Mojón trifinio entre El Espinar, Peguerinos y la Dehesa de la Cepeda

Mojón trifinio entre El Espinar, Peguerinos y la Dehesa de la CepedaArturo Francisco Barbero / Wikimedia Commons

Así es la Dehesa de la Cepeda, el rincón de la Comunidad de Madrid incrustado en la provincia de Segovia

Este curioso lugar no alberga un núcleo urbano, pero tiene un valor natural muy apreciado

En el mapa político de España hay fronteras que rompen la lógica territorial y obligan a mirar dos veces. Una de las más llamativas se encuentra en el extremo noroeste de la Comunidad de Madrid: La Dehesa de la Cepeda, un pequeño enclave madrileño situado por completo dentro de la provincia de Segovia, en pleno territorio de Castilla y León. Un lugar donde la geografía, la historia y la administración han tejido un rompecabezas único.

La Dehesa de la Cepeda ocupa unas 1.600 hectáreas de paisaje entre prados, arroyos y robledales, muy cerca de los municipios segovianos de El Espinar y Los Ángeles de San Rafael. A simple vista, cualquiera pensaría que forma parte de Castilla y León, pero jurídicamente pertenece al municipio madrileño de Santa María de la Alameda. Esta peculiaridad no es fruto del azar, sino de una larga historia de posesiones señoriales, deslindes medievales y acuerdos históricos que han sobrevivido al paso de los siglos.

El origen de su historia

El origen del enclave se remonta a la Edad Media, cuando los territorios eran gestionados por señoríos y monasterios que no siempre coincidían con las divisiones políticas posteriores. La Dehesa de la Cepeda perteneció durante siglos al Real Monasterio de El Escorial, y cuando se configuraron las provincias modernas en el siglo XIX, el territorio quedó adscrito a Madrid pese a estar rodeado por Segovia. Desde entonces, la situación se ha mantenido sin grandes conflictos, aunque no ha dejado de despertar curiosidad entre geógrafos, historiadores y visitantes.

Puente de la Dehesa de la Cepeda, edificado por El Espinar en el siglo XIII

Puente de la Dehesa de la Cepeda, edificado por El Espinar en el siglo XIIIArturo Francisco Barbero / Wikimedia Commons

De hecho, hasta el año 1833, la Dehesa pertenecía a Segovia, pero a partir de ahí, a tenor de la división territorial elaborada por Javier de Burgos, pasó a formar parte de Madrid. Sin embargo, no está documentado cómo el terreno madrileño acabó por separarse de la región y se quedó aislado.

Lo cierto es que La Dehesa de la Cepeda formó parte de los territorios madrileños hasta la desamortización de Mendizábal, y cuando el ministro Pascual Madoz expropió muchos bienes comunales.

Este hecho permitió que las tierras salieran a subasta y fueran adquiridas por la familia Sáinz de Baranda, que fue familia del primer alcalde de Madrid. Luego acabaron en manos de pequeños ganaderos. Cambios de propiedad pero siempre dentro del mismo espacio administrativo, pues se trata de un territorio incluido en otro geográficamente, entre las provincias de Segovia y Ávila. Una zona de difícil acceso dedicada a la ganadería, desde hace siglos, que el municipio segoviano de El Espinar reclama, infructuosamente, desde hace tiempo.

Situación de la Dehesa de la Cepeda en la Comunidad de Madrid, incluida físicamente entre la provincia de Segovia y la de Ávila

Situación de la Dehesa de la Cepeda, incluida físicamente entre la provincia de Segovia y la de Ávila

Un valor natural muy apreciado

Más allá de su singularidad administrativa, La Dehesa de la Cepeda destaca por su valor natural. Se trata de un espacio de transición entre la Sierra de Guadarrama y la meseta segoviana, donde conviven pastizales de altura, fresnedas, robles melojos y arroyos que descienden desde las laderas serranas. El entorno es especialmente apreciado por senderistas y ciclistas que buscan rutas tranquilas, alejadas de las zonas más concurridas del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

La fauna es otro de sus atractivos. En la dehesa es habitual encontrar corzos, jabalíes, zorros y aves rapaces como el milano real o el águila calzada. La tranquilidad del enclave, unido a su baja densidad de población, favorece la presencia de especies que requieren espacios amplios y poco alterados.

A diferencia de otros enclaves españoles, La Dehesa de la Cepeda no alberga un núcleo urbano. No hay un pueblo como tal, ni calles, ni viviendas permanentes. Lo que sí existen son antiguas construcciones ganaderas, restos de chozos y muros de piedra que recuerdan el uso tradicional del territorio. Durante siglos, la dehesa fue un espacio de pasto y aprovechamiento forestal, vinculado a la economía rural de la sierra madrileña.

Pese a no tener habitantes, el enclave mantiene una identidad propia. Los vecinos de Santa María de la Alameda lo consideran parte de su patrimonio natural y cultural, y muchos madrileños lo visitan sin saber que, técnicamente, están pisando Madrid aunque todo a su alrededor sea Castilla y León.

En los últimos años, La Dehesa de la Cepeda ha ganado notoriedad gracias al auge del turismo rural y al interés por los «lugares frontera». Numerosos senderos atraviesan el enclave, algunos procedentes de El Espinar y otros desde la vertiente madrileña. Caminar por ellos permite experimentar una sensación peculiar: cruzar una frontera administrativa que no se ve, que no está señalizada, pero que existe.

Entre las rutas más populares destacan los caminos que conectan la dehesa con el Puerto de los Leones, el entorno del río Moros o los pinares de El Espinar. También es un punto de paso para ciclistas que recorren la Cañada Real Leonesa, una de las grandes vías pecuarias históricas de España.

A pesar de su complejidad territorial, La Dehesa de la Cepeda es un ejemplo de convivencia entre administraciones. Madrid gestiona el territorio, pero la vida cotidiana del enclave –accesos, emergencias, servicios–depende en gran medida de los municipios segovianos que lo rodean. Esta colaboración ha permitido que el enclave funcione sin conflictos y que su singularidad se convierta en un valor añadido.

La Dehesa de la Cepeda es, en definitiva, un lugar donde Madrid se adentra en Castilla y León sin ruido, sin fronteras visibles, sin más pretensión que la de conservar un paisaje que ha permanecido casi intacto durante siglos.

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