Retrato de Josep Pla en la Fonda Europa
Historias de Barcelona
La fonda catalana con tres siglos de historia que enamoró a Josep Pla: «De las más generosas y abundantes»
La Fonda Europa de Granollers y su cap-i-pota encandiló al célebre literato catalán
A lo largo de los años, Josep Pla tuvo una conexión importante con Granollers (Barcelona). Admiraba la arquitectura de la ciudad, su historia y sus tradiciones. Por encima de todo esto estaban Paco Parellada y la Fonda Europa. Lugar de referencia de la ciudad, aún hoy, donde Pla pasó largas temporadas hospedado y degustando su gastronomía.
En su libro El carrer estret («La calle estrecha»), Pla muestra la influencia de Granollers en su obra, evidenciando la importancia de la comarca del Vallés Oriental en su formación como escritor y su visión de la cultura catalana. En el volumen XXX de su obra completa, páginas 807 a 812, habla de Granollers y la Fonda Europa.
Es un viaje a una época que hoy ya forma parte del pasado. Eso sí, un plato típico, aún hoy es el cap-i-pota. Para aquel que no lo conozca, es similar a los callos, con la diferencia que se utiliza la cabeza de ternera y la tripa. En el texto, que reproducimos a continuación, Pla describe así el mercado semanal de Granollers y la vida en la Fonda Europa:
Josep Pla y la Fonda Europa
El evento más importante de la comarca es el mercado semanal de Granollers, que, como es sabido, se celebra sin fallar cada jueves. Me encontraba hace unos años en la población un día de mercado y debo confesar que el espectáculo me gustó mucho. El mercado semanal de Granollers será, probablemente, uno de los mayores que en Cataluña se hacen —si no es el mayor—.
Ese día no fue un mercado de los más abultados, porque los campesinos se encontraban con el trabajo del batir, o sea atareados con el máximo evento del campo: la operación que corona todos los trabajos del año, la recogida del grano que asegura el pan. Fue lo que los mercaderes llaman, con admirable precisión, un mercado pequeño. Pero, ¡qué actividad vital, ¡Dios mío!
Me levanté pronto, porque si no lo hubiera hecho habría tenido que levantarme por fuerza. El hotel, la célebre Fonda Europa -una de las mejores, una de las más generosas y abundantes fondas del país-, estaba llena de gente. Desde la escalera que desciende hasta la planta baja, contemplé, a las ocho y media de la mañana, el magnífico espectáculo que se me presentaba ante los ojos.
La gente no cabía en las mesas. La mayoría se encontraba tomando el desayuno, y no precisamente de café con leche. Desayunaban de tenedor. Los camareros apenas podían dar abasto. La gente llegaba con las cuentas hechas.
«¡Cap-i-pota para seis!», gritó con escasa timidez un agricultor voluminoso tomando posesión de una mesa con sus amigos. Y de repente pasaron delante de mí, llevadas hacia las mesas vecinas, dos grandes y suculentas paellas.
En otras mesas la gente tomaba café y pagaba sus cuentas. Estos ciudadanos habían ingerido su paella o su cap-i-pota a las ocho en punto. Aunque llevaban algunas horas de trabajo o llegaban de muy lejos, no se puede negar que empezar el día encarándose con estos alimentos es una manera de empezar fundamental, quiero decir con unos buenos cimientos. Debo confesar que el espectáculo me vino de nuevo.
Un espectáculo único
Es un espectáculo que casi sólo puede verse en Granollers, y todavía en la fonda a la que hacemos referencia. Como la hora era muy intempestiva para entrar en esa marejada alimentaria, abandoné mi lugar de observación y fui a dar un paseo por la ciudad.
La Fonda Europa, hoy
La Fonda Europa se encuentra admirablemente puesta y es un buen observatorio del mercado. Tiene una salida a la vieja plaza de la Estación, bajo cuyos plátanos yo he presenciado fenomenales concentraciones de ganado vacuno y de lana, entre innumerables guerrillas de marchantes y campesinos. Presencié la contratación por las rendijas de una persiana pintada de verde.
El sol era fuerte; la claridad, deslumbrante; sus manchas explosivas temblaban, palpitantes, bajo el ramaje rutilante de los plátanos. El aire chispeaba. Las manchas de sol jugaban sobre la piel de un ternero, resbalaban sobre las facciones humanas, tocaban el vestido azulado de una campesina joven de color rosa, saltaban de la gorra, puesta de gairell («de lado»), de un marchante a la gorra de un labrador.
Se veían unos pequeños, blancos, corderos de leche acurrucados en la sombra que proyectaba una tartana amarillenta. Las rendijas de la persiana tocaban vagamente el aire de un desteñido color de menta.
Y, después, la fonda tiene otra puerta, que es la principal, que da a la carretera. Esta ruta se veía animada por una enorme cantidad de gente y por un sinfín de vehículos de todo tipo. Me mezclé un rato entre la gente, visité el mercado de cerdos, traté de saber cómo estaban los precios. Esta vía, que es la calle principal de Granollers, es, en días ordinarios, algo morosa y, para mi gusto, excesivamente larga.
Los días de mercado es literalmente estupenda. Luego me metí por las callejuelas que llevan a la plaza Gran y vi la gran Porxada, afectada por una actividad comercial muy intensa. Este porche fue construido en el siglo XVI y, sin lugar a dudas, como elemento esencial del mercado.
Como vemos, en Granollers, la tradición comercial le viene de muy lejos. Probablemente de mucho más lejos que de la época de la Gran Porxada, que fue inicialmente un palco de granos y que ahora han acordado transformar en una especie de templo cívico-cultural.
Un paseo superficial por Granollers crea la falsa ilusión de que el núcleo de la población es relativamente moderno. La destrucción de los antiguos vestigios de la iglesia parroquial aumenta esta impresión. Y, sin embargo, Granollers —según dicen los arqueólogos y eruditos— es la antigua y romana Granularia.
Cuando paso o la contemplo sentado en la terraza de la Fonda Europa, siento intuitivamente la sensación de que el camino ha sido pisado por mucha gente, que llevan muchos siglos transitando personas y carruajes. No tengo ninguna prueba documental para asegurarlo. Pero, al igual que para conocer la calidad de un trapo, de un tejido, es necesario tocarlo, existe un sentido indefinible que, puesto en contacto con esta vía, postula su ancianidad inexorable.
Granollers es la capital del Vallès agrario, y por tanto, el emporio de los animales domésticos. Paseando por el mercado los contemple largamente. Cuando me sentí saturado de tanta magnificencia, y como el calor iba de subida, me retiré a la fonda, a la una ya tocada. El establecimiento hervía. Francesc Parellada, hijo, continuador de la gloriosa tradición familiar, servicial y espléndida, atendía a la concurrencia. «¡Cap-i-pota-para cinco!», oí en el momento de entrar.