Puches

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Solo los encontrarás en Castilla-La Mancha por el Día de Todos los Santos (y no podrás comer solo uno)

Los dulces típicos del Día de Todos los Santos llenan de miel, anís y mazapán los hogares de Castilla-La Mancha

Hay sabores que huelen a infancia, a brasero, a café recién hecho y a tardes eternas con la familia. En Castilla-La Mancha, el Día de Todos los Santos no solo se recuerda a los que ya no están: también se celebra el reencuentro con los dulces de siempre. Esos que aparecen solo una vez al año, que nadie sabe hacer igual y que huelen a hogar, a tradición… y a pecado. Los sabores perdidos. Las recetas anheladas. Cuatro clásicos, cuatro tesoros.

Buñuelos: el pecado frito más esperado del otoño

Buñuelos

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Crujientes por fuera, esponjosos por dentro y capaces de robarte el alma en un solo bocado.

Los buñuelos de Castilla-La Mancha son pura tentación: una masa de harina, leche y huevo con un toque de anís que se fríe hasta dorarse y se espolvorea con azúcar glas como si fuera nieve.

Los hay rellenos de nata, crema o chocolate, y elegir solo uno es misión imposible. Se comen en familia, entre risas, entre historias que se repiten año tras año. Son el dulce que inaugura el frío con el sabor más cálido del mundo.

Nuégados: miel, harina y un truco de las abuelas

Nuégados

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Entre los secretos mejor guardados de Castilla-La Mancha están los nuégados, ese dulce humilde que no entiende de modas. Solo necesita unos pocos ingredientes —huevos, harina, vinagre, azúcar, ralladura de limón y miel— para convertirse en una bomba de sabor que engancha.

Dorados y brillantes, parecen pequeñas joyas bañadas en miel. En cada casa hay una receta distinta, transmitida con cariño y celosamente guardada.

Crujen, se pegan a los dedos y te obligan a prometerte que será el último… hasta que vuelves a caer.

Huesos de santo: el clásico que nunca muere

Huesos de Santo

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Los huesos de santo son el dulce más simbólico del Día de Todos los Santos. De aspecto elegante y sabor celestial, combinan la suavidad del mazapán con el dulzor del relleno de yema. Su forma alargada imita tibias humanas, pero su sabor no tiene nada de lúgubre: es pura delicia.

En los conventos y obradores de Castilla-La Mancha los preparan con mimo, uno a uno, como si fueran reliquias. Y lo son: el alma de la repostería tradicional, ese sabor que te transporta a la infancia en cuanto das el primer mordisco.

Puches: la crema de los recuerdos

Puches

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Y si hay un dulce que resume la esencia del otoño manchego, ese son las puches. Un plato sencillo, humilde y reconfortante que calienta cuerpo y alma cuando llega noviembre.

Se elaboran con harina, leche, azúcar, anís y canela, y se sirven espolvoreadas con pan frito o un toque de miel. Su textura suave y su aroma especiado las convierten en el postre perfecto para las tardes frías junto al fuego.

En muchas casas, las puches son el primer sabor que aprenden los niños y el último que olvidan los mayores. Un dulce que sabe a hogar, a brasero y a domingo sin prisas.

Una cita con el pasado (y con el azúcar)

El Día de Todos los Santos en Castilla-La Mancha no se entiende sin mesa, sin familia y sin dulces. Es la manera más dulce de recordar, de honrar y de celebrar. Cada bocado encierra una historia, una abuela, una sobremesa. Y aunque llegan solo una vez al año, su sabor se queda en la memoria para siempre.

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