La iglesia de Santa Maria del Pi, en Barcelona
Historias de Barcelona
La ‘marca del diablo’ que aún se puede ver dentro de una de las iglesias más famosas de Barcelona
Santa Maria del Pi arrastra consigo una piadosa leyenda desde hace siglos
La iglesia de Santa Maria del Pi, situada en el Barrio Gótico de Barcelona, fue la gran protagonista del dietario del Barón de Maldà, el Calaix de sastre («cajón de sastre»). Solía comentar la calidad de los sermones, la música de los órganos y el comportamiento de los asistentes. Tenía una vinculación especial con la Archicofradía de la Purísima Sangre, cuya sede es la capilla anexa al Pi, y participaba activamente en sus procesiones, especialmente en Semana Santa.
Una tradición que conocía el Barón de Maldá es la de la ‘marca del diablo’ que aún se puede ver hoy en el campanario de este templo. Es una torre octogonal, de 54 metros de altura, que comenzó a levantarse en el siglo XIV. La diseñaron para ser uno de los puntos más altos de la ciudad: pretendían que fuera un faro espiritual que dominara todo el horizonte barcelonés.
Sin embargo, hubo dificultades para levantarla. Los maestros de obra de la época se enfrentaban a problemas técnicos inmensos, a la falta de presupuestos y la presión de una comunidad que deseaba ver terminada su obra magna. La leyenda cuenta que el arquitecto encargado de finalizar la torre se encontraba en un estado de absoluta desesperación.
Los planos no cuadraban, los cimientos parecían ceder, no conseguía diseñar una escalera de caracol hasta la parte más alta de la torre. El tiempo se agotaba y las complicaciones cada día eran más. Estaba desesperado y no sabía qué hacer para solucionar tantos contratiempos.
Pacto con el diablo
Una noche, mientras el maestro de obras lloraba sobre los planos en la plaza, se le apareció el diablo: le prometió terminar el campanario en una sola noche y con una perfección técnica inigualable. ¿A cambio? Quería el alma de la primera persona que subiera al campanario una vez terminado.
El arquitecto, viendo que su reputación estaba en juego, aceptó el trato. Cegado por la ambición y el deseo de ver su obra terminada, aceptó, sellando el destino de su espíritu –o del pobre que subiera al campanario– a cambio de la gloria terrenal de la piedra. Durante esa noche, el diablo trabajó a una velocidad sobrenatural. Bloque tras bloque, el campanario ascendía hacia el cielo.
Justo antes de que el primer rayo de sol asomara por el horizonte del Mediterráneo, sólo quedaba una pieza por colocar. Era la piedra que coronaría la obra y sellaría el contrato. Otras versiones dicen que le quedaba por colocar el escalón 100 de la escalera de caracol. El demonio, cargando la pesada losa bajo el brazo, subía por los andamios con una sonrisa de triunfo.
Las crónicas y el Barón de Maldá explican que un ángel descendió de los cielos para interponerse, y le bloqueó el paso justo en el momento en que esta iba a encajar la pieza final. «Esta obra es para la gloria de dios y el consuelo de los hombres, no para el trofeo de las sombras», proclamó el ángel.
Otra versión cuenta que el arquitecto, astuto, hizo subir a un perro o a un gato antes que nadie, para que fuera su alma la que se llevase el diablo. En ambas versiones, al verse frustrado, y comprendiendo que el amanecer anularía el contrato por no haber terminado la obra a tiempo, el diablo golpeó la piedra en un gesto de impotencia y rabia con una fuerza titánica, dejando su huella grabada antes de desaparecer en una nube de azufre.
La 'marca del demonio', en la escalera de Santa Maria del Pi
El origen del nombre
Y ahora nos podemos preguntar el motivo del nombre de esta iglesia: ¿por qué se llama Santa Maria del Pi, o «del pino»? Se dice que un pescador del siglo V encontró una imagen de la Virgen escondida en la copa de un pino que crecía en ese lugar. Al intentar talar el árbol para hacerse una barca, descubrió la figura milagrosa. En agradecimiento, se construyó allí una capilla. Hasta el día de hoy, siempre hay un pino plantado en la plaza frente a la iglesia para mantener viva esta leyenda.
En el muro del ábside hay un sarcófago gótico que guarda los restos de Arnau Ferrer. Era el patrón de barco que falleció en 1394 durante el asedio de Catania. Se decía que el sarcófago estaba protegido por una maldición y que aquellos que intentaran profanarlo o moverlo sufrirían desgracias en el mar. Los marineros de Barcelona acudían allí para pedir buen viento y protección contra los piratas berberiscos.
Existía la creencia popular de que, debido a que Ferrer murió en combate en el mar, su espíritu protegía a aquellos que cruzaban el Mediterráneo. El sarcófago es una pieza de piedra que descansa sobre dos figuras de leones, un detalle típico de la escultura funeraria gótica de la época en Barcelona.