Una mujer fotografía el 'Guernica', de Pablo Picasso, en el Museo Reina Sofía
Cataluña
El laberinto político del Guernica: Cataluña reclamó tres veces trasladar el cuadro a Barcelona
Tres veces fue rechazada la propuesta, por motivos técnicos y políticos
Recientemente, el PNV ha desatado la polémica al pedir que se traslade el Guernica de Pablo Picasso al País Vasco. El ministro de cultura, Ernest Urtasun, negó esta semana esta posibilidad. La realidad es que el cuadro es del Estado español, pues así lo manifestó Picasso y no de una comunidad autónoma en concreto.
Mal que les pese a algunos, el Guernica es una obra de arte y no política a pesar de lo que representa. A pesar de ello nos podemos preguntar si alguna comunidad lo ha pedido anteriormente. La respuesta es afirmativa y hemos de hablar de Cataluña.
La relación entre Cataluña y el Guernika no es un capricho museístico. En tres ocasiones, con sus respectivos ecos de entusiasmo y frustración, Barcelona ha reclamado la custodia temporal del lienzo que explica una parte de la historia del siglo XX, la Guerra Civil.
Las peticiones tuvieron como base la relación de Picasso con Barcelona y el hecho que este imaginó que su obra descansaría cerca del Mediterráneo, allí donde se formó como artista y donde dejó el grueso de su legado personal.
Primer intento
La primera tentativa tuvo lugar en los albores de la Transición, en un clima de efervescencia democrática y recuperación de símbolos. En 1979, con el cuadro todavía custodiado por el MoMA de Nueva York, el Ayuntamiento de Barcelona, liderado por Narcís Serra, lanzó una petición diplomática y sentimental.
Lo hizo bajo el siguiente argumento: Picasso había manifestado en vida su deseo de que el Guernica regresara a España cuando se restablecieran las libertades públicas, y Barcelona ya albergaba el Museo Picasso, creado gracias a la voluntad del propio artista y a la donación de su secretario, Jaume Sabartés.
Entrada del Museo Picasso de Barcelona
En aquel entonces el consistorio barcelonés veían en el cuadro la pieza que culminaría el relato de un museo que ya era el más visitado de la ciudad. Sin embargo, el Estado central, que necesitaba apuntalar la capitalidad de Madrid en un momento de fragilidad institucional, cerró filas.
El cuadro era una cuestión de Estado y su destino, por decreto y por logística de seguridad, debía ser el Casón del Buen Retiro, como antesala de lo que luego sería el Museo Reina Sofía. El argumento técnico del peligro del traslado empezó a usarse entonces como un muro infranqueable.
La segunda y la tercera vez
El segundo intento, quizás el más cargado de simbolismo político, llegó en los años 90, coincidiendo con la consolidación del modelo cultural de la Barcelona olímpica. El debate ya no era solo sobre la propiedad, sino la descentralización de la cultura.
Políticos de diversas sensibilidades en el Parlament de Cataluña volvieron a poner sobre la mesa que, si el cuadro era un símbolo de la resistencia antifascista y de la identidad de un pueblo masacrado, su lugar natural podía ser una ciudad que también sufrió los bombardeos sistemáticos de la aviación fascista italiana durante la guerra civil.
Se apeló al testamento emocional del pintor y a la capacidad técnica del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) para albergar la obra. En esta ocasión, la respuesta de Madrid fue más técnica. El estado de conservación de la tela, tras décadas de viajes, enrollados y desenrollados por medio mundo, desaconsejaba cualquier movimiento.
Los informes de los restauradores del Reina Sofía fueron negativos. El Guernica era demasiado frágil para viajar. Curiosamente esa fragilidad solo parecía manifestarse cuando el destino era Barcelona o Bilbao, la otra gran pretendiente que reclamaba la obra para el Museo Guggenheim.
La tercera vez que Barcelona pidió al Reina Sofía el Guernica fue recientemente, entre 2021 y 2022, coincidiendo con el 85º aniversario del bombardeo y la finalización de estudios técnicos sobre su restauración. La Generalitat de Cataluña y el Ayuntamiento de Barcelona volvieron a plantear el traslado o, al menos, un préstamo temporal.
Se argumentó que el Museo Picasso de Barcelona era la institución que mejor custodiaba el legado del artista y que la obra serviría para descentralizar la oferta cultural nacional. Se habló de la necesidad de oxigenar los símbolos nacionales y de permitir que la periferia también pudiera gestionar los grandes hitos del patrimonio común.
El Patronato del Museo Reina Sofía, con el apoyo de los sucesivos ministerios de Cultura, contestaron como las otras veces. Moverlo no era solo era riesgo físico para la pintura, sino un riesgo político que el Estado no estaba dispuesto a asumir por el temor a que una cesión temporal se convierta, por presión popular y política, en una estancia permanente.
(El cuadro del Guernica expuesto en el Reina Sofía
Para Barcelona el cuadro representa el cierre de un círculo vital de Picasso, el joven que pintó a las señoritas de la calle Avinyó y que terminó retratando el apocalipsis de la guerra. Para el Estado el Guernica es el gran talismán de la reconciliación y la democracia española, un objeto de culto que debe permanecer en el centro geográfico y político del país para subrayar la unidad del relato histórico. Esta contestación está enmascarada con una serie de conclusiones técnicas para poder negar su traslado fuera de Madrid.
Técnicamente el cuadro se encuentra en un estado estable pero grave. Su fragilidad no es superficial, sino que afecta a la propia estructura del lienzo debido a su historia. Entre 1937 y 1981, la obra fue enrollada y desenrollada más de 80 veces para sus traslados por Europa y América. Esto causó una fatiga de materiales crónica.
El informe alerta de que el lienzo presenta numerosas grietas y microfisuras que podrían convertirse en desgarros definitivos ante la mínima vibración o cambio de tensión. El análisis técnico destaca que el riesgo más alto ocurre en los últimos 10 metros del transporte, durante las maniobras de instalación y desinstalación, donde el margen de error humano o mecánico es mayor.
Con lo cual, antes y ahora, el Ministerio de Cultura ha ratificado, por activa y por pasiva, que su obligación primordial es la protección del patrimonio por encima de cualquier reivindicación política. Por ello, se considera que el Guernica es una obra inamovible, y su estancia en el Reina Sofía no es una elección institucional, sino una necesidad física de supervivencia de la obra.