Casas Colgadas, Cuenca
El día que ‘Time’ descubrió el museo imposible escondido en las Casas Colgadas de Cuenca
La revista estadounidense presentó al mundo el sueño de Fernando Zóbel apenas 28 días después de su inauguración
Cuenca llevaba siglos desafiando al vacío, pero aquel verano decidió también desafiar a su tiempo. El 1 de julio de 1966 abrió sus puertas en las Casas Colgadas un museo que parecía imposible: una colección de arte abstracto instalada en un edificio medieval, suspendido sobre la hoz del Huécar, en una España que apenas ofrecía espacios a sus creadores contemporáneos.
Solo 28 días después, una de las revistas más influyentes del mundo puso sus ojos en aquel rincón de Castilla. El 29 de julio de 1966, Time publicó el reportaje «A New View on the Cliff», una mirada desde Estados Unidos al recién nacido Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.
En 2026 se cumplen 60 años de aquella publicación que ayudó a colocar las Casas Colgadas en el mapa cultural internacional.
Un museo contra su época
El artículo de Time comenzaba describiendo una realidad incómoda. Los artistas españoles modernos triunfaban fuera del país, pero dentro de sus fronteras se encontraban, según la revista, contra un muro. La modernidad no era precisamente alentada por el régimen franquista y muchos creadores eran reconocidos en el extranjero mientras carecían de espacios donde mostrar su obra en España.
Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca
En ese escenario apareció Fernando Zóbel, pintor, coleccionista y mecenas nacido en Manila. Tenía 42 años y una idea extraordinaria: crear un museo dedicado a una generación de artistas españoles que estaba revolucionando la pintura y la escultura, aunque su propio país apenas supiera dónde exponerla.
Zóbel llevaba tiempo buscando una sede para su colección. La respuesta se la dio el conquense Gustavo Torner, que le habló de las Casas Colgadas, rehabilitadas por el Ayuntamiento pero todavía sin un destino definitivo. El artista quedó fascinado por aquel edificio que se asomaba al precipicio y por el paisaje que lo rodeaba.
El alcalde accedió a ceder el espacio por un alquiler simbólico, con la condición de que Zóbel asumiera el mantenimiento de la iniciativa. Comenzó entonces un trabajo colectivo en el que participaron Torner, Gerardo Rueda, Eusebio Sempere, Antonio Lorenzo y otros artistas. El proyecto nació al margen de la política cultural oficial y fue concebido y gestionado por los propios creadores. Era, en cierto modo, un museo hecho por artistas para salvar a otros artistas del olvido.
Veinte salas sobre el abismo
La descripción publicada por Time permite imaginar el impacto que causó aquel lugar. La revista hablaba de tres años de restauración y de un museo de 20 salas instalado en construcciones del siglo XV suspendidas sobre una profunda garganta.
Las Casas Colgadas, documentadas al menos desde 1481, no eran antiguos palacios, sino viviendas populares adaptadas a una topografía extrema. Sus balcones de madera y sus estancias proyectadas sobre la pared vertical del desfiladero parecían desafiar las leyes de la arquitectura.
Dentro esperaba otra sorpresa. Zóbel había reunido 120 pinturas, 200 dibujos y 12 esculturas de los principales representantes de la modernidad española. En sus salas convivían obras de Antonio Saura, Eduardo Chillida, Luis Feito, Manuel Millares, Gerardo Rueda, Gustavo Torner, Eusebio Sempere y el propio Zóbel, entre otros.
La revista definió el arte allí reunido como «abstracto, brutal y sobrio». El contraste era radical: lienzos contemporáneos sobre paredes antiguas, esculturas modernas junto a balcones medievales y formas abstractas recortándose frente al paisaje de la hoz.
No se trataba únicamente de colgar cuadros. Zóbel y sus colaboradores hicieron que la arquitectura, la luz, las obras y el paisaje formasen parte de una misma experiencia. Así nació un modelo museístico que se adelantó a su época.
El eco internacional
La publicación en Time no fue el único motivo de la fama internacional del museo, pero sí funcionó como un escaparate inmediato ante millones de lectores. Apenas unas semanas después de abrir sus puertas, Cuenca aparecía ante el mundo como una ciudad capaz de convertir unas viviendas medievales en la sede de la vanguardia española.
El reconocimiento definitivo llegaría al año siguiente. En 1967, Alfred H. Barr, fundador y primer director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, visitó Cuenca y lo definió como «el pequeño museo más bello del mundo». La frase quedó ligada para siempre a las Casas Colgadas.
El museo también transformó profundamente la ciudad. Atrajo a artistas, investigadores e intelectuales; impulsó nuevos oficios relacionados con el arte y contribuyó a crear en Cuenca un ambiente cultural que acabaría dejando huella en instituciones, galerías y proyectos posteriores.
En 1980, Zóbel donó su colección, su biblioteca y otros fondos a la Fundación Juan March, que ha mantenido y ampliado el proyecto. Actualmente, el Museo de Arte Abstracto Español continúa ocupando las Casas Colgadas y conserva una de las colecciones más representativas de la abstracción española de la segunda mitad del siglo XX.
Sesenta años después de aquel reportaje, las palabras de Time conservan intacta su fuerza. La revista estadounidense no encontró en Cuenca únicamente un museo. Descubrió una rebelión cultural suspendida sobre un precipicio.
Y Cuenca no tuvo que abandonar sus murallas para entrar en el mapa del arte mundial. Le bastó con abrir una puerta en las Casas Colgadas.