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El infierno del narcopiso que ha roto la paz junto a la Catedral de Toledo

Los vecinos denuncian okupaciones, robos, ruido y un trasiego constante de personas en varias calles del Casco Histórico, donde aseguran que ya no se sienten seguros ni para dejar salir solos a sus hijos

La tranquilidad de varias calles del Casco Histórico de Toledo, a escasa distancia de la Catedral y en el entorno del Seminario, se ha visto alterada en los últimos meses por una situación que los vecinos describen como «insoportable». Denuncian la presencia de varias viviendas okupadas en las calles Plegadero, Cuesta de los Escalones y Vida Pobre y sospechan que una de ellas funciona como punto de venta de droga.

«El trasiego constante de personas y de perros de raza peligrosa sueltos a cualquier hora del día y de la noche, las actitudes irrespetuosas, los orines en la calle o los gritos continuos han destrozado la paz de nuestra comunidad», relata uno de los residentes, que prefiere mantener el anonimato.

La preocupación va más allá de las molestias. Los vecinos aseguran que la sensación de inseguridad se ha instalado en el barrio y que afecta especialmente a las familias con niños. «Ya no nos sentimos seguros al caminar por la calle. Lo más preocupante es el impacto en nuestros hijos pequeños. No pueden jugar en un entorno seguro ni volver solos a casa», lamenta este habitante del Casco.

La voz de alarma saltó, según varios residentes, el pasado mes de febrero, cuando un joven de 23 años resultó herido tras ser agredido con un arma blanca en el entorno de un edificio abandonado ocupado. Desde entonces, algunos vecinos aseguran haber sufrido entradas en portales, hurtos y robos de objetos en garajes comunitarios.

Los hermanos García, que llevan cuatro décadas viviendo en la zona, aseguran que nunca habían visto nada parecido. Su comunidad ha pasado de dejar abierta la puerta del portal a contratar una alarma y reforzar cerraduras. «Se meten en un portal y no pasa nada», se quejan.

La inquietud se extiende también a calles próximas como Ave María, muy transitadas por familias del cercano colegio San Lucas y María. Los vecinos temen que los menores hayan perdido la posibilidad de hacer vida de barrio con normalidad.

La situación, aseguran, empeora al caer la noche. «Es una procesión de zombis. Gente a cualquier hora, haciendo ruido, discutiendo, dando voces. Hacen cola para comprar, como si fuera un supermercado, y después se drogan en la calle», denuncian Alberto y Susana, nombres ficticios de dos residentes.

Los vecinos reclaman más vigilancia policial y soluciones urgentes. «No queremos abandonar nuestro barrio. Queremos recuperar nuestras calles y la tranquilidad habitual», insisten, convencidos de que la falta de respuesta puede acabar agravando el problema.

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