El periodista Josep Maria Planes, en una imagen de archivo
Historia
El brillante periodista catalán que desafió el terror anarquista en la II República y lo pagó con su vida
Josep Maria Planes y el catalanismo liberal intentaron frenar la violencia extremista en la Barcelona de 1936
Para comprender la convulsa dinámica política, social y mediática que sacudió a la Barcelona de los años 30 es necesario centrarse en la influencia que tuvo el catalanismo liberal de clase media, la prensa y el violento auge del anarcosindicalismo en el contexto de la II República y la guerra civil.
Una figura clave fue Ramón Peypoch Pich. Un ingeniero industrial con una reputación en los círculos financieros catalanes que ejerció como representante del partido Acció Catalana en las comisiones económicas de la Generalitat, singularmente en la sección de Productos Químicos encargada de coordinar la producción industrial durante la contienda.
Su trayectoria estuvo ligada al periódico La Publicitat, órgano del catalanismo intelectual, de notable altura literaria y doctrinal que se convirtió en un faro intelectual de la burguesía progresista y del catalanismo de centro izquierda, un colectivo que aspiraba a modernizar las estructuras del Estado sobre premisas democráticas, laicas y autonomistas.
El papel ejercido por La Publicitat continúa aún pendiente de una profunda revisión historiográfica. Durante los años de la posguerra la literatura de la dictadura presentó al rotativo barcelonés como una trinchera del sectarismo y un laboratorio del pensamiento antiestatal, atribuyéndole la responsabilidad de haber enrarecido la convivencia civil. Un análisis riguroso y desapasionado de su hemeroteca revela una realidad más matizada.
La Publicitat fue una tribuna donde confluyeron los mejores firmas del periodismo europeo de entreguerras, caracterizada por la elegancia de sus prosistas y la densidad de sus debates institucionales. Aunque su postura política fue incisiva frente al centralismo administrativo y las corrientes conservadoras de la época, el periódico sirvió como punto de reflexión de una élite que intentaba consolidar una alternativa reformista frente a la creciente hegemonía de las masas urbanas radicalizadas.
Una encrucijada
La relación de los dirigentes de Acció Catalana con el movimiento anarcosindicalista y con los sectores clandestinos e insurreccionales representados por la FAI constituye uno de los capítulos más dramáticos de la historia parlamentaria catalana. Figuras de incuestionable talla intelectual, juristas e historiadores como Lluís Nicolau d'Olwer, Jaume Regassol, Agustí Ciosa o Rafael Tasis, se vieron atrapados en una encrucijada política de difícil solución.
Aborrecían la violencia de acción directa y el dogma libertario y se vieron obligados a compartir responsabilidades de gobierno en las instituciones republicanas cuando el tejido estatal colapsó tras el fallido golpe militar de julio de 1936. Para la historiografía más beligerante de la época, esta colaboración fue calificada de complicidad culpable, cobardía o cinismo institucional. La permanencia en sus puestos no respondía a la adhesión al proceso revolucionario, sino al desesperado intento de actuar como un último dique de contención que impidiera el descontrol absoluto, la ruina industrial y la masacre indiscriminada en la retaguardia.
En sus inicios el partido y su órgano de prensa no dudaron en enfrentarse con contundencia tanto al extremismo de la FAI como el carisma populista del presidente Francesc Macià, criticando los excesos verbales de Esquerra Republicana de Catalunya desde una exigencia ética y doctrinal que, a menudo, fue tildada de pedantería por sus oponentes.
La dirección de La Publicitat prefería eludir las editoriales solemnes de firma institucional, recurriendo en su lugar a jóvenes colaboradores de pluma afilada y marcada ironía. Entre este grupo de periodistas sobresalió Josep Maria Planes Martí, cuyo final vital fue trágico.
Este encarnó a una brillante generación de periodistas barceloneses que combinaban la pasión política con el cultivo de un estilo ágil, cosmopolita y mordaz, cualidades que también volcó en la creación del semanario satírico El Bé Negre. Desde la sección de crónica política en La Publicitat, Planes asumió el altísimo riesgo personal de denunciar sistemáticamente los atropellos de la FAI, el pistolero urbano y las dinámicas clandestinas del extremismo en la capital catalana.
La burguesía ilustrada leía sus textos, celebrando la lucidez y el valor de un periodista que daba la batalla ideológica contra el terror sindical. Este ejercicio de independencia crítica, en un ambiente que cada vez estaba más polarizado, colocó a Planes en la línea de fuego. Lejos de responder a una mera pose literaria, a un ansia de notoriedad, sus crónicas reflejaban la genuina angustia de una juventud demócrata que contemplaba cómo la violencia armada amenazaba con sepultar la convivencia de la República.
Guerra civil
La guerra civil precipitó la tragedia de forma irreversible. Tras las luchas en las calles de Barcelona el 19 de julio y el posterior colapso de las fuerzas policiales ordinarias, el poder pasó a manos de los comités de milicias. En su último artículo, publicado ese mismo día, escribía que «quien en estas horas graves no esté de una manera decidida junto a la Generalitat, es un traidor. Un traidor al cual le exigiremos cuentas». Sin embargo, sus continuas denuncias al anarcosindicalismo hizo que fuera objetivo de las patrullas de control.
Se escondió en un piso de la calle Muntaner. Allí, el 24 de agosto de 1936, un grupo de anarquistas lo detuvo y se lo llevó a la carretera de la Rabassada. Lo asesinaron con siete disparos de pistola en la cabeza. Tenía 29 años. Es sobrino suyo el ministro de Agricultura y Pesca Luis Planas Puchades. Su cadáver fue reconocido por el periodista Avel·lí Artís-Gener.
La necrológica aparecida el 27 de agosto explicaba que su muerte había sucedido «en circunstancias que no nos ha sido posible precisar». Precisaba que Planes llevaba tiempo alejado de la redacción. Esto fue interpretado como la prueba irrefutable de la mezquindad moral y la cobardía ideológica de los directivos de Acció Catalana, a quienes se acusó de abandonar a sus hombres para salvaguardar sus posiciones políticas.
La presión y el terror que sembró el anarcosindicalismo aquellos primeros meses de la guerra hizo que esta nota necrológica, breve y difusa, no expresara lo que realmente pasó. Lo cierto es que deseaban condenar públicamente la muerte de Planes, pero hacerlo era sentenciarse a muerte. El futuro de La Publicitat, atrapados entre el colapso de la legalidad constitucional, la amenaza de una dictadura militar y la revolución social, terminó siendo víctima del proceso que intentó encauzar.