El expresidente catalán Jordi Pujol, acompañado de su hijo Oriol, en una imagen de archivo
El laberinto catalán
La nostalgia se apodera de Junts: los de Puigdemont quieren volver a ser CiU
La exoneración de Jordi Pujol ha sido la única buena noticia que han recibido los neoconvergentes en mucho tiempo
Jordi Pujol volvió al primer plano esta semana, al tener que viajar a Madrid para que un médico forense determinara si su estado cognitivo le permitía declarar en el juicio sobre su fortuna oculta en Andorra. Un examen que se saldó con la exoneración del presidente catalán, que ha quedado libre del juicio.
Los dirigentes de Junts –los mismos que cuando se supo que los Pujol se habían dedicado a la evasión de divisas le dieron la espalda, le quitaron el despacho oficial de expresidente y le arrancaron los galones– ahora hacen cola, pacientemente, a la puerta de su casa para mostrarle su solidaridad y repetir machaconamente que el desplazamiento a Madrid es una venganza del malvado Estado español a Pujol por ser separatista.
Pujol ya no es tóxico. Tras años de rehabilitación social y política emprendida por los que siempre mandan en Cataluña, sin necesidad de juicio alguno ni de esperar sentencia. Hoy, a sus 95 años, el expresidente vuelve a ser el referente moral y ético de aquellos que carecen de una cosa y de la otra.
La recepción que le brindó Salvador Illa en el que fuera su despacho durante un cuarto de siglo y su participación en las elecciones de FC Barcelona para apoyar, como no, a Joan Laporta, han devuelto a Pujol a la primera línea. La decisión de excluirle del juicio tomada por el tribunal de la Audiencia Nacional ha sido interpretada y vendida por el independentismo y sus altavoces como una especie de exculpación: «si no hay juicio, no hay culpa».
La única buena noticia
Junts es un partido en crisis. El regreso de Carles Puigdemont —cada vez más cuestionado— va siendo aplazado una y otra vez por la dilación del TJUE, y Aliança Catalana amenaza su cuota electoral. En este contexto, la rehabilitación de Pujol y su no participación en el juicio, que sí juzgará a sus hijos, es la única buena noticia que Junts recibe en mucho tiempo.
La reaparición de Pujol permite a Junts entregarse a la nostalgia de lo que un día fueron y jamás volverán a ser, aunque lo desearían. Ya que Pujol ha vuelto a la primera plana, es el momento de que Junts abandone sus tonteos con la CUP y ERC y vuelva a ser la formación de los botiguers («comerciantes»).
La portavoz de Junts en el Congreso, Miriam Nogueras; el expresidente de la Generalitat y líder de Junts, Carles Puigdemont
El rechazo de los diputados de Junts al decreto regulador del alquiler ha sido otro guiño de los exconvergentes a lo que fueron. Un intento de volver a ser un partido «de orden». Los de Míriam Nogueras abrazados a Pujol y votando en el Congreso como si su grupo estuviera presidido por Miquel Roca y no por Nogueras. Solo falta cambiarle el nombre al grupo parlamentario para que vuelvan a llamarse «minoría catalana».
El último gran éxito electoral de Junts fue presentarse en Barcelona como antídoto anti-Colau. No gobernaron, pero vencieron, y ahora quieren intentar volver a ese punto. Tras infinidad de cambios de nombre y giros ideológicos, Junts está ahora convencida de que el independentismo de izquierda lo cubren ERC y los Comunes, de que la izquierda nacionalista con vocación pragmática la cubre el PSC y de que a ellos solo les queda volver a ser lo que eran.
El problema es que su discurso clásico lo cubre, en gran medida, Sílvia Orriols, que semana tras semana se enfrenta en la sesión de control en el parlamento regional a Illa e ignora a Junts.
Este fin de semana Junts ha celebrado una convención municipal. Sant Cugat, Vic y Figueras son sus últimos bastiones locales de consideración. Su presunto giro pragmático busca evitar el batacazo municipal, que en Barcelona capital será muy sonoro, y presentarse como una fuerza confiable ante la incertidumbre de Aliança.
El problema es que no se lo creen ni ellos ni la opinión pública. Su tiempo ya pasó.