Maria de Castilla

Maria de CastillaEl Periódico de Aragój

El rebelde pacto de la reina de Aragón con las cirujanas perseguidas por los gremios masculinos

A pesar de la exclusión gremial medieval, María de Castilla protegió y respaldó activamente el trabajo e independencia económica de las mujeres

A pesar de la exclusión gremial medieval, María de Castilla protegió y respaldó activamente el trabajo e independencia económica de las mujeres.

En ciertas ocasiones se ha acusado a los historiadores medievalistas de pecar de optimistas al evaluar la inserción de las mujeres en el mercado de su tiempo. Trazar una frontera a lo largo de un milenio de historia es una tarea complicada. No existe una única mujer medieval. Entre una campesina ribagorzana del año mil y una patricia barcelonesa del siglo XV media un abismo social, geográfico y cultural que invalida cualquier intento de generalización. Lo que sí resulta indiscutible es que el ocaso de la Edad Media trajo consigo una profunda transformación en el tejido laboral urbano.

La reglamentación de los oficios y la consolidación del sistema gremial se convirtieron en un mecanismo de exclusión. A medida que las corporaciones diseñaban un escalafón rígido y controlado por prohombres, las mujeres fueron gradualmente marginadas y expulsadas de las labores reguladas y a acceder a las universidades. En este escenario de finales del medievo emergió con fuerza la figura de María de Castilla, reina de Aragón y gobernadora de sus reinos durante las prolongadas ausencias de su esposo Alfonso V el Magnánimo.

María de Castilla, nacida en Segovia en 1401, fue una soberana de una laboriosidad incansable que rigió la Corona de Aragón con firmeza política y una asombrosa sensibilidad humana. Marcada por una salud quebradiza, padecía epilepsia y un brote de viruela la dejó con cicatrices permanentes; lejos de limitarla, aguzó su comprensión del sufrimiento ajeno y la impulsó a valorar de manera explícita el trabajo de aquellas mujeres que desafiaban el monopolio masculino. Su correspondencia revela afectos y cuidados compartidos, como con el físico real Francisco de Burgos en momentos de zozobra, o la llegada de su primera menstruación en 1417, que describió con alivio y naturalidad en sus misivas familiares.

En su empeño por lograr la anhelada maternidad y sanar sus constantes achaques, recurrió tanto a la medicina académica como a los saberes prácticos de las mujeres de su tiempo. Aunque no siempre estas experiencias resultaron exitosas, nunca dejó de buscar y validar el auxilio femenino. Sus cartas demuestran la urgencia con la que mandó traer desde Castilla a la partera María Oto ante una necesidad extrema, reconociendo implícitamente en ella un saber obstétrico que los tratados de los grandes doctores universitarios no podían replicar.

En la Corona de Aragón, donde las pragmáticas reales a menudo chocaban con las ordenanzas locales, María de Castilla utilizó su prerrogativa soberana para otorgar licencias médicas que protegían a las sanadoras de la persecución gremial. Un caso extraordinario es el de Antonia de Santa Sofía, una cirujana especializada en la cura de la epilepsia, a quien la soberana recompensó con treinta florines de oro antes de otorgarle una salvaguarda en 1420.

Redactada en latín, esta licencia autorizaba a Antonia a ejercer libremente la medicina y la cirugía en todos los territorios de la Corona, tanto a un lado como al otro del mar, bajo amenaza de una multa de cien florines para cualquiera que osara entorpecer su labor. Al nombrar a Antonia de forma autónoma, sin filiación masculina alguna, la reina no solo blindaba su profesión frente al intrusismo oficial, sino que validaba su identidad social a través de su propio oficio.

Durante una estancia en Calatayud, extendió una licencia similar a Catalina López. La petición de esta curandera local reflejaba un drama cotidiano de la época. El acoso de médicos y cirujanos titulados que, movidos más por envidia que por razón o justicia, pretendían prohibirle la práctica de sus curas. La reina ordenó de forma expresa a las autoridades locales que defendieran a Catalina López de cualquier vejación o impedimento. Aunque la presión corporativa obligaría a la reina, en 1448, a reiterar los vetos generales contra quienes ejercieran sin título académico, estas licencias individuales demuestran la existencia de un espacio de resistencia y amparo regio para las mujeres hábiles en el arte de sanar.

Esta corriente de solidaridad y valoración del trabajo femenino se extendía también a las mujeres de su entorno cotidiano. En el palacio real de Valencia, su salud dependía de los cuidados de sus damas y doncellas. Un esfuerzo que reconoció con generosidad. En su testamento de 1457 legó parte de su tesoro más querido, su biblioteca en romance y sus reliquias, a Violant de Montpalau por sus continuos servicios. En el ocaso de su vida, cuando la enfermedad la obligaba a trasladarse en andas cubiertas, fue Toda Centelles quien la sostuvo físicamente. A ella le destinó la dote más cuantiosa de su corte, seis mil florines de oro, asegurando la independencia económica de quien había sido su báculo físico y emocional.

A diferencia de Cataluña, Valencia y Mallorca, donde la situación de la viuda dependía de los capítulos matrimoniales, en Aragón las mujeres debían defender con uñas y dientes el usufructo de los bienes familiares frente al acoso de la familia política. María de Castilla intervino de manera recurrente para garantizar la defensa jurídica de estas mujeres, comprendiendo que el sostenimiento de sus talleres artesanales o sus parcelas agrícolas era vital para su supervivencia.

La familia en aquella época operaba como una unidad productiva donde las esposas e hijas trabajaban codo con codo con los varones, asumiendo deudas y compromisos financieros que garantizaban la continuidad del negocio familiar, tal como lo demuestra el caso de las mujeres de Cubla, en Teruel, quienes en 1435 no dudaron en comprometer sus bienes personales para avalar los préstamos agrícolas tomados por sus maridos.

Estos pequeños fragmentos de la vida cotidiana, que quedaron plasmados en la documentación de la cancillería de María de Castilla, describen un paisaje humano de resistencia frente a la clausura del mercado laboral femenino. Lejos de las visiones idílicas o los relatos de absoluta opresión, la historia del Cuatrocientos nos revela a una sociedad en plena transición, donde las mujeres idearon estrategias constantes para mantener su economía. María de Castilla actuó como el último baluarte de justicia para las parteras, cirujanas, viudas y artesanas que hacían funcionar los reinos.

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