Durante el proceso de evangelización, esta zona fue de las más difíciles de convertir
Historia
San Junípero, el 'hilo de fe' que une Mallorca con el corazón de México
El santo impulsó la evangelización y organizó las misiones en la Sierra Gorda, consolidando el desarrollo social y una identidad cultural y religiosa compartida entre Querétaro y Mallorca
Hace casi medio siglo, el 25 de septiembre de 1976, con la firma del Pacto de Hermandad con la villa mallorquina de Petra, localidad natal de san Junípero Serra, la queretana villa de Jalpan fue renombrada como Jalpan de Serra en honor a la labor evangelizadora y fundacional llevada a cabo por el santo mallorquín durante el siglo XVIII en la Sierra Gorda de Querétaro. Es tal el vínculo y la devoción por el santo en el estado mexicano de Querétaro, como en Petra, que, además del cambio de nombre de Jalpan de Serra, existe el Camino San Junípero, que recrea los pasos del santo por la Sierra Gorda; anualmente, el estado de Querétaro concede la Medalla de Honor San Junípero para reconocer a aquellos ciudadanos destacados por su labor social y aportación al desarrollo, especialmente en la zona serrana. Además, Jalpan de Serra cuenta con dos estatuas del santo situadas en las inmediaciones de la misión de Santiago de Jalpan.
Y hace dos años, en los actos de los 311 años de su nacimiento, san Junípero fue nombrado «Persona Ilustre de Querétaro» y se colocó una estatua en el Panteón y Recinto de Honor de Querétaro; y en Jalpan de Serra se realizó una ofrenda floral a los pies de su estatua frente a la misión y en la que se cerró el acto con las palabras de despedida del santo de la Sierra Gorda: «Llegué sin nada, me voy sin nada, les dejo un gran tesoro: la Fe».
Pero el acontecimiento más importante que ha reforzado aún más la identidad juniperiana de Jalpan de Serra ha sido la recepción, hace pocos días, el 12 de abril, del retablo con las reliquias del santo mallorquín para su exhibición pública. Se trata de fragmentos óseos extraídos en 1988 de sus restos exhumados en la misión de San Carlos Borromeo del río Carmelo (ubicada en la ciudad de Carmel-by-the-Sea en el condado de Monterrey, California) con motivo de su proceso de beatificación y que habían llegado a Querétaro antes de su canonización en 2015.
El rotativo El Amanecer de Querétaro se hacía eco de la entrega de las reliquias del santo mallorquín y apuntaba que «marcó un momento histórico para la Sierra Gorda de Querétaro, al consolidar la identidad religiosa y cultural del municipio. (…) Este acontecimiento refuerza el legado de San Junípero Serra, una de las figuras más representativas en la evangelización y desarrollo histórico de la región, generando un sentimiento de orgullo y pertenencia entre las y los habitantes de Jalpan de Serra». De este modo Jalpan de Serra se consolidó como el centro del legado del santo mallorquín en la región.
Centro del legado del santo
Fue con la llegada de san Junípero que comenzó el devenir de la actual comunidad y villa de Jalpan de Serra. La Sierra Gorda pudo ser pacificada y pudo comenzar su desarrollo de acuerdo con los cánones de la civilización cristiana y greco-romana que había trasladado España a América. Fue en la década de 1740 que España intentó de nuevo la pacificación definitiva de la Sierra Gorda de Querétaro.
En ella habitaban los belicosos indios chichimecas a los que no se había logrado dominar en casi doscientos años a pesar de los constantes intentos del establecimiento de misiones. Los díscolos indios eran un escollo para la expansión hacia el norte de Querétaro, ponían en constante peligro las rutas comerciales de Guanajuato y Zacatecas.
En 1743, el virrey de Nueva España Pedro de Cebrián mandó al experimentado militar cántabro José de Escandón a la Sierra Gorda para su pacificación y estabilización. Para lograr mantener la paz la única y mejor solución era reorganizar los restos de las misiones que quedaban en el corazón de la Sierra Gorda. Escandón fue el encargado de fundar y refundar misiones, instruir a los soldados en la zona y hacer repartimiento de tierras entre su gente. Ese mismo año acudió a la Sierra Gorda el franciscano fray Pedro Pérez de Mezquía para renovar la misión de Jalpan y formalizar la fundación de las misiones de Landa, Concá, Tilaco y Tancoyol.
Pero al cabo de una década las nuevas misiones habían prosperado poco, ya que los indios, aunque menos belicosos, se negaban a vivir bajo la imposición de los misioneros, además de que se presentaron brotes de epidemias que habían diezmado a la población. Para asentar de una vez las misiones y mantener a los indios pacificados, en el mes de mayo de 1750 el franciscano mallorquín recién llegado a Nueva España san Junípero Serra fue nombrado presidente de las misiones de la Sierra Gorda en sustitución de Pérez de Mezquía. De inmediato el mallorquín se puso en marcha, junto a los también mallorquines Juan Crespí y Francisco Palou y otros nueve misioneros franciscanos.
Serra no hizo más que aplicar el método ya establecido por los franciscanos en Nueva España para evangelizar la Sierra Gorda, el método luliano. Cada misión debía levantar su templo y buscar a sus indígenas para congregarlos en cabañas en torno al templo. Para lograrlo, los misioneros, como era norma, debían aprender su idioma, ayudarlos con los alimentos para que no salieran a buscarlos, enseñarles a vivir como hombres de bien, y después, evangelizarlos. De este modo, los indígenas de la misión de Santiago de Jalpan levantaron el templo y aprendieron oficios diversos de carpintero, herrero, pintor, dorador, músico, mientras las mujeres aprendían labores. Bajo este sistema las misiones de Nuestra Señora de Agua de Landa, San Miguel Concá, San Francisco de Tilaco y Nuestra Señora de la Luz de Tancoyol, construyeron sus templos bajo la supervisión de los frailes, algunos peritos y el trabajo de los indígenas. Las cinco misiones franciscanas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003.
Ars Magna
Serra, paisano de Ramon Llull y gran conocedor de su obra, por su formación en la Universidad Luliana de Mallorca, dio continuidad a la herencia intelectual y misionera de Llull, el «Ars Magna». El mallorquín lo usó como instrumento de evangelización, era el medio racional luliano para convertir al indígena. Serra acogió como propia la herencia intelectual y misionera de Llull. Aunque pudiera parecer contradictorio, en plena Ilustración el rey Carlos III continuó con el establecimiento de misiones como el mejor modo de consolidar su dominio americano. España adoptó y adaptó el movimiento intelectual y europeo de la Ilustración a su concepción cristiana y universal que venía conformando su devenir histórico. La labor de España en América no encontró incompatibilidad entre la razón y la religión, era la Ilustración Católica. De este modo en plena Ilustración el lulismo regresó a Nueva España para reforzar el empeño de las misiones. Los vientos ilustrados de «las luces de la razón» no significaban otra cosa que reforzar el modelo misional español, basado en el método luliano de las razones necesarias.
Entre el sabio mallorquín y las ideas ilustradas había muchas semejanzas, ambos partían de la razón y la lógica para mostrar la verdad. La idea de Llull de un sistema lógico que pudiera generar conocimiento se asemejaba, en parte, a la visión científica de la Ilustración, aunque Llull lo aplicó a la teología y no a la ciencia natural. La visión de Llull de promover el diálogo con otras culturas y religiones fue retomada por algunos ilustrados que buscaban la tolerancia y la comprensión mutua. De hecho, paradójicamente las principales voces de la anticatólica Ilustración francesa exaltaban el éxito de las misiones españolas en América. Voltaire, siempre crítico contra la religión, describió las misiones de Paraguay como “un triunfo de la humanidad. Parece expiar las crueldades de los primeros conquistadores. Los cuáqueros en América del Norte y los jesuitas en América del Sur… le dieron una nueva luz al mundo«. Otro de los patricios de la Ilustración, Montesquieu, definió las misiones españolas como »la curación de una de las más terribles heridas infligidas por hombres contra otros hombres".
Dos siglos más tarde, en 1932, Herbert E. Bolton, presidente de la Asociación de Historiadores de Estados Unidos, sentenciaba que «las misiones fueron una fuerza para la preservación de los indios, opuesta a su destrucción, que fue la característica de la frontera angloamericana. En las colonias inglesas los únicos indios buenos eran los indios muertos. En las colonias españolas se consideró provechoso el progreso de los indios para la vida presente como para la de después…. Fueron una característica notoria del genio de España en la frontera.»