Entrada al Corral de Don Diego, 1930
La queja vecinal de hace 233 años que demuestra que el botellón no es un problema moderno
Una denuncia de 1793 relata cómo los trajineros bebidos ocupaban el Corral de Don Diego, bloqueaban las viviendas y convertían la plaza en un estercolero
Ni música a todo volumen, ni bolsas de hielo, ni vasos de plástico. El peculiar «botellón» que alteró la vida de los vecinos de Toledo hace 233 años tenía otros protagonistas: trajineros bebidos, caballerías abandonadas, gritos, insultos y una plaza convertida en un estercolero.
El episodio ocurrió en el Corral de Don Diego y quedó inmortalizado en una súplica presentada el 8 de agosto de 1793 ante el corregidor de la ciudad. Su autor fue Juan Bello, bordador de la Catedral de Toledo y uno de los vecinos perjudicados por aquellas concentraciones.
El documento ha sido recuperado por el Archivo Municipal bajo un título cargado de ironía: «¿Desde cuándo hay botellón?».
Caballos que bloqueaban las viviendas
Juan Bello vivía en la plaza principal del Corral de Don Diego, convertida entonces en punto de parada habitual para los denominados bargueños y trajineros que llegaban a Toledo. El problema no era únicamente la presencia de estos viajeros, sino las caballerías mayores y menores que dejaban prácticamente abandonadas durante horas.
Los animales ocupaban el espacio situado frente a las viviendas e impedían a sus moradores entrar o salir. Cuando Bello o algún miembro de su familia intentaba apartarlos, recibía insultos y amenazas de sus propietarios.
La situación había llegado hasta tal punto que, según denunciaba el bordador, tanto él como alguno de sus familiares estaban expuestos a que los matasen.
Una coz que casi acaba en tragedia
El episodio más grave ocurrió cuando uno de los hijos de Juan Bello trató de pasar junto a una caballería. El animal comenzó a lanzar coces y, según escribió su padre, fue un auténtico milagro que no lo golpeara violentamente.
A este peligro se sumaban los problemas de ruido. Los trajineros regresaban bebidos, comenzaban a gritar y protagonizaban continuas disputas. Sus «voces y quimeras», señalaba el documento, no permitían descansar durante la siesta ni a la familia de Bello ni al resto de los vecinos.
El paralelismo con las quejas actuales por las concentraciones nocturnas explica que el propio Ayuntamiento de Toledo haya bautizado humorísticamente el documento como un antecedente del botellón. En realidad, el conflicto de 1793 estaba provocado por transportistas, animales, alcohol y la ocupación permanente del espacio público.
La plaza convertida en un estercolero
El ruido y las amenazas no eran los únicos inconvenientes. Juan Bello estaba obligado a mantener limpio el entorno de su vivienda, pero aseguraba que resultaba imposible. Nada más barrer, los caballos volvían a ensuciarlo y convertían el lugar en un «estercolero».
El bordador temía, además, ser multado por segunda vez por una suciedad de la que no se consideraba responsable. Por ello pidió al corregidor que ordenase trasladar las caballerías a la plazuela de Santiago o a cualquier otro lugar donde no ocasionasen daños.
La documentación difundida por el Archivo Municipal no aclara si la petición fue atendida. Sí demuestra que las discusiones por el ruido, el alcohol, la suciedad y la ocupación de las plazas no nacieron con los jóvenes del siglo XXI.
Este 8 de agosto se cumplen 233 años de aquella desesperada denuncia. Toledo no lo llamaba todavía botellón, pero sus vecinos ya sufrían buena parte de sus consecuencias.