Beata Juana de la Cruz
Santa Juana, la monja de Toledo que hablaba con ángeles y aconsejaba a Carlos V
Nacida en Numancia de la Sagra, esta religiosa del siglo XVI alcanzó fama por sus visiones, sus predicaciones en éxtasis y los milagros que atrajeron hasta su convento a reyes, nobles y al propio emperador
Cada 9 de marzo muchos pueblos de la Sagra toledana celebran Santa Juana, una fiesta que mezcla tradición popular, campo y convivencia. Pero detrás de esa jornada festiva se esconde la historia de una mujer extraordinaria que marcó la espiritualidad de Castilla durante siglos.
Su nombre fue Juana Vázquez Gutiérrez, conocida como Juana de la Cruz, y nació el 3 de mayo de 1481 en Numancia de la Sagra, que entonces se llamaba Azaña. Hija de una familia humilde, su vida estuvo rodeada desde la infancia de relatos místicos que hablaban de conversaciones con la Virgen y los santos.
Aquella niña acabaría protagonizando una de las historias religiosas más sorprendentes de la España del siglo XVI.
Su destino estaba a pocos kilómetros de su pueblo natal: el Monasterio de Santa María de la Cruz, en Cubas de la Sagra, un lugar donde siglos antes se había documentado un episodio que marcaría su historia.
El lugar donde la Virgen clavó una cruz en la tierra
La historia de este santuario comienza en 1449, cuando una joven llamada Inés Martínez, que cuidaba cerdos en el campo, afirmó haberse encontrado con una mujer vestida de blanco.
Aquella mujer, según el testimonio recogido después por autoridades eclesiásticas, se identificó como la Virgen María. Durante varias apariciones le pidió que transmitiera un mensaje claro al pueblo: que se confesaran y prepararan sus almas.
En la última aparición ocurrió algo que marcaría para siempre aquel lugar. Según los relatos conservados, la Virgen tomó una cruz improvisada y, arrodillándose, la clavó en el suelo, señalando el punto donde debía levantarse una iglesia dedicada a Santa María.
Los vecinos construyeron allí un altar y pronto comenzaron a llegar peregrinos. Las investigaciones eclesiásticas recogieron decenas de testimonios y milagros, lo que convirtió el lugar en un centro espiritual muy visitado en Castilla.
Con el tiempo, varias mujeres se instalaron para cuidar el santuario y atender a los peregrinos. Así nació el pequeño convento que años después cambiaría la historia de Juana.
La joven que huyó de casa vestida de hombre para ser monja
Cuando Juana tenía apenas quince años, su familia planeó casarla. Pero ella quería ingresar en el convento.
La tradición cuenta que tomó una decisión radical: escapó de casa vestida de hombre para evitar que la reconocieran y llegó hasta el monasterio de Cubas de la Sagra. Allí ingresó en 1496 con el nombre de Juana de la Cruz.
Durante sus primeros años vivió dedicada a cuidar enfermos y atender a las religiosas. Sin embargo, pronto comenzaron a suceder fenómenos que llamaron la atención de quienes la rodeaban.
Las crónicas del convento hablan de éxtasis místicos, estigmas y episodios en los que, durante la oración, parecía entrar en un estado de trance mientras pronunciaba sermones que muchas personas consideraban inspirados.
La monja que predicaba como si hablara el Espíritu Santo
Aquellas predicaciones llamaron la atención de una figura clave de la Iglesia española: el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros.
El poderoso cardenal quedó tan impresionado por su capacidad de predicación que, según las crónicas, la convirtió en consejera espiritual y le permitió predicar ante multitudes, algo absolutamente inusual para una mujer en aquella época. Su fama llegó incluso a la corte.
El emperador Carlos V visitó el convento en varias ocasiones para escucharla y pedirle consejo, y otros nobles y militares también acudían a verla antes de tomar decisiones importantes.
Juana, una mujer sin estudios, terminó siendo considerada por muchos como una figura espiritual de enorme influencia.
Milagros, profecías y un ángel que tenía nombre
La tradición popular atribuye a Juana numerosos dones místicos. Entre ellos se mencionan el don de lenguas, la bilocación —estar en dos lugares al mismo tiempo— o la capacidad de leer la conciencia de quienes acudían a ella.
También se hablaba de un ángel que la acompañaba, conocido como San Laurel Áureo, cuya presencia —según las monjas— se percibía por un intenso perfume.
Otro episodio muy conocido es el de las llamadas «cuentas benditas». Según la tradición del convento, Juana reunió rosarios en una arqueta que permaneció cerrada durante tres días mientras ella entraba en éxtasis. Cuando se abrió, las cuentas desprendían un perfume extraordinario y comenzaron a considerarse objetos con propiedades espirituales.
Un cuerpo incorrupto y una fama de santidad que perdura
Juana de la Cruz murió el 3 de mayo de 1534, con fama de santidad. Años después, al abrir su tumba, su cuerpo fue hallado incorrupto y flexible, un fenómeno que aumentó aún más su reputación espiritual y atrajo a numerosos peregrinos.
Durante siglos su figura fue venerada en Castilla y, especialmente, en los pueblos de La Sagra. Y esa devoción no se ha apagado con el tiempo: aún hoy, cada año, vecinos y fieles recuerdan su historia y celebran Santa Juana, manteniendo viva la memoria de aquella monja toledana que llegó a ser considerada consejera de emperadores.