El escritor Josep Pla (dcha), junto a Manuel Brunet

El escritor Josep Pla (dcha), junto a Manuel BrunetWikimedia

Historia

La respuesta de Josep Pla al delirio nacionalista por reescribir la historia: «Nada más peligroso que...»

El pensamiento de Pla sigue siendo hoy un antídoto amargo, pero indispensable, contra la demagogia

Hay una imagen en la obra de Josep Pla que define mejor que nada su idea de lo catalán: el hombre que, antes de tomar una decisión o pronunciar una palabra, mira al suelo, sopesa el entorno y calcula con exactitud su repercusión. Para el escritor del Empordanet, como decía él, la mayor virtud del catalán, cuando no ha sido intoxicado por la política o el nacionalismo, no es el heroísmo, la épica, ni una vocación mesiánica, sino el realismo, una sana desconfianza y el seny, aunque consideraba que este último «¡no ha existido jamás! Es una contrapartida para decir que no lo hay».

Por eso contrastaremos a Pla con fenómenos contemporáneos como el Institut Nova Història (INH), una factoría de revisión pseudohistórica obstinada en reclamar para la catalanidad a figuras como Cristóbal Colón, Miguel de Cervantes, Teresa de Jesús o Leonardo da Vinci.

La distancia entre el pensamiento de Pla y la mitología del INH no es una simple disputa sobre datos historiográficos o interpretaciones de archivo. Es una fractura entre dos formas opuestas de entender la identidad.

Pla dedicó miles de páginas, desde las anotaciones juveniles de El quadern gris hasta las notas inéditas de madurez recopiladas en Fer-se totes les il·lusions possibles, a desmontar el mito del catalán genial. En lugar de una figura épica o un héroe trágico, dibujó la psicología de un habitante supeditado a una contradicción estructural. Escribía Pla que el pasado ha creado en el catalán un sentimiento de inferioridad, que tiene miedo de ser él mismo y al mismo tiempo no puede dejar de ser él mismo, que rehúsa aceptarse tal como es y a la vez no puede dejar de ser tal como es. Para Pla, este individuo atrapado en su propia paradoja acaba convirtiéndose en un ser enfermizo, sombrío y desconfiado.

Como recordaba, con su fina y provocadora ironía, en su célebre entrevista con Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo de Televisión Española en 1976, toda la riqueza de Cataluña, desde sus comienzos, procede de una sola fuente, que es el proteccionismo. El catalán real es un ser marcado por una geografía estrecha, por el trabajo constante y por la convivencia histórica con la realidad española, hasta el punto de sentenciar que «el catalán es un ser que se ha pasado la vida siendo español cien por cien y le han dicho que tiene que ser otra cosa». Es decir, el catalán integró siempre su cultura local y española con naturalidad.

Una herida psicológica

¿Cómo se pasa de la sobriedad pragmática o de la mordaz desconfianza individual al delirio colectivo del INH? El propio Pla dejó escrita la respuesta al diagnosticar con maestría las manifestaciones de esa herida psicológica. Escribió que «el sentimiento de inferioridad de los catalanes es la causa de dos de sus cosas más grotescas: la tendencia al victimismo y la propensión al orgullo indiscreto y tonto. El victimismo produce el lloro constante, la susceptibilidad a flor de piel, la debilidad de la dignidad. El orgullo produce la petulancia, la vanidad infundada y la falta de autocrítica». También que «el catalán es muy envidioso y un copista».

El Institut Nova Història no es más que la confluencia perfecta de todo esto. El victimismo, que definía como la forma más tonta y cómoda del orgullo, opera como una parálisis intelectual, una excusa perfecta para no asumir responsabilidades. Cuando la frustración política o cultural se vuelve insoportable, engendra el orgullo tonto, que lo lleva a reclamar glorias ajenas para llenar su propio vacío.

Caricatura sobre la relación entre el pensamiento de Josep Pla y el INH

Caricatura sobre la relación entre el pensamiento de Josep Pla y el INHC. Alcalà, asistido por IA

Pla lo advirtió: «no hay nada más peligroso que un acomplejado que quiere hacer ver que no lo es». Al no haber protagonizado Cataluña hitos históricos en solitario, sino vinculados a España, ese acomplejamiento opta por la fantasía e inventarse una realidad paralela. Si la historiografía prescinde de poner a Cataluña en primer lugar, se reescribe la realidad y se culpa a España de borrar el pasado imperial catalán. Así Colón, Cervantes o Da Vinci dejan de ser quienes fueron para convertirse en piezas de un expolio imaginario secular. La lógica del INH no busca la verdad. Busca autoestima.

Lo trágico de este revisionismo es que, en su intento por ensalzar la identidad catalana, termina por destruirla y vaciarla de todo valor. Para convertir a Cervantes -maestro de «frase larga, muy larga, que busca el final y termina en forma de cola de pez», como describía Pla la naturaleza del idioma castellano- o a Santa Teresa de Jesús en personajes catalanes, hay que desposeerlos de su realidad y negar a Cataluña su verdadera e indiscutible aportación a la historia de España. Una aportación que jamás necesitó de la épica para ser culta, próspera, refinada y singular.

Si Josep Pla levantara la cabeza ante las tesis del INH no sentiría ira. Experimentaría vergüenza ajena ante el ridículo del engaño. Buscar la dignidad de Cataluña en la invención secreta de los grandes logros de la historia no la engrandece; al contrario, la empequeñece. Solo ratifica y expone su complejo de inferioridad ante el mundo. Sugiere que la historia de sus gremios, su comercio, sus instituciones medievales y modernas, su literatura, sus arquitectos, su arte, sus compositores, su sociedad es insuficiente y debe reescribirse a mayor gloria de unos acomplejados.

El pensamiento de Josep Pla sigue siendo hoy un antídoto amargo, pero indispensable, contra la demagogia. Recordar su visión del hombre catalán nos obliga a poner los pies sobre la tierra, a mirar las cosas como son y no como nos gustaría que fuesen. La verdadera grandeza de Cataluña no se mide por el número de héroes universales que pueda falsificar ese comité de propaganda, sino por su capacidad de mantener la lucidez, la autocrítica, el rigor y la dignidad en el día a día.

Frente a la trampa del orgullo tonto y la comodidad del victimismo, el realismo de Pla nos hace leer los documentos sin apasionamiento y a recordar que no hay nada más ajeno a la sensatez que un acomplejado jugando a inventarse imperios.

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