Sello de la Renaixença dedicado a Wifredo el Velloso

Sello de la Renaixença dedicado a Wifredo el VellosoPicasa / Wikimedia Commons

El obispo que resucitó Ripoll y a los fundadores de la Casa de Barcelona

Tras su destrucción en la desamortización el histórico monasterio de Ripoll fue reconstruido por el obispo Morgades como símbolo cultural

En el contexto de la desamortización de Mendizábal, el monasterio de Santa María de Ripoll sufrió un devastador incendio y un saqueo que redujeron a ruinas lo que durante siglos había sido un faro espiritual y cultural. Recordemos que este monasterio fue fundado por Wilfredo el Velloso, siendo el Abad Oliba quien lo alzara como faro cultural, románico y cuna de Cataluña.

Durante décadas el monasterio quedó abandonado. Parecía que su destino era el olvido. Era una reliquia inservible de un pasado destinada al olvido y a su desaparición. La historia de Ripoll no estaba destinada a desaparecer, sino a convertirse en uno de los proyectos de reconstrucción más cargados de simbolismo, política y misticismo de la España de la Restauración. El artífice de su reconstrucción fue Josep Morgades i Gili, obispo de Vic.

Con una tenacidad inquebrantable logró que el Estado español cediera la propiedad de las ruinas a la diócesis de Vic. El obispo se transformó en el gran dinamizador y recaudador del proyecto, aportando no solo fondos de la propia Iglesia, sino movilizando a la burguesía, a los intelectuales y al pueblo llano en una cruzada colectiva para devolverle la vida al templo. La reconstrucción se la confió al arquitecto Elías Rogent Amat. La idea no era inventar un templo nuevo, sino buscar el esplendor románico basándose en la estructura original del siglo XI.

Para Morgades la consagración de la basílica debía ir acompañada de un acto de profunda justicia histórica. Esto es, el retorno de los personajes que allí habían sido sepultados y exhumados en 1835. El 1 de julio de 1893 una atmósfera de reverencia y solemnidad se apoderó de Ripoll. Luis Gonzaga Soler Plá, actuando como delegado del Ministro de Gracia y Justicia y como Notario Mayor del Reino, se personó en la Iglesia de San Eudaldo a las seis de la tarde. Convocado por el obispo Morgades su tarea era levantar acta notarial de la solemne traslación y colocación de los restos de los fundadores y protectores de la dinastía catalana.

El notario dio fe de la existencia de siete urnas. La primera de ellas, hecha de madera de nogal, contenía los restos de Ramón Berenguer III, apodado «el Grande». Ostentaba los sellos del Real Archivo de la Corona de Aragón, tras haber sido entregada al obispo mediante un Real Decreto en marzo de ese mismo año. Cuando examinaron el esqueleto se dejó constancia de un detalle. Al cuerpo le faltaban el antebrazo y la mano izquierda, un lance de un guerrero de frontera.

Las otras urnas de madera de tíndalo, numeradas del uno al seis y selladas por el prelado, custodiaban a Wilfredo el Velloso, considerado el primer conde independiente de Barcelona; Radulfo de Barcelona, hijo de Wilfredo y obispo de Urgel; Bernardo I De Besalú «Tallaferro», conde de Besalú; Guillermo I de Besalú «el Gras» y su primogénito Bernardo II de Besaú, ambos condes de Besalú y Ripoll; y los religiosos Beltrán dez Bach, prior de Montserrat, y Raimundo dez Bach, abad del monasterio. Frente a estas cajas de madera, el obispo Morgades declaró solemnemente la autenticidad de los restos, apoyándose tanto en los documentos notariales precedentes como en la arraigada tradición popular que los había protegido del olvido.

Tras un responso se inició una procesión cívico-religiosa que paralizó Ripoll. Las urnas fueron alzadas por miembros de las instituciones más representativas del momento, incluyendo a la Lliga de Catalunya, la Unió Catalanista y el Real Cuerpo de la Nobleza Catalana, flanqueados por sacerdotes, notarios y escoltados por el tradicional cuerpo de Somatenes. El cortejo fúnebre avanzó por las calles mostrando una abrumadora representación del tejido social, político y cultural.

En el ámbito eclesiástico, marchaban los obispos de Vic, Urgel, Segorbe, Menorca, Barcelona y Lérida, acompañados por el abad de Montserrat. La esfera política y nobiliaria estuvo representada por diputados a Cortes, senadores y nobles de la talla de los marqueses de Camps y de Monistrol, junto a delegaciones de las diputaciones de Barcelona, Tarragona y Valencia. El mundo académico representado por la Real Academia de Buenas Letras, de Bellas Artes, colegios profesionales y el Centre Excursionista de Catalunya.

Al llegar al monasterio las urnas fueron entregadas al cura regente, Miguel Oñós Pasqués, para proceder a su distribución definitiva con un estricto rigor que reflejara la jerarquía e importancia de cada personaje. Los restos de Wilfredo el Velloso fueron depositados en un sarcófago provisional en el crucero, en el lado del Evangelio, mientras que Ramón Berenguer III encontró su descanso en un sepulcro restaurado de mármol y piedra en el lado de la Epístola.

Los otro restos fueron colocados en ménsulas dispuestas en las columnas de la nave central, elevándolos físicamente sobre las cabezas de los futuros fieles. Bernardo Tallaferro en la primera columna del lado del Evangelio; el obispo Radulfo en la primera columna de la Epístola; Guillermo y su hijo Bernardo en la segunda columna del Evangelio; y los religiosos Raimundo y Beltrán de Bach en la segunda columna del lado de la Epístola. Cada uno ocupaba su lugar en el nuevo orden de piedra diseñado por Rogent.

Apenas nueve días después, el 10 de julio de 1893, la nueva basílica fue solemnemente consagrada. El evento se convirtió en un hito cultural y político de magnitud histórica, bajo la vibrante consigna de haber recuperado la cuna de Cataluña. Ripoll resurgía de sus cenizas no sólo como un templo de culto, sino como un monumento a la memoria y a la voluntad humana de reconstrucción.

El descanso de Wilfredo el Velloso se transformó en 1982 con la instalación de una tumba moderna de mármol de líneas sobrias, elegantes y respetuosas con el entorno románico. Ubicado al lado del cenotafio del conde Ramón Berenguer IV este sepulcro, que cuenta con una inscripción en latín que ensalza su figura como fundador de la dinastía condal de Barcelona y del propio monasterio, fue inaugurado formalmente con carácter institucional en 1992 por el entonces presidente de la Generalitat, Jordi Pujol.

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