El Obispo de Tarrasa, Salvador Cristau, junto a los nuevos sacerdotes
«Antes iba a confesarme; ahora soy yo quien escucha a los demás»: la nueva vida de dos jóvenes sacerdotes de Tarrasa
Robert Escusa y Eduard Cameron acaban de ordenarse junto a otros seis sacerdotes de la diócesis catalana
Hace apenas unos días, Eduard Cameron estaba al otro lado del confesionario. Acudía a misa como cualquier otro fiel y era él quien se acercaba al sacerdote para confesarse. Ahora, con 28 años, la situación ha cambiado por completo: es él quien celebra la Eucaristía, escucha a quienes buscan el perdón de Dios y empieza a descubrir cómo es la vida sacerdotal desde dentro.
«Antes eras tú el que te ibas a confesar y ahora es la gente que viene a pedir el perdón de Dios», explica. Han pasado apenas dos semanas desde su ordenación y todavía se está acostumbrando a una responsabilidad que conoce bien desde fuera, pero que ahora le toca ejercer en primera persona.
Su historia es una de las ocho que ha vivido recientemente la diócesis de Tarrasa, que ha ordenado a ocho nuevos sacerdotes en las últimas semanas. Entre ellos está también Robert Escusa, que recuerda su primera misa como uno de los momentos más intensos de su vida.
«Ahora me toca a mí»
Durante años había escuchado las palabras de la consagración desde los bancos de su parroquia. El día de su primera misa tuvo que pronunciarlas él. Y, aunque llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento, la realidad le impresionó más de lo que esperaba.
Escusa comenzó la celebración nervioso, ante la comunidad que lo había acompañado durante tantos años. Recuerda la emoción de pronunciar las palabras de la consagración y la sensación de estar asumiendo una responsabilidad que le sobrepasaba.
No oculta que vivió aquel momento con cierto sentimiento de indignidad, pero también con una profunda alegría. Era el comienzo de una vida para la que llevaba años preparándose y que ahora dejaba de ser un horizonte para convertirse en su día a día.
Cameron también ha encontrado en su familia un apoyo fundamental. Es el sexto de siete hermanos, sus padres llevan casi cuatro décadas casados y tiene quince sobrinos. Su ordenación, cuenta, no fue únicamente una celebración personal: toda la familia se volcó en el acontecimiento. Incluso su abuela, que ya tiene un hijo sacerdote, celebró que otro miembro de la familia siguiera ese camino.
Para ambos, convertirse en sacerdotes no significa alcanzar una meta después de años de estudio. Es el comienzo de una nueva etapa en la que esperan acompañar a otras personas, ayudarlas en sus dificultades y estar presentes en momentos importantes de sus vidas.
Ocho bautismos en una parroquia de Tarrasa
En la parroquia de San Cristóbal de Ca n’Anglada, donde Cameron desarrolla parte de su labor pastoral, también está descubriendo historias que le llaman la atención. Es un barrio de Tarrasa en el que conviven personas de procedencias muy diversas. En las misas, explica, se reúnen fieles de numerosas nacionalidades, unidos por la celebración de la fe.
Pero hay otro detalle que destaca: hace poco celebraron ocho bautismos de personas que no eran niños pequeños. Había adolescentes, jóvenes profesionales y adultos de distintas edades, incluso alrededor de los 40 años.
«La gente está volviendo a la Iglesia porque encuentran un sentido a su vida y encuentran que ahí está la verdad», afirma Cameron, que ve en esas celebraciones una muestra de cómo algunas personas se acercan a la fe cuando buscan respuestas.
Robert Escusa comparte esa impresión. Cree que parte de la juventud busca hoy un mensaje de esperanza en un mundo que considera frágil y herido. En su opinión, la misión de los nuevos sacerdotes consiste precisamente en transmitir ese mensaje y acompañar a quienes se acercan a la Iglesia.
Son experiencias concretas de sus parroquias, no una prueba de que se haya revertido la falta de vocaciones o de que toda una generación esté regresando a la práctica religiosa. Pero permiten poner rostro a una realidad que a menudo queda diluida en las cifras: la de personas que deciden dar un paso que puede cambiar sus vidas.
Una nueva etapa para ocho sacerdotes
La diócesis de Tarrasa suma ocho nuevos sacerdotes en pocas semanas. Cameron no considera que sea un logro que puedan atribuirse únicamente quienes se han ordenado. Recuerda el trabajo de los sacerdotes y los laicos que los han precedido y que han contribuido a mantener viva la fe en sus comunidades.
Escusa, por su parte, espera que sus feligreses también le ayuden a crecer como sacerdote. Quiere acompañarlos en su camino cristiano, pero entiende que él mismo necesita seguir aprendiendo y madurando en su vocación.
Los dos empiezan ahora a escribir esa historia. Uno todavía se acostumbra a sentarse en el confesionario al otro lado de la rejilla; el otro recuerda los nervios de su primera misa. Ambos han pasado años preparándose para ese momento. Ahora, la vida sacerdotal deja de ser una promesa y empieza a medirse en el contacto cotidiano con las personas que acuden a ellos.