X» (en la que cada letra podía ser cifrada entre tres valores numéricos), que le fue entregada al capitán del barco por el cónsul español en Veracruz, junto con la admonición de no usar indebidamente las comunicaciones radiotelegráficas.

En cuanto esta información fue elaborada y valorada, procedieron a mover buques hacia la interceptación y captura del buque. El más relevante, el crucero «Canarias», comandando entonces por el capitán Salvador Moreno Fernández (gemelo del «Baleares») cambió su rumbo -iba hacia el Estrecho de Gibraltar- el día cuatro de marzo poniendo proa al norte. El siete de marzo se interceptó una comunicación en la que el presidente del Gobierno vasco indicaba que el embajador de España en México le había telegrafiado que el «Mar Cantábrico» llegaría frente a Santander el lunes ocho por la tarde, y que intentaría entrar en el puerto esa noche. El día siete de marzo, a las 23:00, el «Canarias», recibió esa noticia desde el Almirante de la Flota, basada en una «fuente de noticia segura».

El vapor había cambiado su nombre por «Adda», para intentar pasar por británico, emitiendo llamadas en inglés, pero después de un cañoneo (que produjo boquetes, incendios e inundaciones en las bodegas) fue capturado en una verdadera demostración del creciente poderío naval -y de su coordinación- de los sublevados. Primero, se habían establecido barreras con seis «bous» artillados en la Estaca de Bares, tres «bous» en el puerto de Pasajes, el patrullero «Galerna» y el crucero auxiliar «Ciudad de Palma» (que con el nombre de «Ariadne» había sido recientemente convertido y artillado -con un cañón de 120 mm. y otro de 76 mm- en La Spezia junto a sus hermanos de Transmediterránea, «Mallorca» y «Jaime I»), mientras que el rol principal lo llevó a cabo el «Canarias». Según el parte de guerra, parece ser que únicamente hubo una baja, cuando se suicidó el comisario político del buque, José Otero, al subir el trozo de abordaje del crucero a bordo del «Mar Cantábrico», comandados por el teniente de navío Alfredo Lostau.

No hubo ninguna noticia pública, e incluso dentro de los círculos políticos y militares republicanos, corrió la noticia (falsa) de que el barco había sido hundido por sus propios tripulantes para evitar su captura. El golpe, militar y psicológico, fue muy importante para ambos bandos -en distintos sentidos- ya que era un ataque directo a la pretendida autonomía militar del gobierno vasco y a la primacía naval y militar de la República.

Así pues, Baltasar Nicolau, que había nacido en Felanitx, Mallorca, en 1903, obtuvo los máximos reconocimientos después de esta captura -y seguramente otros trabajos de relevancia- quedando en Madrid después de la guerra, dedicado sobre todo a la enseñanza de sus conocimientos criptográficos en los cursos del Estado Mayor del Ejército. Allí falleció en el Hospital Militar «Gómez Ulla» en 1963. Sin ninguna duda, ha sido una de las personas que más contribuyó - junto con algunas de sus contrapartes republicanas, como el teniente Manuel Inglada, los hermanos Carmelo y Manuel Estrada, o Faustino Antonio Camazón, que acabaron trabajando para Francia y la Unión Soviética, durante y después de la segunda guerra mundial- a la generación de un sólido conjunto de saberes y técnicas sobre la desencriptación de códigos y claves de los adversarios (y aliados) que hoy constituyen la base de la actividad híbrida militar en todo el mundo.

Ajedrecistas, crucigramistas y decodificadores en Mallorca, pero, al contrario que en «Midway», en «Codebreakers», o en «Descifrando Enigma», no hay libros apenas, y ninguna película que cuente y mantenga viva la memoria de este hecho y de la historia que lo envuelve y acompaña.

Alejandro García Mas es doctor en psicología, y profesor de la Facultad de Psicología de la UIB y de la Universidad Autónoma de Nuevo León, de México.

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