Gustavo Torner
El conquense que convenció a Zóbel para crear en Cuenca «el pequeño museo más bello del mundo»
Un año después de su muerte, una conversación sobre arte chino explica cómo Gustavo Torner cambió el rumbo de un proyecto pensado para Toledo
Cuenca pudo no haberse convertido nunca en uno de los grandes centros españoles del arte contemporáneo. El museo que transformó la imagen de la ciudad estuvo inicialmente ligado a Toledo y Fernando Zóbel ni siquiera parecía dispuesto a considerar otro emplazamiento. Sin embargo, una conversación mantenida en la terraza de un hotel terminó cambiando el destino cultural de la capital conquense.
Este 6 de septiembre se cumple un año de la muerte de Gustavo Torner, fallecido en 2025 en su domicilio de Cuenca apenas dos meses después de cumplir cien años. Pintor, escultor, grabador, diseñador y museógrafo, fue una de las figuras decisivas de la abstracción española y el hombre que consiguió que Zóbel mirara hacia las Casas Colgadas.
Un museo que buscaba casa en Toledo
La historia comenzó en 1962. Torner había conocido en Venecia a Fernando Zóbel, Gerardo Rueda, Eusebio Sempere y Manuel Mompó. Poco después, durante una reunión celebrada en Cuenca, Sempere preguntó al artista hispanofilipino cómo avanzaba su proyecto de abrir un museo en Toledo.
Zóbel pretendía comprar allí una casa antigua, reunir obras de artistas amigos y abrir su colección al público. La iniciativa, sin embargo, continuaba sin encontrar un emplazamiento definitivo.
Torner recordó entonces que el Ayuntamiento de Cuenca estaba rehabilitando las Casas Colgadas sin tener demasiado claro qué uso darles. El artista preguntó por el edificio y trasladó la posibilidad a Zóbel, pero la respuesta inicial estuvo lejos del entusiasmo. El coleccionista no entendía qué podía ofrecerle una pequeña ciudad de provincias como Cuenca.
Todo cambió durante una tarde de verano en la terraza del hotel Alfonso VIII. Mientras tomaban una Coca-Cola, Zóbel comenzó a hablar sobre el arte chino de la dinastía Song. Torner corrigió una de sus apreciaciones cronológicas y dejó sorprendido al artista.
La respuesta de Zóbel, recordada años después por el propio Torner, selló el futuro del proyecto: «Esto no me lo dicen ni diez personas en España. Vamos a hacer el museo en Cuenca porque hay con quien hablar».
Según el conquense, aquella conversación, y no solamente el paisaje, fue la que terminó inclinando la balanza. Después llegarían las gestiones para conseguir las Casas Colgadas y resolver los numerosos obstáculos administrativos.
El museo que transformó Cuenca
El edificio pertenecía al Ayuntamiento y no podía venderse, pero finalmente se encontró una fórmula jurídica para ceder el espacio. Fernando Zóbel aportó su colección particular, mientras que Torner y Gerardo Rueda participaron en la organización, el diseño y el montaje.
El Museo de Arte Abstracto Español abrió sus puertas en julio de 1966. En una España con muy pocos espacios dedicados al arte contemporáneo, aquella colección instalada sobre la hoz del Huécar se convirtió rápidamente en una referencia internacional.
Solo un año después, Alfred Barr, fundador y primer director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, lo definió como «el pequeño museo más bello del mundo». Su aparición no solo respaldó a una generación de pintores y escultores españoles, sino que transformó el casco antiguo y convirtió Cuenca en un lugar de encuentro para artistas, críticos e investigadores.
A su alrededor se consolidó el denominado Grupo de Cuenca, formado por nombres como Zóbel, Torner, Rueda, Antonio Saura, Eusebio Sempere o Manuel Millares. La ciudad quedó desde entonces vinculada a la vanguardia artística y este verano el museo ha celebrado sus sesenta años de historia.
Un artista que dejó su huella en el Prado
Torner había estudiado Ingeniería Forestal y ejerció durante cerca de dos décadas antes de dedicarse plenamente al arte. Aquella formación dejó una huella profunda en sus trabajos: piedras, cortezas, líquenes, raíces y texturas naturales terminaron apareciendo en sus pinturas y esculturas.
Su obra se extendió mucho más allá de los lienzos. Diseñó las vidrieras de la capilla mayor de la Catedral de Cuenca, participó en la reorganización de numerosas salas del Museo del Prado, trabajó como asesor artístico de la Fundación Juan March y dejó esculturas monumentales en distintas ciudades españolas.
Al artista conquense se deben incluso buena parte de los colores, entelados y soluciones arquitectónicas que todavía pueden contemplarse en las salas del edificio Villanueva del Museo del Prado.
También depositó cerca de seiscientas obras en el Museo Reina Sofía y creó el Espacio Torner en la antigua iglesia de San Pablo, situado frente a las Casas Colgadas.
Gustavo Torner murió el 6 de septiembre de 2025 en la misma ciudad cuya historia había ayudado a cambiar. Todo había comenzado más de seis décadas antes con una casa sin uso, un museo pensado para Toledo y una conversación sobre arte chino en la terraza de un hotel.