Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

El timo por omisión de las candidaturas unitarias de la izquierda

Para que luego digan que en Baleares sólo hemos inventado el bufet de los hoteles. Hace treinta años, en Ibiza se probó el experimento de juntar a todos los partidos de izquierdas en una sola candidatura electoral. Honestamente, esas formaciones políticas tenían un buen motivo para intentar algo tan novedoso. Como en la década de los noventa no existía Vox, el Partido Popular lograba agrupar todo el voto de la derecha superando con creces el 40% de los sufragios. Así no había manera de alcanzar el poder para la izquierda. En 1996, el PSIB-PSOE pensó que el camino más rápido para obtener un senador en Ibiza no pasaba por convencer a más electores sobre las bondades de su programa electoral, sino por unir su candidatura a la de, entre otros, Esquerra Republicana de Cataluña, un partido cuyos representantes sueñan y trabajan por la independencia de los Països Catalans, incluyendo una Ibiza anexionada. Este era y es un objetivo claramente incompatible con la España federal que defiende el PSIB, pero no un impedimento para unirse bajo la misma marca electoral. El experimento salió bien y lo repitieron en las elecciones municipales y autonómicas de 1999, que dieron lugar al primer Pacto de Progreso. Más tarde, la fórmula se copió en Cataluña porque allí no había otra forma de sacar al pujolismo del Palau de la Generalitat.

Los casos de Baleares y Cataluña demuestran que la razón originaria de aquellas candidaturas unitarias de izquierda, que se han repetido en otras convocatorias a las urnas, no eran tanto el progreso y la «gente» como la impotencia electoral de un partido, el PSOE, incapaz en determinados territorios de alcanzar el poder presentándose en solitario. La pregunta es: ¿a qué precio?

Cuando llevaba tres meses como presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol hizo unas declaraciones alucinantes en la Cadena Ser. Preguntada por si la mayoría absoluta que había conseguido el Partido Popular en el Senado podía dificultar la labor legislativa del Congreso, Armengol vino a decir que lo que tenía que hacer el Senado era respetar la voluntad de las urnas y «no contradecir la mayoría parlamentaria en el Congreso». Tuve que escuchar dos veces sus palabras para cerciorarme de que la tercera autoridad del Estado hubiera pronunciado semejante barbaridad. Armengol justificó la patada que le acababa de pegar a la Constitución con el argumento de que el Senado tendría que ser «la Cámara territorial por excelencia».

Desconozco si, en estos tres años, a la farmacéutica Armengol alguien le ha explicado en qué consiste una cámara de segunda lectura. Muchos sistemas parlamentarios bicamerales, como el español, recogen esta función de revisión y enmienda (incluso capacidad de veto) de los textos que salen del Congreso. Pero da igual. No nos detengamos en estas minucias constitucionales. Hagamos caso a Armengol y centrémonos en el Senado como cámara de representación territorial. ¿Cómo es posible que un partido que, se supone, defiende un modelo de Estado descentralizado, se presente a las elecciones coaligado con un partido independentista? ¿En qué punto converge el modelo territorial del PSIB-PSOE con el secesionismo de ERC? ¿Quién está cediendo? ¿Y en qué? Porque la independencia es como un embarazo. O se está embarazada, o no se está embarazada. No se puede ser un poquito independiente, porque para eso ya tenemos el estado de las autonomías. ¿Es un asunto de plazos?

Es un auténtico fraude a los votantes presentar esas coaliciones como simples agrupaciones de la izquierda. Se juntan partidos de izquierdas, sí, pero algunos son más cosas además de socialistas, o comunistas. A mí me parece coherente que las formaciones secesionistas compartan candidaturas porque coinciden en un modelo de Estado español: las dos Castillas, Extremadura, Andalucía, Murcia y poco más. El resto, cada cual con su estado-nación. Y también resulta coherente que se una a esa fiesta Podemos, un partido en cuyo ADN fundacional figura la voluntad de «romper el candado del 78», Pablo iglesias dixit. Qué mejor manera de reventarlo que empezar por disolver el estado de las autonomías. Pero el PSOE no puede acudir a esa baile sin traicionar el principio de igualdad entre españoles. Esto es fácil de entender con otro ejemplo: ¿Qué pensaríamos del Partido Popular si renunciara a presentar sus propias candidaturas al Senado en las cuatro provincias catalanas y se uniera a las de Junts para arrebatar unos cuantos senadores al PSC?

Ahora, conoceremos el número de candidaturas conjuntas de izquierda que se presentan al Senado, en Baleares y en el resto de España. Conoceremos los nombres de los candidatos que encabezan esas listas, y de los suplentes (porque el apaño seguramente consistirá en que los electos dimitan a mitad de legislatura para que entren más en el reparto de escaños). Lo que seguiremos ignorando es un programa electoral detallado. Ese programa no existirá, o por falta de tiempo para pactarlo (ponerse de acuerdo en las sillas no es tarea fácil) o por la imposibilidad para el PSOE de conciliar cuestiones capitales (que afectan a todos los territorios) con formaciones que, legítimamente, reclaman la independencia del suyo. He aquí el gran timo por omisión de las candidaturas unitarias de la izquierda.

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