Tarasca, Corpus Toledo

Tarasca, Corpus ToledoVirginia Seseña

No hay Corpus sin Tarasca: el monstruo de Toledo que asusta, moja y fascina cada año

Esta curiosa figura, acompañada de gigantones y cabezudos, recorre las calles la víspera y la mañana del Corpus Christi

No hay Corpus sin Tarasca. En Toledo, la fiesta no solo se reconoce por los toldos que cubren las calles, el olor a tomillo y romero o la solemnidad de una de las procesiones más importantes de España. También por la aparición de una criatura extraña, casi imposible, que avanza entre el público como salida de una vieja leyenda.

La Tarasca es uno de los elementos más singulares del Corpus toledano. Un monstruo con cuerpo de galápago, alas de vampiro y cabeza de serpiente que desfila por el recorrido procesional acompañado de gigantones y cabezudos. Su presencia, entre festiva y fantástica, atrae cada año la mirada de niños, vecinos y visitantes, sorprendidos por una tradición que mezcla historia, simbolismo y espectáculo popular.

En Toledo, esta criatura desprende humo por la nariz y lanza chorros de agua que mojan al público, como si fueran lágrimas. Sobre su lomo baila una muñeca conocida como Ana Bolena, que se mueve de forma alocada mientras el monstruo recorre las calles. La escena, difícil de olvidar, forma parte del imaginario del Corpus y convierte la víspera de la procesión en uno de los momentos más curiosos de la celebración.

Una tradición con raíces legendarias

La Tarasca no es exclusiva de Toledo. Su origen se vincula a la leyenda de Tarascón, en Francia, donde se hablaba de una bestia terrible que atemorizaba a la población hasta ser dominada por Santa Marta. Con el paso del tiempo, aquella figura monstruosa se incorporó a distintas celebraciones religiosas y populares en varias ciudades, adoptando formas diferentes según cada lugar.

En el caso toledano, la Tarasca acabó integrada en el cortejo del Corpus junto a los gigantones y cabezudos. Su aparición aportaba a la fiesta un componente teatral y simbólico, en contraste con la solemnidad religiosa de la jornada principal. La bestia ha sido interpretada tradicionalmente como una representación del mal vencido, mientras que la figura de Ana Bolena, situada sobre el lomo, se ha relacionado con el cisma anglicano y con ciertos significados morales asociados al pecado o la vanidad.

Sin embargo, más allá de estas lecturas, la Tarasca ha sobrevivido sobre todo como una imagen popular. Es una de esas tradiciones que se transmiten de generación en generación, no solo por lo que significan, sino por lo que provocan: sorpresa, risa, curiosidad y ese pequeño susto que forma parte de la infancia de muchos toledanos.

El monstruo que también fue prohibido

La historia de la Tarasca no siempre ha sido tranquila. En 1780 se prohibió que salieran a desfilar tanto la Tarasca como los gigantones, en un contexto en el que algunas manifestaciones populares vinculadas a fiestas religiosas fueron vistas con recelo por las autoridades. La prohibición, sin embargo, no consiguió borrar del todo una tradición que acabaría regresando a las calles.

Con el paso del tiempo, la figura tuvo distintas etapas. Llegó a dejar de desfilar durante años debido a su deterioro, hasta que fue recuperada en la década de los ochenta gracias al impulso de la Junta Pro Corpus y el Ayuntamiento de Toledo. Desde entonces, la Tarasca ha vuelto a formar parte del paisaje festivo de la ciudad, sometida a restauraciones y cuidados para conservar uno de los símbolos más peculiares del Corpus.

La parte más fantástica del Corpus de Toledo

Cada año, cuando la Tarasca aparece, Toledo cambia por unos instantes de tono. La ciudad monumental, engalanada para su gran celebración, se permite una escena de fantasía popular. El monstruo avanza, Ana Bolena gira sobre su lomo, el humo sale por la nariz y el agua alcanza a los espectadores más cercanos.

Hay niños que la miran con respeto, adultos que la recuerdan de otros años y turistas que descubren una tradición inesperada en pleno corazón histórico. La Tarasca no tiene la solemnidad de la Custodia ni el recogimiento de la procesión, pero posee algo igualmente valioso: la capacidad de mantener viva la memoria festiva de Toledo.

Porque antes de que el Corpus alcance su momento más solemne, la ciudad deja paso a su criatura más extravagante. Un monstruo de caparazón, alas y cabeza de serpiente que recuerda que en Toledo la historia también desfila entre humo, agua y leyenda.

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