Felipe IV y el puerto de Mahón

Historia

El día que Mallorca no apoyó a Cataluña para respaldar a la Corona española frente a Francia

Mallorca se convirtió en el bastión estratégico de Felipe IV frente a Francia durante la Guerra de los Treinta Años

Con el fin de evitar que la isla se quedara sin hombres, Mallorca había prohibido de forma temporal nuevos reclutamientos. Sin embargo, en el verano de 1634, las autoridades mallorquinas aceptaron cumplir su compromiso con la Unión de Armas, el célebre plan del Conde-Duque de Olivares para que todos los reinos de Felipe IV aportaran soldados a sus ejércitos. La aportación de Mallorca era de dos mil hombres. La llamada al frente llegó en mayo de 1635: Francia había entrado de lleno en la guerra de los Treinta Años.

El motivo fue el vuelco bélico tras la batalla de Nördlingen, donde los Tercios —junto a la primera unidad de Dragones de la historia militar española, recién creada por el coronel mallorquín Pedro de Santacilia como infantería capaz de desplazarse a caballo y combatir a pie— habían destrozado al ejército sueco. Temerosa del poder hispánico, Francia dejó a un lado la religión y se alió con los protestantes suecos. Esa insólita unión tenía un objetivo prioritario: derribar la hegemonía de España en Europa y sumarse a los ataques que el Imperio ya sufría por parte de Inglaterra y Holanda.

Los dos mil soldados mallorquines se sumaron a la contraofensiva española para frenar a Francia en el Mediterráneo, embarcándose en la campaña para conquistar Santa Margarita y San Honorato, las dos islas principales del archipiélago de Lérins, situadas frente a Cannes. Pero el esfuerzo de guerra de la isla no se limitó al envío de soldados, los mallorquines combatieron en el mar como corsarios que hostigaban las rutas francesas al servicio del rey, agrupados en la célebre Escuadra de Mallorca. Además, el reino sirvió de base logística de la armada española.

La flota francesa se había convertido en un peligro real para las costas de la Península, Italia y las Baleares. Por eso, en 1637, la escuadra del almirante vizcaíno Antonio de Oquendo zarpó de Cádiz hacia la base logística que era Baleares, para acometer reparaciones, acopio de munición y reabastecimiento de víveres, desembarcando a la mayor parte de sus hombres en el puerto natural de Mahón. El lugarteniente Cardona asumió la difícil tarea de organizar la estancia de los soldados, andaluces en su mayoría, que convivieron con los isleños durante cuatro meses y medio antes de reembarcar en agosto. Al año siguiente, Oquendo regresó a Mahón, pero esta vez la visita se tornó en una auténtica pesadilla para Menorca. El alojamiento de las tropas españolas, italianas y alemanas no solo supuso un durísimo golpe económico para las arcas locales, sino que desató el caos. A diferencia de los dóciles soldados del año anterior, esos nuevos huéspedes eran veteranos curtidos en mil batallas; una masa de cinco mil quinientas personas armada y conflictiva que sembró la discordia en la isla.

Pero si en Menorca tuvieron lugar conflictos debido al alojamiento de las tropas, en Cataluña la situación fue mucho más grave. El hecho de ser Cataluña una tierra fronteriza con el principal enemigo que era Francia, la había convertido en un territorio donde concentrar tropas ya desde el inicio de la Guerra de los Treinta Años. Desde el año 1618 se habían ido alojando soldados que, además debían de ser mantenidos mayoritariamente por los payeses catalanes. El conflicto generado por la residencia de los Tercios se añadió a las malas relaciones políticas entre las instituciones catalanas y la Corona, consecuencia de la política uniformizadora de Olivares y a la negativa catalana a participar en la Unión de Armas.

La situación catalana se había agravado con la entrada definitiva de Francia en 1635 en la guerra. La demanda de mayores disponibilidades monetarias y humanas para la guerra francesa hizo que aumentasen los problemas internos, provocando que la deseada unidad de acción de los reinos y condados hispánicos contra el enemigo francés no se diera. La concentración de los Tercios en el Rosellón, la Cerdaña y el Ampurdán provocó nuevos enfrentamientos de los soldados con sus habitantes. En ese clima de enfrentamiento entre las tropas alojadas y los payeses, el encarcelamiento de dos consejeros de Barcelona y del diputado de la generalidad Francisco de Tamarit, acusados de no facilitar ni levas ni alojamientos, provocó la entrada de payeses en Barcelona el mes de mayo de 1640 para liberarlos. Al cabo de un mes los payeses volvieron a entrar en la capital catalana provocando la muerte del virrey. Era el inicio de la revuelta catalana que posteriormente se extendió hacia Tortosa, Mataró, Vic y Gerona.

Ante los rumores de la preparación de un ejército para acabar con la revuelta, las instituciones catalanas pidieron al rey Felipe la retirada de las tropas para intentar rebajar los ánimos de los payeses. Pero la petición resultó inútil debido a la necesaria presencia de los Tercios en la frontera. La actitud inflexible del favorito y la radicalización del levantamiento llevaron a que en el mes de agosto el rey Felipe ordenase la invasión de Cataluña. Paralelamente las autoridades catalanas buscaron el pacto con Francia a cambio de ayuda militar. Tras reunirse la Junta General de Brazos, Cataluña acabó rompiendo con Madrid y jurando fidelidad a la corona francesa; así, en la primavera de 1641, Luis XIII fue proclamado conde de Barcelona y juró las constituciones catalanas a través de su primer virrey, el mariscal Brezé.

A pocos meses de la sublevación catalana los consejeros de Barcelona habían solicitado a los jurados mallorquines que intercedieran ante el rey para «remiar les intolerables opresions que aquell Principat i ciutat pateisen». Pero la respuesta mallorquina a los consejeros barceloneses fue nula. Mallorca se había convertido en una plataforma de la Monarquía Española que participaba activamente en la guerra contra Cataluña. Desde Mallorca se enviaron nuevas levas de soldados y provisiones hacia Cataluña. Los puertos de Palma y Mahón se convirtieron en bases estratégicas para las galeras españolas que operaban en el frente catalán. Asimismo, los corsarios mallorquines —que ya hostigaban a las embarcaciones francesas desde el estallido de la guerra entre Francia y España— cooperaron activamente contra la rebelión.

La guerra catalana había convertido el territorio catalán en un nuevo campo de batalla entre Francia y España. Mientras que los franceses tomaban Perpiñán y Salses en el verano de 1642, consiguiendo el control de los condados del Rosellón y la Cerdaña, el avance español por el sur permitió, con la ayuda de los corsarios mallorquines recuperar Tarragona, y posteriormente Lérida en 1644, que era defendida por catalanes y franceses. El rey Felipe, ya con el nuevo favorito Luis de Haro, estaba decidido a proseguir la reconquista también en el terreno político. Para intentar conseguir que los catalanes, cansados ya de los atropellos de las tropas francesas, apoyasen a la Corona, juró las Constituciones catalanas en Lérida en 1644.

Mientras tanto en Europa se llegó a la paz después de treinta años de devastación. La Paz de Westfalia de 1648 se selló ante la imposibilidad de que ningún bando lograra una victoria militar definitiva, consagrando el principio de soberanía nacional para evitar futuras injerencias externas. Este acuerdo reconfiguró el mapa del continente al forzar a España a reconocer la independencia de las Provincias Unidas y al debilitar el poder de los Habsburgo, sentando las bases de la diplomacia moderna y de un nuevo equilibrio de poderes en Europa.

Firmada la paz europea el principal objetivo de la Monarquía Española se centró en recuperar Cataluña. Ese mismo año 1648 los franceses, que un año antes habían sitiado Lérida, tomaron Tortosa. Pero la decisión española era firme. En 1650 continuó desde Lerida la reconquista dirigida por Juan José de Austria, hijo bastardo del rey, con la recuperación de Tortosa. El avance español hacia Barcelona coincidió con la llegada de la peste a Cataluña con terribles consecuencias para la población.

El año 1652 Barcelona capituló ante Juan José de Austria y la mayoría del territorio catalán retornó a la corona de España, excepto los antiguos condados mallorquines del Rosellón y de la Cerdaña, y la fortaleza de Roses, que permanecieron en poder francés. La finalización de la guerra y la recuperación de Cataluña fue motivo de agradecimiento del rey Felipe IV por la importante cooperación mallorquina: «he querido significaros la acceptacion y memoria que me queda de todo y daros muchas gracias por la demostracion y firmeza con que habeis continuado vuestras asistencias y socorros».