La extinta Sala Mercè, en las Ramblas

Historias de Barcelona

La joya de las Ramblas que unió a Gaudí con un pionero del cine español

La Sala Mercè estuvo activa entre 1904 y 1913, y ofreció una experiencia única a la burguesía de Barcelona

En el año 1904 podemos decir que la Rambla de Santa Mónica era el lugar donde Barcelona terminaba y empezaba el mundo, pues a continuación estaba el monumento a Colón y el puerto.

A diferencia de hoy en día, llena de turistas, en aquella época se cruzaban los carruajes, la gente caminaba con calma y empezaba a tomar cuerpo lo que posteriormente Paco Madrid nombraría como Barrio Chino. En aquel lugar también se proyectaban películas en barracas, gracias al cinematógrafo Belio-Graf, en la Rambla de Santa Mónica número dos, propiedad de la familia de Manuel Belio. Además, se exhibían fenómenos de feria y figuras de cera de personajes famosos o criminales de la época.

En ese escenario, un pintor con una ambición desmedida y un ojo clínico para el espectáculo, Lluís Graner Arrufí, decidió que la ciudad necesitaba algo que nadie había visto jamás. No quería un teatro convencional ni lo que proyectaban los Belio. Quería un templo del arte total.

Para levantar ese templo, solo había un hombre capaz de convertir un sótano oscuro en un sueño. Su nombre: Antonio Gaudí. La Sala Mercè no nació como un cine, sino como una sala de visiones. Graner estaba convencido de que el arte debía entrar por todos los sentidos. Gaudí, en aquel momento, estaba en la cima de su capacidad creativa. Aceptó el reto de transformar un antiguo almacén para crear una cueva mágica.

Fotografía histórica de la Sala Mercè en Barcelona (mejorada por IA)

Lluís Graner (1863-1929) fue un destacado pintor realista español formado en la Escuela de la Lonja y en París. Tras consolidar una exitosa carrera pictórica, galardonada con medallas en exposiciones universales y nacionales, decidió volcar su creatividad en el ámbito escénico.

En esa sala, Gaudí aplicó su concepto de arquitectura orgánica con una libertad sorprendente. No había paredes rectas que limitaran la vista. El techo estaba cubierto de una capa de yeso blanco que formaba relieves sinuosos, como estalactitas que colgaban del techo, que no solo servían para decorar.

Esas formas irregulares romperían el eco y permitirían que la música de la orquesta y las voces de los coros se escucharan con claridad en cada rincón de la sala. El color blanco predominaba, reflejando la luz de una manera que hacía que el espacio pareciera mucho más grande de lo que realmente era. Era una arquitectura con toda la profundidad técnica de sus grandes catedrales.

Segundo de Chomón

En la Sala Mercé no solo se proyectaron las películas del cineasta Segundo de Chomón. Allí este experimentó e inventó trucos, coloreó películas fotograma a fotograma y desarrolló técnicas de animación. Las proyecciones no eran simples películas, eran viajes imaginarios. Podías estar sentado en la Rambla y, de repente, sentir que viajabas al fondo del mar o al espacio exterior, rodeado por la atmósfera que Gaudí había diseñado.

Segundo de Chomón (1871-1929) fue un cineasta español fundamental de la era muda, considerado uno de los pioneros más innovadores a nivel mundial. A menudo comparado con Georges Méliès por su creatividad, destacó como director, técnico de efectos especiales y experto en coloración.

El cineasta Segundo de ChomónWikimedia

Trabajó para grandes productoras como la francesa Pathé Frères y la italiana Itala Films, donde perfeccionó técnicas como el paso de manivela, precursor del stop-motion y los movimientos de cámara. Su maestría técnica fue clave en superproducciones como Cabiria de Giovanni Pastrone y el Napoleón de Abel Gance. Su legado reside en haber convertido el cine en un espectáculo de magia visual.

El concepto de Graner era dirigirse a la burguesía barcelonesa para ganar más dinero. El cine de los Belio era barato. Un entretenimiento para las clases populares que se conformaban con ver trenes llegando a estaciones en barracones polvorientos. Graner cambió las reglas del juego. Puso precios altos, instaló calefacción y creó un ambiente de exclusividad. La burguesía barcelonesa, que siempre ha tenido un punto de exhibicionismo cultural, encontró en la Sala Mercè el lugar perfecto para ver y ser vista. Era el sitio donde la elegancia de los vestidos de seda se cruzaba con la vanguardia tecnológica más absoluta.

Visiones musicales

El espectáculo estrella eran las visiones musicales. Se apagaban las luces. La orquesta empezaba a tocar una pieza compuesta específicamente para ese momento por músicos de la talla de Enric Morera. En la pantalla o en el escenario se combinaban proyecciones con actores reales o juegos de luces. Era el antepasado directo de las experiencias inmersivas que hoy nos venden como novedad.

Graner y su equipo estaban inventando un lenguaje nuevo, donde la música no acompañaba a la imagen, sino que ambas formaban un todo indivisible. Era un despliegue de recursos humanos y técnicos.

Mantener una programación tan ambiciosa era muy costoso. Cada espectáculo requería una producción artesanal. Mientras las películas empezaron a hacerse más largas, las salas más grandes y el proceso de exhibición mucho más sencillo y barato, la Sala Mercè era una pieza de artesanía en un mundo que empezaba a fabricar en serie. A pesar de que en 1905 el Ayuntamiento de Barcelona le dio el premio al mejor establecimiento por su increíble decoración, no le salían las cuentas. El sueño de Graner era demasiado hermoso para ser rentable.

El cine evolucionaba hacia el realismo y las grandes historias narrativas, mientras que la Sala Mercè seguía anclada en la fantasía pictórica y el simbolismo. En 1910 Graner, asfixiado por las deudas, tuvo que dejar el proyecto. La sala cambió de manos, se intentó reconvertir, pero la esencia se había perdido. En 1913, el local cerró definitivamente sus puertas como tal. Con el tiempo, el interior de Gaudí, con sus estalactitas de yeso y sus formas marinas, se desmanteló o se cubrió de ladrillo y cemento. A día de hoy solo se conservan fotos de la obra de Gaudí.