Unos milicianos posan con el cadáver momificado de una monja tras saquear el convento de las concepcionistas de Toledo
La extrema violencia de la izquierda en Castilla-La Mancha de la que no habla la Ley de Memoria Democrática
«El olvido no es opción para una democracia», dice la Ley que se olvida de la violencia republicana, sobre todo en los primeros meses de la Guerra Civil en la región
Al inicio de la Guerra Civil, todo lo que hoy es Castilla-La Mancha quedó (casi) bajo el control del bando republicano. El alzamiento provocó una ola de violencia salvaje contra quienes, al libre arbitrio de los comités y los milicianos, eran del bando contrario.
No hubo juicios, ni orden. Solo violencia desmedida y crueles asesinatos en masa que no tienen cabida en la Ley de Memoria Democrática. Dice el texto que «La memoria de las víctimas del golpe de Estado, la Guerra de España y la dictadura franquista, su reconocimiento, reparación y dignificación, representan, por tanto, un inexcusable deber moral en la vida política y es signo de la calidad de la democracia».
La «calidad de la democracia»
«El olvido no es opción para una democracia», reza, pero se olvida de la violencia republicana, la del otro lado, para solo centrarse en «la memoria de las víctimas del golpe de Estado, la Guerra de España y la dictadura franquista»: una mera referencia nominal la del medio, que indica la «calidad de la democracia».
El episodio del Alcázar de Toledo es quizá el más famoso de todos. La heroica resistencia y el feroz ataque republicano con la decisión del coronel Moscardó de no ceder al chantaje despiadado de quienes condicionaron la vida de su hijo a la rendición que no concedió.
En el resto de provincias sus capítulos no fueron tan conocidos, pero sí más terribles, si cabe. Revolucionarios desatados en una ola de violencia que se extendió durante meses en 1936. Cientos de religiosos fueron asesinados en Toledo, mayormente, donde los partidos y los sindicatos de izquierda, como el PSOE, la UGT o el Partido Comunista, hicieron la «guerra» por su cuenta.
Los comités revolucionarios se hicieron los dueños de los pueblos. Destruyeron iglesias, realizaron ejecuciones, los célebres «paseos» en un caos de ensañamiento sin sentido. Se crearon las checas, donde se torturaba por simples rencillas familiares. En Ciudad Real asesinaron al obispo en el verano de 1936, donde en apenas un mes ejecutaron a cerca de mil personas sin juicio.
En Cuenca no hubo registros de las muertes, como tampoco en las demás provincias. Las masacres se extendieron como el fuego en la región. En Guadalajara el clero apenas sobrevivió, azotado por el odio.
Familias desaparecidas al completo, torturas. En Albacete las represalias en el campo fueron mayores. Terratenientes, sacerdotes y propietarios fueron acorralados, desposeídos de sus bienes por sus antiguos trabajadores convertidos en ladrones y verdugos.
«El carnicero de Albacete»
Nada de este tiempo aparece en la Ley de Memoria Democrática, donde sí figura, por ejemplo, el reconocimiento de la nacionalidad española a los voluntarios de las Brigadas Internacionales que tomaron plaza en Albacete y fueron instrumento fundamental de la represión en la ciudad, donde actuaba André Marty, «el carnicero de Albacete», responsable directo de la muerte de cientos de personas, paradigma del comisario político que heredó el caos primero de los milicianos, para hacerlo «ordenado» y por ello incluso más salvaje.