La líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, durante la entrevista

La líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, en una imagen de archivoTAC 12

Cataluña

El 'fenómeno Orriols' llega hasta The New York Times: «Sus opiniones no son especialmente conservadoras»

Un análisis publicado en el prestigioso rotativo la pone como ejemplo del poder «movilizador» del «fervor anti-inmigración»

En una columna de opinión publicada hace unos días en las páginas de The New York Times, el reconocido ensayista y analista político estadounidense Christopher Caldwell examina la política europea con una de sus manifestaciones más inesperadas. Esto es, la irrupción de Sílvia Orriols y la rápida consolidación de su partido Aliança Catalana (AC).

En el artículo, que ha sido celebrado por la propia Orriols –lo tilda de «riguroso y extenso» en X–, Caldwell utiliza la trayectoria de la alcaldesa de Ripoll (Gerona) para opinar sobre cómo las tensiones fronterizas y los flujos migratorios de los últimos años están alterando de forma irreversible la sociología política de Cataluña.

El análisis de Caldwell empieza con un paralelismo de gran carga política. El autor contrapone la desorientación experimentada por la clase política española durante la crisis fronteriza en Ceuta con la postura firme e intransigente de Orriols.

Así, mientras el resto de la clase dirigente reaccionaba con vacilaciones, la líder catalana aprovechó el episodio para denunciar en sus redes sociales la pasividad del Estado frente a la vulnerabilidad de las fronteras, recordando el contraste entre esta permisividad y la dureza policial empleada contra los votantes catalanes durante el referéndum de autodeterminación de 2017.

La presidenta de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, y su candidato para Barcelona, Jordi Aragonès

La presidenta de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, y su candidato para Barcelona, Jordi AragonèsEuropa Press

El autor señala que, aunque las propuestas de Orriols en materia de fronteras e inmigración resultan duras, su proyecto ideológico no encaja en los moldes habituales del conservadurismo social o religioso.

Por una parte, en el eje identitario, la dirigente defiende medidas drásticas como la instauración de una moratoria migratoria total, la deportación inmediata de extranjeros que hayan cometido delitos, la retirada de las opciones de menú halal en las escuelas públicas y la firme afirmación de que el islam resulta incompatible con los valores democráticos occidentales.

Sin embargo, Caldwell enfatiza que «al margen de su actitud hacia la inmigración, las opiniones de Orriols no son especialmente conservadoras». A diferencia de gran parte de la extrema derecha, Orriols no se opone al aborto ni a las conquistas del colectivo LGTBIQ+. Recientemente llegó a explicitar que, aunque personalmente no cree en el aborto, defiende sin fisuras el derecho legal de las mujeres a abortar.

Aunque apela a las raíces cristianas de Cataluña, su enfoque no proviene de la fe dogmática o confesional, sino de una lectura histórica que concibe el cristianismo como la base sobre la que se articula la identidad de la nación catalana. «Lleva una cruz, pero parece más cómoda hablando de las raíces cristianas de Cataluña que del cristianismo en sí mismo», escribe Cadwell.

Esta síntesis ideológica es, según el análisis del ensayista estadounidense, la razón clave por la que su discurso logra calar en sectores amplios, presentándose bajo una retórica de supervivencia cultural e independencia de criterio frente al consenso político tradicional.

El catalanismo de Orriols

Un elemento central en la argumentación de Caldwell es la transformación que esta corriente representa respecto a la trayectoria histórica del catalanismo. A lo largo de la mayor parte del siglo XX, la tradición nacionalista catalana se mantuvo alineada con posiciones de izquierda, antifranquistas y marcadamente intelectuales, estando fuertemente asociada a las élites académicas, profesionales y cosmopolitas de Barcelona. La propuesta de Orriols supone una ruptura radical con este pasado. El nacionalismo ya no está en los despachos o departamentos universitarios, sino en los valles, pueblos y pequeñas ciudades del interior, que denomina el «corredor del fuet».

La base sociológica tradicional del catalanismo histórico, integrada por profesionales, docentes y la burguesía urbana, se caracterizaba por señalar como amenaza prioritaria el centralismo político. La base social que apoya a Aliança Catalana está constituida por agricultores, trabajadores industriales y residentes del mundo rural y de montaña. Para este colectivo la amenaza prioritaria ya no es administrativa o constitucional, sino que se percibe en la acelerada transformación demográfica de la región y en la creciente influencia del islam.

La líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, en el Parlament de Cataluña

La líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, en el Parlament de CataluñaEuropa Press

Caldwell identifica dos factores que han alimentado este cambio. El primero es la preocupación por la pérdida de peso social de la lengua catalana. La columna señala cómo el uso habitual del idioma ha sufrido un descenso en las últimas décadas debido a las sucesivas dinámicas migratorias, desde la interna llegada del resto de España en los años sesenta hasta los flujos internacionales recientes.

El segundo factor, de carácter traumático, fueron los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils en agosto de 2017. El descubrimiento de que la célula terrorista había sido adoctrinada por un imán en la mezquita de Ripoll dinamitó la percepción de integración modélica en el municipio, transformando de forma definitiva la postura de Orriols y convirtiendo su independentismo en una cruzada política contra el cambio demográfico.

Cataluña y Madrid

El artículo de Caldwell compara el caso catalán con el contexto socioeconómico de otras partes de España, especialmente la Comunidad de Madrid. El analista explica que el fenómeno migratorio ha tenido un impacto distinto en ambos territorios.

En Madrid la mayor parte de los recién llegados procede de países de América Latina, con quienes los ciudadanos comparten idioma, religión y una cultural similar, lo que facilita la integración en el tejido productivo y social. En Cataluña una parte muy significativa de la inmigración es de procedencia norteafricana, de Marruecos, lo que incrementa la tensión o choque cultural en las comunidades del interior.

Caldwell sitúa la figura de Sílvia Orriols dentro de una tendencia geopolítica mucho más amplia que afecta a la totalidad del mundo occidental. El impacto del control fronterizo no es un debate aislado en la política catalana, sino el vector más potente para redefinir las fronteras electorales en democracias consolidadas.

Desde el fenómeno del Trumpismo en los Estados Unidos hasta la fortaleza de la extrema derecha en Francia, Alemania, Hungría o Polonia, las demandas de restricción de los flujos migratorios han demostrado una capacidad única para erosionar a los partidos tradicionales y reconfigurar el mapa político.

La conclusión es inequívoca. La antorcha del nacionalismo ya no la llevan las fuerzas políticas que temían al fascismo, sino las clases populares y rurales que sienten pavor ante las dinámicas desestabilizadoras de la globalización.

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