Detalle de Bandoleros (1860) de Eugenio Lucas Velázquez
Castrolas, el bandolero mítico de Castilla-La Mancha cuyo cadáver fue expuesto con las orejas cortadas
La realidad fue que Isidoro Juárez fue un pobre delincuente que vivió toda su corta vida oculto y perseguido y al final fue asesinado por un pastor que le debía dinero
A Isidoro Juárez Navarro, natural de Villarrubia de los Ojos, en Ciudad Real, le llamaban Castrolas. Es un apodo cualquiera y típico (el apodo de su padre era Castor) de las clases desfavorecidas del XIX en España y en La Mancha y en los Montes de Toledo, tierra de frontera de gran importancia durante la Reconquista y tras ella tierra de nadie, donde fueron a parar los dejados de la suerte, antiguos soldados y representantes de las tres culturas entre ellos.
Leyenda y odio
Hay una leyenda blanca y una leyenda negra sobre los bandoleros. La primera es la que les compara con guerreros o guerrilleros románticos, «Robin Hoods», y la segunda es la que dice que fueron verdaderos delincuentes, muchas veces crueles y salvajes. Parece que la realidad va más por este lado que por el otro y Castrolas fue uno de esos bandidos temidos y perseguidos.
Se conoce la vida de Castrolas, pero no exactamente todos sus episodios. Del mismo modo que los científicos de Parque Jurásico completaban el ADN de los dinosaurios con ADN de rana para poder «fabricarlos», una de las causas del caos de ficción, los huecos en la vida de Castrolas se han rellenado con leyenda y odio a partes iguales, configurando un personaje de cuento para niños. Dicen que le tocó hacer el servicio militar en África y que fue su padre el que le animó a desertar y huir.
«Un pobre desgraciado»
A partir de aquí el bandido ya estaba formado: el bandolero cuya familia también lo había sido durante la Guerra de la Independencia. Su tataranieto vive en la misma localidad en que nació Castrolas, en Villarrubia de los Ojos, y es quien defiende su memoria frente a las memorias del mito, mayormente cruel, y de los historiadores. Castrolas salía en los periódicos de la época como Billy el Niño lo hacía en las novelitas del Oeste.
En los diarios se dio cuenta de sus robos y pillajes. También se narran abusos y anécdotas rijosas que forjaron su mala imagen. Francisco Juárez, el tataranieto, definió a su tatarabuelo de la siguiente forma en ABC en 2019: «No era más que un pobre desgraciado que vivió en la sierra y que tuvo una corta y mala vida. Hizo lo que hizo por necesidad. Se echó al monte por ignorancia y se tuvo que dedicar al bandolerismo porque era desertor de un ejercito y de una partida carlista. Como la pena era fusilamiento si le capturaban, tenía que robar para sobrevivir».
Lo mataron a traición
A Castrolas lo mataron entre varios como a Emiliano Zapata en la novela de John Steinbeck, acudió confiado a cobrar una deuda y varios que le esperaban se echaron encima y le acuchillaron. Tenía 30 años. Le cortaron las orejas para certificar quien había sido el que le había matado. Fue algo así como el asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. Como el bandido estadounidense, Castrolas sabía leer y escribir y ninguna autoridad, la Guardia Civil en este caso, pudo apresarle nunca. Quien y cuando menos se esperaba acabó con él y escribió la primera página de su leyenda.