Las Minas de Hellín
Muerte en Las Minas del azufre: del vino romano a la pólvora de Felipe II, hasta su fin como penal franquista
La pedanía de Hellín (Albacete) llegó a ser el mayor yacimiento de azufre de Europa experimentando una pronta evolución industrial que con el fin de su actividad ha sentenciado casi por completo la vida del pueblo de tan solo sesenta habitantes
El caso de la pedanía de Las Minas en Hellín, cuenta la historia de lo que pudo ser y no fue. De como la llama de la industrialización no promete la evolución hacia las fronteras de lo que hoy son grandes urbes. La palabra industria trajo ecos de avance y es cierto que llegó al lugar, pero igual que vino se fue.
Las Minas responden a la presencia de un atractivo yacimiento de azufre que con su explotación minera dio el evidente nombre a la población. Con el claro interés en la extracción todo apuntaba a una modernidad inmediata. Las gentes de la época, en una especie de 'Bienvenido Mr. Marshall', acogieron la promesa de la prosperidad. El sueño de un bienestar casi inconcebible llegaba de la ciudad a un rincón casi perdido, que vio la clara oportunidad de ver por mejorada su vida.
Sin azufre, la muerte de Las Minas llegó de la manera más tajante. A su alrededor la nada. Tan solo ese vagar añorante de una promesa incumplida tantas veces repetida en lugares que hoy se llaman despoblados. El barco de lo rural a lo industrial se perdió en el horizonte. De poco sirvió ser el mayor yacimiento de Europa en materia de azufre, porque cuando su extracción dejó de ser un negocio, cuando las reservas empezaron a debilitarse, el circo de la salvadora industria recogió su carpa y se fue.
Con sesenta habitantes todavía resistiendo en sus contadas calles, Las Minas responden como yacimiento histórico romano. Sus vestigios cuentan como la tierra ya fue del interés del famoso Imperio. Más tarde llegarían los musulmanes y tras su partida, Felipe II volvería mirar al pequeño lugar con gran interés. El tiempo quiso que por azares del destino cobrara de nuevo importancia tras la Guerra Civil y es que por una cosa u otra, Las Minas siempre han estado ahí, aunque están en peligro de marcharse.
Vino y pólvora
Interior de una mina de azufre
La tradición de la explotación minera del azufre confirma una actividad que se remonta oficialmente a cuatrocientos años de historia. En las zonas adyacentes se confirma la presencia de vestigios de pobladores que hace 2.600 años se asentaron interesados por los beneficios del azufre.
Un bien valioso en la época como el vino, atrajo el interés del pueblo romano, que usaba el mineral para la conservación de los añejos caldos. Así lo demuestran las herramientas halladas en la época, también con diversas galerías y la posible relación comercial con fenicios en este sentido.
La revelación arqueológica da pistas sobre la tradición romana del vino en la zona, pero el primer fundamento escrito llegaría con la entrada de los musulmanes en la Península. El geógrafo Az-Zuhri ilumina la historia de las minas con sus escritos del año 1154, tras su paso por la ribera del Segura. El documento describe la presencia de un destacado yacimiento de azufre constatable a simple vista y con unas reservas realmente llamativas, que describió de la siguiente manera:
«En cuanto al río llamado Tandra¨ir o Tandrabir, que es el que llega a la ciudad de Murcia, este desciende hasta el lugar llamado Pajares, donde recibe el aporte del río Mundo. En esta confluencia hay un yacimiento de azufre rojo, mineral que no se encuentra en ningún otro lugar de la tierra habitada. Se exporta a todos los países del mundo: Iraq, Yemen, Siria,…»
La llegada de nuevos pobladores sorprendidos al punto de dejar vigencia escrita del lugar, advierte sin duda la importancia histórica del azufre para Las Minas, sin el cual seguramente nunca habría existido. Con el paso de Al -Ándalus desaparece la constancia de una explotación interesada en el vino, pero la luz de un nuevo propósito volvería a colocar el lugar en el candelero.
Antes hay que mirar a lo que ocurría en la época en la otra cara del mundo, concretamente en China. Aproximadamente en el siglo IX, los filósofos taoístas andaban empeñados en la búsqueda de la poción de la inmortalidad. La mezcla de azufre, nitrato de potasio y carbón vegetal no resultó en la formula de la vida eterna, pero cambiaría el mundo para siempre.
Su fácil y rápida reacción, cargada de humo y potencia, no tardó en encontrar una beneficiosa actividad. Pronto las fuerzas militares chinas aplicarían el descubrimiento al desarrollo de nuevas armas como cohetes, cañones, granadas o mosquetes. Los mongoles sirvieron como prueba de la nueva tecnología y colaborarían con su expansión mundial utilizando la pólvora para batirse en su intento de invasión en Japón.
Adaptarse o morir. La pólvora inició una nueva carrera armamentística que llegó a España. Con la Península reconquistada por la alianza cristiana, sumando el no menor descubrimiento de América que dio lugar al posterior Imperio, Felipe II resucitaría la explotación minera en Las Minas.
Tras una época de actividad residual, su destacada reserva de azufre se tornó fundamental para la fabrica de pólvora, por lo que la Corona española adquirió su propiedad pasando a ser 'Minas Reales de Azufre'. La responsabilidad de la explotación se delegó a la familia de Alonso Cuellar y en este momento el rendimiento de la mina prosperó de forma ascendente gracias a la mejora de las infraestructuras.
Un tesoro inagotable para la Corona
La explotación de reservas jamás vistas, contaba con la peculiaridad de explotación a cielo abierto. Los dos ríos próximos se utilizaron para erosionar, lavar y transportar el azufre obtenido. Con Felipe V llegaría la prohibición de importar azufre extranjero, considerando las reservas de la explotación minera totalmente autosuficientes para dotar la industria armamentística del momento.
Un nuevo paso para engrandecer el lugar, cada vez más conocido y resonante como dejó por escrito el Padre Ortega: «estas famosas minas de azufre que son únicas en nuestra España y de la mejor calidad de cuantas se hallan descubierto son un tesoro inagotable para la corona». Desde este momento y hasta el siglo XVIII, la producción siguió bajo la potestad de la Corona. Durante el periodo tuvo lugar la construcción del actual pueblo, motivada por los negocios de yesería, agricultura y ganadería que acompañaban a la minería en la prosperidad del lugar.
Con el reinado de Fernando VII, la propiedad pasaría a manos del general Elio y la Casa Real dejaría de poseer la producción, la cual vislumbraría un gran reconocimiento. Con diversos cambios de manos, la competencia internacional y una alta burocratización, se declaró la falta de especialización de explotadores y trabajadores hasta 1859, año donde acontecería el inicio de su gran esplendor.
Trabajadores del azufre en Las Minas(1912)
Por entonces de propiedad pública, la explotación abarcaba 138 kilómetros cuadrados que trabajaban en la obtención del azufre en hasta diecisiete vetas. En 1859 se deroga la propiedad pública y se contemplan medidas para mejor las competencias e infraestructuras del lugar. Las Minas salían a subasta durante el Sexenio Democrático y el británico Charles Ros Fell fundo la 'Hellín Sulphur Company Ltd'. Lejos de encontrar un beneficio acorde a sus pretensiones, el proyecto quebró y pasó a manos del marqués Perijá Manuel Salvador López y su «Sociedad minero-industrial del Coto de Hellín». A diferencia del proyecto de Ros Fell, la minería aconteció un resurgir y motivó el traspaso a Guillermo O'Shea, oficial de artillería que la nombraría 'Sociedad Azufrera del Coto de Hellín'.
El sistema se modernizó y se alejó de la explotación a cielo abierto, por la extracción mediante dos pozos maestros con jaulas guiadas por vagonetas eléctricas. El esplendor había llegado y la cantidad de azufre extraído contemplo números inimaginables y su comercialización se vio beneficiada por la llegada del ferrocarril Madrid-Cartagena que potenció la industrialización de Las Minas desde 1904.
Declive, cierre y desenlace penal
Industria moderna en Las Minas (1912)
El inicio del siglo XX trae un crecimiento sin igual, incluso se crea una central eléctrica que amplia la explotación hasta logra extraer 480.000 toneladas de azufre, que sitúan el coto minero como cabeza del sector a nivel mundial. La prosperidad parecía estar asegurada y asentada en Las Minas. La empresa cotiza un 85 por 100 en bolsa y se pasa de una extracción mensual de 200 toneladas hasta llegar a las 627.
Un rincón desconocido, de la nada, cuenta con 2.000 habitantes y el pueblo crece gracias a las casas-cueva creadas para los trabajadores en el coto y al cercano núcleo dotado de farmacia, escuela, cine, centro médico, bares y tiendas. Por desgracia, el esplendor de Las Minas fue fugaz. Tras el despertar incomparable de los siglos XIX y XX, en 1910 ya se empiezan a evidenciar problemáticas que acabarían por hundir la empresa.
Los inconvenientes del pasado se repetían. La falta de mano de obra cualificada y la mejor modernización de las explotaciones de Marsella y Sicilia, advertiría la necesidad de una serie de maquinas para las cuales se necesitaba un capital inexistente. En 1920 llegaría la puntilla con la entrada al mercado del azufre americano, Las Minas comenzaban a morir y se sumaron huelgas y cierres patronales a principios de la década de los treinta, a consecuencia de las pésimas condiciones laborales.
El ferrocarril en Las Minas (1912)
La Segunda República propició la creación del seguro obrero en 1934, aumentando el coste salarial que llevó a la quiebra un negocio que hace no tanto era líder mundial. Aun así, el Franquismo tras la Guerra Civil y su inicial autarquía alargaría la pobre vida que quedaba en Las Minas. El aislamiento internacional obligó a rescatar un negocio que había sido incautado por CNT, FAI y UGET durante el periodo de guerra en España.
La dirección quedó en manos de los propios trabajadores, pero el triunfo franquista cambiaría la manera de operar en la zona. Si hace no tanto se achacaba el fracaso industrial a la explotación de los trabajadores, la Dictadura lo convirtió en destacamento penal. Los condenados, en su mayoría presos políticos, reducían un día de pena por cada jornada de trabajo bajo control militar.
Los presos de la cárcel de Las Lomas de Hellín viajaban en tren hasta la explotación y allí quedaban resididos en el viejo cine cercano al cuartel de Guardia Civil que les custodiaba. Imaginen la especialidad minera con la que podían contar estos presos procedentes de Albacete y alrededores. La mina se mantenía como bien necesario nacional y malvivió hasta 1945, año en que la fuerte sequía paralizó la central eléctrica hidráulica, iniciándose un declive imparable confirmado con el cierre definitivo en 1960.
Relegada al olvido, sus casas-cueva fueron abandonadas y nadie trae cuenta de lo que ocurrió cerca del lugar donde el río Mundo se une al Segura. Gracias a la investigación excelente y desinteresada de unos pocos como Cristina Romera o Daniel Zubiri, la historia quedará inmortalizada para conocer lo que pudo ser y no fue en el albor industrial.
Desde entonces, la condena recae sobre Las Minas viendo pasar cada año como una tortura asfixiante que le va quitando cada gota de vida, cada habitante. De los 2.000 de hace no tanto, tan solo quedan 60. Entre los escombros del pasado vive la historia de Las Minas, la promesa de un oasis de prosperidad, que fue fugaz y que perdura enterrada en el olvido de aquellas minas de azufre que un día fueron las más importantes del mundo.