Antoni Cumella, trabajando en su taller

Antoni Cumella, trabajando en su tallerCeràmica Cumella

Viaje del Papa a España

La saga familiar de ceramistas que ha finalizado la cruz de la Sagrada Familia que bendecirá León XIV

La familia Cumella está detrás del acabado de la cruz y el interior de la torre de Jesucristo

Hay artistas que buscan que su nombre quede esculpido en solitario en el pedestal de una galería, y hay artesanos que prefieren que su legado se funda de manera invisible y eterna con el paisaje de nuestras ciudades. Antoni Cumella Vendrell pertenece, sin duda, a este segundo grupo.

Nacido en Granollers (Barcelona) en 1951, este reconocido maestro ceramista ha logrado algo que parecía imposible en el siglo XXI. Esto es, transformar el taller familiar fundado por sus antepasados en un referente mundial de la arquitectura contemporánea y la restauración del patrimonio.

Formado bajo la exigente y sabia mirada de su padre, Antoni Cumella, de joven entendió que el barro no solo servía para moldear vasijas o esculturas de estudio. Su verdadera vocación residía en la escala monumental, en la complicidad con el espacio público y en la conversación directa con los arquitectos más visionarios de su tiempo. A lo largo de una trayectoria, con distinciones tan prestigiosas como el Premio Nacional de Artesanía del Ministerio de Industria de España o la Medalla de la Ciudad de Granollers, la firma de Ceràmica Cumella ha estado detrás de hitos urbanos que ya forman parte de la identidad colectiva.

Casa Loewe en Shanghai, un proyecto reciente de Ceràmica Cumella

Casa Loewe en Shanghai, un proyecto reciente de Ceràmica CumellaCeràmica Cumella

Suyo es la cubierta del Mercado de Santa Caterina en Barcelona e innumerables soluciones técnicas que demuestran que la tradición artesanal y la innovación tecnológica más puntera no son enemigas, sino aliadas indispensables.

Toda carrera suele guardar un proyecto cumbre, una obra que se convierte en un faro personal y profesional. Para el taller de Granollers, ese momento ha llegado con la culminación del revestimiento de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia y la impresionante cruz que la corona.

Cuarta y quinta generación

Esta monumental intervención, que coincide con el centenario del nacimiento de Antoni Gaudí, representa la llegada a la cima para Antoni Cumella y su hijo Guillem, quienes encarnan con orgullo la cuarta y la quinta generación de esta saga de ceramistas. Para el veterano maestro, enfrentarse a las dimensiones del templo de Gaudí ha supuesto una experiencia de un peso emocional incalculable, un encargo que, dada su envergadura y el momento de su vida en el que le ha tocado ejecutarlo, se erige de forma natural como la auténtica culminación de toda su trayectoria.

Antoni Cumella Vendrell, en una imagen de archivo

Antoni Cumella Vendrell, en una imagen de archivoWikimedia

Lo curioso del proceso creativo a gran escala es que la genialidad requiere de una cierta dosis de inconsciencia. El propio ceramista confiesa ahora, con la perspectiva que da el trabajo terminado, que mientras se encontraban inmersos en la faena diaria no eran realmente conscientes de la magnitud histórica de lo que estaban manejando. Esa ignorancia deliberada, o quizás ese instinto de protección frente al vértigo, fue lo que les permitió trabajar con una libertad absoluta.

El proyecto ha tenido una función vital de puertas para adentro en el taller de Granollers. Para Antoni, esta obra ha sido el escenario perfecto para consolidar la transición generacional. El proceso de esmaltado lo mantuvo completamente absorto y ocupado durante años, una reclusión creativa que, de manera natural, le hizo distanciarse un poco del día a día de la gestión empresarial. Ese espacio fue asumido con éxito por Guillem, facilitando un relevo suave, orgánico y necesario que asegura el futuro de Ceràmica Cumella.

El colosal trabajo consistió en el esmaltado de nada menos que 50.000 piezas cerámicas de diversas formas, tamaños y tonalidades destinadas a revestir el interior de la Torre de Jesucristo. La tarea ha requerido tres años de un esfuerzo casi monacal, pintando a mano una a una las piezas.

El punto de partida de esta aventura cromática fue el diseño original ideado por los arquitectos del templo y el escultor japonés Etsuro Sotoo, quien concibió la idea del color interior de la torre. El papel de los Cumella fue el de traducir esa visión abstracta en materia cerámica, un diálogo que comenzó en el lejano 2012 y que vio sus primeras muestras físicas dos años más tarde.

Materializar los colores del universo y de la creación, basándose en la evolución de la luz desde el Big Bang, exigió una profunda labor de investigación histórica y documental. Es por ello que en la parte más alta de la torre predomina el color lila, el tono que emite el gas helio, el primer elemento químico que existió en el cosmos.

Captura de pantalla de una imagen que ha posteado la cuenta oficial de la Sagrada Família en X acerca de las piezas que decoraran el interior de la Torre Jesucristo

Interior de la Torre de JesucristoCaptura de pantalla de la cuenta de X de la Sagrada Familia (@sagradafamilia)

Tras incontables pruebas, el taller logró fijar 33 colores base que, al mezclarse entre sí, abrían un abanico infinito. Para lograr la riqueza cromática exigida, los colores debían aplicarse unos sobre otros mientras la capa inferior permanecía líquida, lo que obligó a investigar cómo retardar el secado del esmalte. Esta técnica pionera, fruto del ensayo y el error, transformó el taller en un laboratorio de vanguardia.

El resultado es un firmamento cerámico donde conviven los azules profundos con destellos de naranjas, rojos, amarillos, lilas e incluso oro, dividiendo la torre en zonas de sutil calidez y frescura visual. Para guiar seguían una partitura impresa en papel enviada desde la Sagrada Familia. En este mapa se dibujaban rombos de diez metros de longitud que contenían 242 piezas cada uno.

Los Cumella extendían esta estructura romboidal sobre la mesa para esmaltar a mano y codificar cada fragmento. Tras el esmaltado el rombo se desmontaba por completo para introducir las piezas en el horno y debía volver a ensamblarse exactamente en el mismo orden en el templo. Cada unidad llevaba un código único de forma, color y posición en el espacio, convirtiendo la instalación en uno de los murales artesanales más grandes del mundo.

La cruz de la torre

La construcción de la cruz, liderada por Guillem Cumella, representa la culminación del proyecto de la torre. Esta monumental estructura de 17 metros de altura destaca porque su diseño permite que sea visible desde cualquier perspectiva. Su exterior está revestido con más de 13.000 piezas cerámicas de siete tonalidades de blanco y 300 formas distintas.

Para este reto se combinaron técnicas de extrusión y modelado en 3D para las esquinas, organizando cada pieza numerada mediante un control exhaustivo. La obra reposa sobre una base con inscripciones cerámicas y reflejará la luz diurna, estando iluminada de noche.

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