Dani Cornellà, diputado de la CUP

Dani Cornellà, diputado de la CUP

CUP cambia de discurso y asume el discurso de Aliança Catalana en el tema de la inmigración

Cuando los extremos se tocan: del anticapitalismo al control migratorio

En los últimos tiempos se ha puesto de moda la frase «la Cataluña de los 10 millones». Esta expresión la acuñó Jordi Aragonés Martínez, primo hermano del expresidente de la Generalitat Pere Aragonés, que es el ideólogo del partido Aliança Catalana. La frase está vinculada al hecho de que la actual Cataluña, con 8 millones de habitantes, en un tiempo no muy lejano sumará 10 millones de habitantes. Se quejan de que la actual Cataluña es una comunidad —ellos dicen país— con salarios bajos, turismo masificado, pisos inasequibles y retroceso lingüístico. Todo lo primero, menos lo último, ocurre en toda España; Cataluña no es una excepción. Lo último es la fobia que tiene el nacionalismo, sin darse cuenta de que ellos son los principales culpables de este retroceso.

Teniendo en cuenta los pronósticos de futuro, se han puesto nerviosos. La estadística demuestra que los catalanes no tienen hijos, con 1,08 por mujer. Esto supone que, de ser ciertos los estudios demográficos, este aumento de habitantes se deberá a «colonos» o «extranjeros», según la terminología que ellos emplean. El partido Aliança Catalana defiende que Cataluña no debe crecer. Que se debe mantener como está o con menos gente, si se tiene en cuenta que quieren echar a todas aquellas personas sin papeles que viven aquí. También echarían a diferentes tipologías de personas que no hablan catalán. Dicho de otra manera, en vez de buscar un crecimiento económico, productivo, industrial y turístico, pretenden que Cataluña vuelva a las cavernas.

A este pensamiento se acaba de sumar el partido anticapitalista y anti-todo de las CUP, a través de sus militantes de las comarcas de Girona Guillem Surroca y Jordi Cases. Acusan a las élites capitalistas y empresariales de continuar atrayendo, de forma intensiva, mano de obra barata de fuera. Es decir, estas élites persisten en el modelo productivo actual, que genera una mezcla de razas donde se hablan muchos idiomas —entre ellos el catalán— y que empobrece la economía catalana. Estos dos miembros de las CUP denuncian que «alguien ha decidido que hemos de ser el balneario de Europa». Esta posición los acerca a la filosofía de Aliança Catalana. Y lo hacen, simplemente, porque las encuestas no les son demasiado favorables, pues corren el riesgo de desaparecer. El ser antisistema ha pasado de moda y las teorías y luchas internas de esta formación les están pasando factura.

Estas declaraciones de estos dos miembros de las CUP significan un cambio radical en el discurso que, desde hace años, han proclamado. Defendían un modelo abierto a la inmigración. Entre las medidas que defendían estaba el padrón universal o la renta básica universal. Estas medidas buscaban aumentar la población. Es más, durante años se han dedicado a criticar a todos aquellos que no apoyaban este sistema de inmigración. Y no hay que ir muy lejos para recordar que han criticado a Vox y Aliança Catalana por su discurso contrario a los postulados que ellos defendían en el Parlamento de Cataluña. Tanto a Vox como a Aliança Catalana los han tildado de «xenófobos» y «fascistas».

Estos miembros de las CUP han colgado en redes sociales un mensaje muy ilustrativo: «Nos prometieron hacernos ricos. Nos prometieron ser famosos. Nos prometieron ser el motor de Europa. En lugar de esto, el turismo nos está matando de éxito. Revertir nuestra decadencia nacional requiere un giro radical». Aparte de la frustración con respecto al procés, que no solo los engañó a ellos, sino a miles de catalanes que se creyeron las palabras de los mesías Artur Mas, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, su mensaje se centra en el turismo. Hasta la fecha este partido ha denunciado más de 300 apartamentos turísticos ilegales.

¿Qué proponen? Un salario mínimo catalán. Además, teniendo en cuenta que el catalán está a punto de desaparecer, que todos los trabajadores que estén de cara al público tengan que acreditar, como mínimo, el título B1 de catalán. Consideran que la Cataluña actual está tensionada. Que no funcionan muchos servicios públicos básicos.

Admiten que las infraestructuras dan risa. Admiten que Cataluña no tiene los servicios correctos para 8 millones de personas y menos para 10 millones. Y se preguntan cuál es el objetivo de este crecimiento de habitantes: ¿crecer en PIB, en pernoctaciones hoteleras, en inmigración, en servicios? Por eso han rechazado macroproyectos como la ampliación del aeropuerto del Prat, el Hard Rock o la Ryder Cup. Rematan su discurso diciendo que no quieren que Cataluña sea un país de cerdos y de turistas.

Por su parte, el diputado de las CUP Dani Cornellà, en un mensaje en redes, afirma que «más allá de todo, ¡no queremos su Cataluña de los 10 millones ni de los 9 ni de los 8! Su proyecto está situado en un marco español, españolista y con un modelo económico de empobrecimiento, desigualdades y precariedad».

Una de las personas que con más entusiasmo defiende al partido de Silvia Orriols en redes sociales, Anthony Sánchez, le contestó a Cornellà que «aún te harás de Aliança Catalana, Dani». Todo un personaje, y más si uno se pasea por su web.

Dicen que los polos opuestos se atraen. Quizás sea cierto, pero esta vez la atracción está vinculada a la desaparición de un partido y al auge de otro. Aliança Catalana les puede robar votos: aquellos que ya no se sienten atraídos por las ideas anticapitalistas, los que están hartos de luchas internas, los que consideran que es necesario un cambio.

Todos estos factores hacen que las CUP se acerquen a Aliança Catalana, porque es un partido al alza. Esperan que este mensaje cale en la sociedad y consigan un resultado aceptable en unas próximas elecciones. El problema es si sus bases piensan lo mismo que los dirigentes.

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