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El pueblo de Toledo donde las sandías crecen sin riego, pesan 25 kilos y no caben en la nevera

Velada ha convertido una singular tierra alimentada por la humedad del subsuelo en la cuna de unos frutos gigantes, dulces y jugosos que se reconocen por una inconfundible mancha blanca

Hay sandías que se guardan en el frigorífico y otras que obligan a reorganizarlo por completo. En Velada, un pequeño municipio de la provincia de Toledo, este fruto alcanza unas dimensiones tan descomunales que algunos ejemplares pesan entre 20 y 25 kilos. Son piezas que cuesta levantar, que deben venderse en ocasiones por mitades y que han convertido el nombre del pueblo en una referencia para los amantes de esta fruta.

Su tamaño, sin embargo, no es su única particularidad. Las célebres sandías de Velada se cultivan en secano, sin sistemas de riego, gracias a las características extraordinarias de una zona conocida como El Baldío. Allí, las raíces encuentran en la tierra arenosa y en la humedad acumulada en el subsuelo el agua necesaria para que el fruto crezca lentamente durante los meses de más calor.

El resultado son sandías voluminosas, de pulpa roja, abundante agua y un sabor especialmente dulce. Lo habitual es que pesen entre 10 y 25 kilos, aunque algunos agricultores han conseguido superar ampliamente esa cifra. En uno de los concursos organizados por el Ayuntamiento de Velada, la sandía ganadora rebasó los 27 kilos y medio.

Un gigante criado en secano

El secreto se encuentra bajo la tierra. Mientras la mayoría de las sandías comerciales reciben riegos periódicos, las de Velada absorben la humedad presente en el terreno de El Baldío. Este crecimiento más pausado y condicionado por la naturaleza hace que la producción sea menor que en las grandes explotaciones de regadío, pero también concede al producto sus características particulares.

La siembra suele realizarse durante la primavera y la recolección comienza en julio. Dependiendo de las temperaturas y de las lluvias de cada año, la campaña puede prolongarse hasta octubre e incluso noviembre. En los campos se producen principalmente sandías negras y rayadas, que terminan parcialmente asentadas en la tierra a medida que aumentan de tamaño.

Los agricultores experimentados saben cuándo ha llegado el momento de cortarlas. Entre las señales tradicionales se encuentra el secado del zarcillo situado junto al tallo que une el fruto con la planta. También recurren al conocido golpe con los nudillos: un sonido seco, hueco y grave indica que la sandía ha alcanzado el punto adecuado de maduración.

La mancha que descubre a las auténticas

La fama de estas sandías ha provocado que algunos vendedores utilicen el nombre de Velada para comercializar frutas procedentes de otros lugares. Los productores locales llevan años denunciando estas imitaciones y explicando cómo reconocer el producto verdadero.

La principal pista es la denominada «cama blanca», una mancha clara que aparece en la parte del fruto que ha permanecido en contacto con la tierra arenosa. Esta señal muestra que la sandía ha crecido apoyada y parcialmente hundida en el terreno. Además, la temporada constituye otra prueba: una sandía ofrecida como originaria de Velada antes del inicio del verano difícilmente puede ser auténtica, pues su recogida comienza habitualmente en julio.

Durante décadas, agricultores y familias de la zona han vendido la cosecha directamente en comercios y puestos de carretera. Esa relación directa permite que el comprador conozca su procedencia y, en muchas ocasiones, que solicite que le corten la pieza antes de llevársela. No es una cuestión menor cuando se tiene delante una sandía de más de 20 kilos y surge la pregunta inevitable: cómo conseguir meterla en la nevera.

Velada ha logrado así convertir una fruta de verano en una verdadera seña de identidad. En este rincón de Toledo, la sandía no necesita riego para hacerse gigante. Le basta una tierra singular, meses de sol y el conocimiento transmitido entre generaciones para crecer hasta alcanzar un tamaño difícil de encontrar en cualquier frutería.

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