El bien común y la empresa familiarAntonio-José Sastre Peláez

Inflación, rebajas y comercio responsable, la lección de la empresa castellanoleonesa Justo Muñoz

Desde la inflación y la ficción monetaria hasta la economía real del día a día,
este artículo recorre la historia, el comercio local y la experiencia
de una familia empresaria que entendió el valor de los precios justos,
el ahorro y el compromiso social con su entorno

Se sabe que la inflación es el «impuesto de los pobres», puesto que afecta desproporcionadamente a las rentas bajas al reducir su poder adquisitivo. La subida generalizada de los precios de los productos básicos y el consiguiente IVA merman el presupuesto de los hogares con menos recursos. Se supone que la emisión de papel moneda por los bancos centrales debería estar respaldada en la riqueza real del país emisor. Ese mayor circulante provoca inflación, al menos según las teorías clásicas de la economía. Pero todo es una gran ficción.

Dicen los expertos que estamos ante la mayor liquidez mundial de la historia: nunca antes había existido tanta liquidez. Sin embargo, las familias tienen cada vez mayores dificultades para llegar a fin de mes. Cuando los políticos hablan de la gratuidad de los servicios públicos, no dicen toda la verdad, dado que nada es gratis: todo debe financiarse y todo tiene un coste. Nos estamos acostumbrando a no apreciar el valor de las cosas. El gasto es real y las necesidades parecen ilimitadas. Nadie está dispuesto a «bajar el nivel de vida» y el concepto de «sacrificio» prácticamente ha desaparecido de nuestro campo semántico. Sin embargo, los ajustes son necesarios para corregir nuestras deudas: o incrementamos los ingresos o disminuimos los gastos. Los que optan por ahorrar (el excedente entre ingresos y gastos) ven cómo la inflación les «zampa» esos márgenes. Pero el ahorro es vital para la inversión, para que el sistema productivo sea competitivo, para mantener los bienes, para generar nueva riqueza y para afrontar los gastos extraordinarios e imprevistos.

Encontré un episodio de la historia de España – recogido por Jordi Núñez Zaragoza en referencia al libro de Elvira Roca Barea, Fracasología– relativo al reinado del último miembro de la dinastía de los Austrias, Carlos II, mal llamado «el Hechizado» (un reinado largo y fructífero para la Monarquía Hispánica entre 1665 y 1700, es decir, treinta y cinco años), quien, a través de sus ministros, consiguió una contención de precios espectacular. El fragmento es como sigue: “Comenzaron el programa de reformas (sí, reformas austracistas, no borbónicas) encaminadas a dominar la inflación y el déficit Fernando de Valenzuela y Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV. Continuó luego Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, que implementó un paquete tan eficaz de medidas que en cinco años logró la mayor contención de precios de la historia.

Todos estos hombres hacen economía, no teorizan sobre ella cultivando ramas más o menos artísticas de la ciencia ficción económica. Están navegando sin brújula y aciertan bastante. Deberíamos estudiarlos como a grandes economistas. Pinchar la burbuja inflacionaria trajo un inevitable aumento del déficit en la Hacienda real, situación de la que se hizo cargo el extraordinario conde de Oropesa, don Manuel J. Álvarez de Toledo. Él, junto a otros eficaces economistas (no teóricos) de la Superintendencia General de la Real Hacienda, recién creada (reforma austracista), consiguió darles un vuelco a las cuentas del reino. Cuando Felipe V llegó a Madrid, se encontró con un superávit en la Hacienda real, y esto, al venir como venía del endeudamiento perpetuo de la corte francesa de Luis XIV, lo dejó pasmado...”. Sin olvidar a nuestro gran cronista local, el padre Teófanes Egido, O.C.D., q. e. p. d., profundo conocedor de esa época de nuestra historia española.

Uno se pregunta: ¿dónde están hoy esos hombres públicos dedicados al bien común? A pequeña escala, nos encontramos en el comercio local con la «ilusión de las rebajas», que pretende compensar los excesos de las pasadas fiestas. La tremenda «cuesta de enero», unida al carpe diem del consumismo desaforado y desenfreno materialista. Paseando por las calles comerciales de Valladolid, uno encuentra comercios de toda la vida engalanados con los carteles de «REBAJAS» y, como me dijo un buen amigo, no es la aglomeración de personas en esas zonas la que determina el éxito de las campañas comerciales de supuestas «bajadas de precios», sino el volumen real de las compras, perceptible en las bolsas que ostentan los viandantes.

Me fijo entonces en una familia de toda la vida: «Los Muñoz». Todos identificamos a Justo Muñoz con la compraventa de juguetes: se trata de una marca de calidad, prestigio y solera en Valladolid. Sin embargo, el origen de esta familia empresaria no está ni en Valladolid ni en el sector de la juguetería. Oriundos de Candelario –una preciosa localidad de la Sierra de Béjar (Salamanca), comarca famosa no sólo por su industria textil centenaria, sino también por sus productos cárnicos y su entorno montañoso–, su génesis comercial estuvo en los productos charcuteros. Pantaleón Muñoz, el abuelo paterno de uno de los últimos responsables del grupo familiar, Pedro Muñoz Bayo, vino a Valladolid a mediados del siglo XIX como mozo salchichero a trabajar en una tienda ubicada en la plaza de la Fuente Dorada. Cuando el dueño se jubiló, continuó como propietario de la charcutería, que pasó a denominarse Pantaleón Muñoz.

¿Quién de mi generación, en los años sesenta del pasado siglo, no recuerda los bocadillos de jamón serrano de Pantaleón Muñoz y el huevo hilado por Navidad? ¡Todo un lujo gastronómico para la época! El hijo de Pantaleón, Justo Muñoz, con ayuda de su suegro, Pedro Bayo, y con veinte mil de las extintas pesetas –todo un capital en aquellos años– montó en 1918 un bazar en la misma plaza de la Fuente Dorada. Su vena empresarial le venía de antes, ya que había montado años atrás, con otros socios, una fábrica de caballitos de cartón (quizá en esos antecedentes estuviera el interés por los juguetes). La fábrica dio de sí lo que tuvo que dar y, al cerrar, fue cuando Justo Muñoz centró definitivamente su actividad en el comercio, concretamente en el citado bazar.

Pedro Muñoz Madrigal, titular de la empresa Hijos de Justo Muñoz S.A., es el prototipo de comerciante que ama su actividad. Vive el comercio como parte de su ser. Él mismo ha identificado, en su caso, la existencia de unos «genes de comerciante», aunque hoy se apoya cada vez más en sus dos hijos, Marina y Pedro. Conserva un fino olfato comercial, que le permite entrar en cualquier establecimiento y, con un solo vistazo, saber si ese comercio funciona o no. Inquieto y templado al mismo tiempo, su dilatada experiencia empresarial –lleva en el negocio desde los dieciséis años– le ha llevado a convertir su empresa en un sello identificativo de todo un sector. Socialmente implicado en la ciudad y en su tejido social, fue fundador de Avadeco y patrocina actividades de deporte base en numerosos colegios, así como diversas iniciativas sociales y ciudadanas. Creó las primeras centrales de compras que se formaron en España. Viajó por todo el territorio nacional y al extranjero para adquirir los productos que comercializa. Con precios ajustados, contribuye a la ansiada contención de precios, aunque sea solo en época de rebajas.

  • Antonio-José Sastre Peláez es abogado, mediador familiar y empresario.
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