Los viajes catalanes y el imperialismo
Los viajes catalanes a Oriente no buscaban la cultura sino el expolio
Los viajes catalanes entre 1833 y 1932 respaldaron el imperialismo europeo y español, impulsados por intereses económicos e ideología colonialista
La historiografía contemporánea tiende a idealizar las crónicas de viaje como testimonios de puro humanismo, curiosidad científica o tolerancia cosmopolita. El análisis riguroso de la presencia de viajeros catalanes en el norte de África y el Próximo Oriente entre 1833 y 1932 desmiente el mito de una Cataluña al margen del fenómeno imperialista. Lejos de configurar una mirada alternativa o anticolonial, los periplos de la burguesía y la intelectualidad catalana han funcionado en estricta sincronía con la evolución del imperialismo europeo y con el expansionismo colonial español.
El despertar del interés catalán por el orbe islámico no nació del mero altruismo cultural, sino de una red de incentivos estratégico-mercantiles, la renovación diplomática y las necesidades de autoafirmación identitaria de una burguesía en pleno ascenso. Este entrelazamiento entre cultura y voluntad de dominio se hace evidente durante la Renaixença.
Durante el siglo XIX las élites culturales catalanas forjaron una imagen profundamente negativa del musulmán, presentándolo como el enemigo secular del territorio. A través de las obras de Pròsper y Antoni de Bofarrull, o de la constante reedición de las crónicas medievales de los almogávares de Francesc de Montcada, se articuló un imaginario de reconquista y cruzada que dotó de cobertura ideológica a las ambiciones coloniales españolas.
El resurgimiento cultural catalán y el colonialismo español fueron compañeros inseparables. Esta convergencia alcanzó su clímax popular con la Guerra de África (1859-1860) y la mitificación de los voluntarios catalanes bajo el mando del general Prim. El entusiasmo generalizado en Barcelona ante la toma de Tetuán o la ocupación del archipiélago de las Chafarinas demostró que la sociedad catalana asumía plenamente las directrices de la penetración en el Magreb.
En este contexto destaca la constante recuperación mítica de Domingo Badía y Leblich, conocido bajo el alias de Alí Bey el Abbassí. Aunque sus expediciones por Marruecos, Egipto y Arabia a principios del siglo XIX respondieron originalmente a las erráticas y quiméricas intrigas de la monarquía de Carlos IV y a los intereses de Francia, la intelectualidad de la Renaixença y el catalanismo político posterior lo rescataron como una figura patria.
Hasta la segunda mitad del siglo XIX la burguesía catalana viajó más sobre el papel que sobre el terreno. La inquietud por Oriente se consumía a través de traducciones de relatos extranjeros. La apertura del Canal de Suez en 1869 y la generalización de la navegación a vapor, combinadas con los servicios turísticos de la agencia Cook y las guías Baedeker, transformaron la naturaleza de estos desplazamientos hacia Egipto. Los nuevos viajeros desembarcaron en el valle del Nilo plenamente predispuestos a validar el orden colonial.
Para el turista y el erudito burgués el control inglés ofrecía, por encima de todo, garantías de orden y seguridad personal en un entorno percibido como peligroso. Intelectuales como Enric Prat de la Riba llegaron a negar cualquier legitimidad a la resistencia del pueblo egipcio frente a Gran Bretaña, clasificándolo como una comunidad bárbara incapaz de autogobernarse. El interés catalán en la región se encauzó fundamentalmente a través de la egiptología y el coleccionismo, prácticas estrechamente vinculadas al expolio patrimonial.
Eduardo Toda y Güell, cónsul general de España en El Cairo entre 1884 y 1886, se convirtió en el padre de la egiptología hispana mediante el desmantelamiento y reparto de ajuares funerarios como el de la tumba de Sennedjem entre museos de Madrid, Vilanova i la Geltrú y diversas capitales extranjeras. Las escasas críticas de Toda hacia la gestión colonial británica no nacían de la empatía con los nativos, sino de la preocupación por el impacto del contrabando textil inglés sobre las manufacturas algodoneras de Cataluña.
El flujo hacia el Magreb y el Sáhara se intensificó a medida que las autoridades francesas e italianas consolidaban la pacificación de sus respectivos dominios mediante el uso de la fuerza y la represión de las revueltas locales, como la de Bu Amana en Argelia. El viaje catalán a estas zonas adoptó dos modalidades diferenciadas. Estoves, el crucero plácido de carácter estético-religioso y la travesía automovilística de carácter aventurero y patriótico.
En la primera vertiente se encuadran los viajes de figuras como el segundo marqués de Comillas, Claudio López Bru, acompañado por Jacinto Verdaguer en 1883, o la mítica expedición universitaria al Mediterráneo de 1933, en la que participaron jóvenes promesas como Salvador Espriu y Jaume Vicens Vives. Ninguno de estos grupos desarrolló una postura crítica frente al colonialismo francés.
El viaje realizado en 1932 por Nicolau Maria Rubió i Tudurí y sus acompañantes a través del Sáhara hasta el río Níger ilustra con claridad cómo la aventura desértica funcionaba como un sucedáneo del imperialismo directo. Al no poseer Cataluña un imperio colonial propio en la zona la expedición buscaba la inclusión de la raza catalana en el elenco de las naciones civilizadas que cartografiaban el continente.
Las crónicas de Rubió i Tudurí reflejan el racismo estructural de la época, asumiendo la inferioridad de las poblaciones saharauis y mostrando una vehemencia colonial que le llevaba a fantasear con la posibilidad de que la recién restaurada Generalitat tomase cartas en la administración de la colonia de Río de Oro.
En la zona del Protectorado español de Marruecos, la acción de los viajeros catalanes estuvo ligada de forma directa a los grupos de presión económicos. Instituciones como el Fomento del Trabajo Nacional financiaron misiones comerciales encargadas de inspeccionar el terreno para la colocación de tejidos y la explotación de recursos, mientras que el entramado financiero de los Comillas y los Güell utilizaba a comisionados como el geólogo Norbert Font Sagué o a José Zulueta para evaluar inversiones e implantar sistemas de crédito agrícola en el Rif conforme las tropas españolas conquistaban el territorio.
Autores como Aurora Bertrana o Josep Carner, ofrecieron testimonios de insensibilidad recorriendo el Marruecos colonizado en coche oficial sin prestar atención a la realidad indígena, o crónicas de soldados como Josep Prous i Vila, quien relató con desconcierto pero sin repulsa sobre su participación en la quema y saqueo de poblados marroquíes.