Llanos del Caudillo, Ciudad Real
Cuando la historia molesta: los dos pueblos de Castilla-La Mancha que quieren borrar del mapa
La ley exige borrar lo que para muchos es historia, no homenaje
En una España que presume de pluralismo y libertad, parece que hay nombres que ya no se pueden decir. O pueblos que no pueden llamarse como se han llamado durante décadas. En Castilla-La Mancha, dos localidades —Llanos del Caudillo y Alberche del Caudillo— están hoy en el centro de una campaña institucional y mediática que busca borrar cualquier rastro que no encaje con el nuevo relato oficial de la historia.
La Ley de Memoria Democrática, aprobada en 2022, obliga a eliminar del callejero y los topónimos cualquier mención a figuras vinculadas con la dictadura de Franco. Y aunque esta norma aún no se ha traducido en sanciones, la presión ya ha llegado hasta estos pueblos manchegos, cuya existencia y nombre están ligados al proceso de colonización agrícola impulsado por el régimen en los años 50.
El caso de Alberche del Caudillo
En Alberche del Caudillo, pedanía de Calera y Chozas (Toledo), el Ayuntamiento inició en 2023 los trámites para eliminar el «del Caudillo», en respuesta a la petición del abogado Eduardo Ranz, uno de los principales activistas en esta cruzada legislativa. Sin embargo, el proceso se paralizó tras las elecciones municipales y con el argumento —jurídicamente válido— de que aún no está aprobado el catálogo oficial de símbolos que permitiría aplicar la ley con garantías.
Lejos de interpretarse como una muestra de prudencia administrativa, el parón fue utilizado por algunos sectores como prueba de «resistencia» ideológica. Los vecinos, por su parte, ni fueron consultados ni parecen especialmente preocupados por lo que pone el cartel a la entrada del pueblo. Cambiar el nombre del pueblo no está entre sus urgencias.
Desde el otro lado, quienes impulsan el cambio insisten en que la ley debe aplicarse sin excepción. «La gran asignatura pendiente del Gobierno es la retirada de simbología franquista. La ley de memoria establece plazos y sanciones. Si no existiera la ley, tendríamos que inventarla. Pero existe, así que apliquémosla y cumplámosla», defiende Eduardo Ranz.
Llanos del Caudillo: cuando la historia es la que incomoda
Más claro es el caso de Llanos del Caudillo (Ciudad Real), fundado en 1955 por el Instituto Nacional de Colonización. A diferencia de otros municipios, aquí ya se celebró una consulta popular en 2004: más del 70 % de los vecinos votaron a favor de mantener el nombre. En 2020, una sentencia judicial confirmó que no había obligación legal de cambiarlo.
A pesar de ello, vuelve la presión. Se les recuerda desde ciertos despachos que podrían ser multados —hasta 10.000 euros— por no retirar un nombre que lleva décadas formando parte de su identidad. Los vecinos, mientras tanto, siguen cultivando sus tierras, ajenos al ruido político.
La ley que aplica una memoria, pero no la de todos
El artículo 35 de la Ley de Memoria Democrática considera «contrarios a la memoria democrática» los nombres de calles, pueblos o instituciones que hagan alusión a la dictadura o a quienes participaron en ella. Pero lo que no parece tenerse en cuenta es que estos pueblos no nacieron para glorificar a nadie, sino para dar vida a zonas rurales despobladas. Y lo hicieron bajo ese nombre porque así se les dio origen. Pretender ahora reinterpretar esa historia bajo criterios políticos actuales levanta ampollas entre quienes simplemente quieren conservar lo que consideran suyo.
El caso más reciente, el de Villafranco del Guadalhorce en Málaga, ha encendido aún más los ánimos. El gobierno municipal de Alhaurín el Grande aprobó el cambio a Villa del Guadalhorce pese a la oposición de buena parte de los vecinos. Un precedente que deja claro el rumbo: no se trata de consenso, sino de cumplir una agenda.
Castilla-La Mancha, en la diana
Los dos pueblos manchegos son hoy una rareza en el mapa. Pero también un símbolo. No del franquismo —como algunos insisten en señalar—, sino de un pulso entre memoria e identidad, entre imposición política y voluntad popular.
Estos dos pueblos resisten, por ahora, al rodillo normativo. Lo hacen no por nostalgia, ni por ideología, sino por respeto a su historia y a las generaciones que los levantaron. Porque, como recuerdan muchos de sus vecinos, no es exaltación lo que hay en sus calles: es memoria vivida.
Hoy, mientras el poder central impone su versión del pasado, Llanos y Alberche del Caudillo siguen en pie con el mismo nombre con el que nacieron. Y cada día que pasa sin cambiarlo, es también una forma de defender que la historia no se borra: se cuenta entera.