Fundado en 1910
El padre Serra celebra misa en Monterey ; pintura de Léon Trousset , 1877

El padre Serra celebra misa en Monterey ; pintura de Léon Trousset , 1877

Junípero Serra, las misiones y los presidios: así puso España los cimientos de California

Los franciscanos impulsaron una audaz gesta evangelizadora que abarcó desde San Diego, en California, hasta Alaska. Una impronta que aún perdura visible en las misiones y es el germen fundacional de la costa oeste de los EE.UU. y Canadá

Cuando en 1769 Junípero Serra pisó por vez primera el puerto de San Diego, lo hizo en unas condiciones de extrema delgadez, exhausto y con una cojera que arrastraba desde su llegada a América debido a una infección que no terminó nunca de curarse. Sin apenas fuerzas, aquel fraile mallorquín estaba a punto de trazar, sin saberlo, una de las hazañas más audaces del imperio español: poner los cimientos del actual estado de California.

Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, los franciscanos asumieron la responsabilidad de organizar un vasto territorio que se extendía desde San Diego hasta Alaska. Este proceso no respondía únicamente a fines religiosos, sino también a una estrategia político-militar impulsada por la Corona para asegurar sus fronteras frente a potencias extranjeras como Rusia (ortodoxa) e Inglaterra (anglicana), que no reconocían los acuerdos papales firmados en Tordesillas. Para ambas naciones, el único «tratado» válido era la ocupación efectiva del territorio.

La respuesta de España fue una estrategia tan singular como eficaz. Bajo el impulso de José de Gálvez, se diseñó un sistema basado en misiones y presidios que permitiera asegurar el territorio. Mientras figuras como Gaspar de Portolá o Felipe de Neve consolidaban la presencia militar en esos presidios, los frailes menores, liderados por Serra, levantaban misiones que actuaban, a grandes rasgos, como pequeños «semilleros de evangelización, civilización y soberanía»: allá donde se encontrara la última misión franciscana, llegaba España. Así se gestaron y nacieron las veintiuna misiones que poblaron y pueblan el conocido Camino Real.

Con apenas dos frailes por misión, sin recursos y frente a un ingente territorio donde la mies era inabarcable y escasos los obreros, los religiosos hicieron lo inaudito. No era solo convertir almas, era consolidar los pilares sobre los que nacería un «hombre nuevo» con horizontes nuevos. Todo un proceso de metanoia que trascendía la fe, pero que tenía en la fe su fuerza y razón de ser. El propio Serra expresó: «Me doy cuenta de mi insignificancia y debilidad para tan gloriosa empresa. Pero Dios es poderoso, y puede sacar grandes cosas de la nada».

El avance se fraguó lento, pero constante. Sin embargo, la presión internacional no cesaba. Las potencias rivales tenían fijados sus objetivos en el oeste canadiense con el fin de monopolizar uno de los mercados más lucrativos del siglo XVIII: el comercio del «oro suave, negro perlado», la piel de nutria. La situación geográfica de Nutka la convertía en pieza clave para asentar sus bases operativas. La bahía, bien resguardada, ofrecía buenas posibilidades defensivas y el trato con los nativos, los nuu-chah-nulth, era tan afable que permitía el comercio sin conflicto.

Urgía ocupar aquel lugar y, en 1789, la expedición comandada por Esteban José Martínez arribó a aquellas gélidas aguas con la instrucción de levantar un presidio, el fuerte de San Miguel, y, junto a este, la misión de frontera. Se buscaba replicar en Nutka el próspero modelo misional californiano y los elegidos para tan ardua empresa fueron los franciscanos Francisco Miguel Sánchez, Lorenzo Socier, Severo Patero y José Espí.

Ilustración de Serra celebrando la llegada de los barcos de reabastecimiento San Antonio y San Carlos a la bahía de San Diego el 19 de marzo de 1770.

Ilustración de Serra celebrando la llegada de los barcos de reabastecimiento San Antonio y San Carlos a la bahía de San Diego el 19 de marzo de 1770.

Pero la realidad se impuso pronto. Tras un largo y duro viaje, los misioneros se encontraron con un entorno hostil. Las continuas lluvias, el suelo rocoso y el bosque poblado hacían inhábil la tierra e inviable la misión.

Aun así, lograron acercarse a los pueblos indígenas, de quienes dijeron tener una buena predisposición para escuchar el Evangelio. Pero el tiempo jugó en su contra. La tensión con Inglaterra crecía en la misma bahía. El conflicto por la soberanía de Nutka terminó por precipitar la retirada española apenas seis meses después de su llegada, quedando truncado el proyecto misional antes de comenzar.

Pese a ello, la historia no terminó ahí. En los años venideros, entre 1790 y 1795, mientras se resolvía el conflicto y se llegaba a un acuerdo de soberanía compartida, emergió la figura de fray Magí Català, oriundo de la localidad catalana de Montblanc, procedente de la misión de Santa Clara, que será reconocido como el primer evangelizador de aquel lugar.

Con tan solo una túnica remendada, unas sandalias descubiertas, un rosario y un breviario, logró captar la atención de aquellas gentes por su testimonio de vida. Aunque no consiguió arraigar la fe, por falta de tiempo, hoy una vitrina en una iglesia de edificación posterior y actualmente desacralizada lo recuerda, y un islote próximo lleva su nombre.

Finalizo apelando a la nueva película de José Luis López Linares, We the Hispanos: la huella de España está presente en el resonar de las campanas de las misiones que hoy componen el Camino Real. Pero también en las vidas de unos hombres que entregaron todo su ser por llevar la fe y la cultura a los confines más septentrionales del imperio español. Parafraseando a Serra: «Siempre adelante».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas