Retrato alegórico de Giovanna Rossi-Caccia

Retrato alegórico de Giovanna Rossi-CacciaC. Alcalà, asistido por IA

Historias de Barcelona

El triunfo de la soprano de Barcelona que consagró al Liceo en su noche inaugural

Giovanna Rossi-Caccia inauguró el Gran Teatro del Liceo en 1847 consagrando el célebre coliseo en la historia lírica

El 17 de abril de 1847, la ciudad de Barcelona se levantó sabiendo que en pocas horas un teatro entraría en la historia de la música. Frente a las puertas del recién construido Gran Teatro del Liceo multitud de socios, abonados y ciudadanos curiosos aguardaban la apertura del teatro.

Una Barcelona, en plena transformación industrial, aún amurallada, experimentaba la modernidad de otras ciudades europeas. La enriquecida burguesía y la aristocracia había levantado un teatro de ópera a mayor gloria de Milán, París o Viena.

Construido sobre un solar de 4.000m2 donde estaba, hasta 1835, el Convento de los Trinitarios Descalzos, aquel nuevo teatro debía sustituir al Teatro de la Santa Cruz y al de Montesión. El proyecto se inició en el 1845. Se le encargó la obra a Miguel Garriga i Roca, siendo sustituido por Josep Oriol Mestres.

El teatro costó 365.552 duros, que fueron financiados mediante una estructura de acciones mercantiles entre particulares. Los inversores de la Sociedad de Construcción pagaron la obra a cambio de la propiedad perpetua de los palcos y butacas del teatro. Aquel teatro privado escogió para la inauguración la ópera Anna Bolena de Donizetti, siendo su protagonista una célebre soprano barcelonesa.

Giovanna Rossi-Caccia

Giovanna Rossi-Caccia nació en Barcelona el 16 de diciembre de 1818. Hija de un capitán de infantería del ejército británico y Maria Ana Rossi, cantante del Teatro de la Santa Cruz. Su juventud estuvo marcada por la carrera musical de su madre. A los 10 años, con su madre, se marchó a París. Su madre había conseguido un contrato y ella empezó a estudiar en el conservatorio. Se cambió el nombre por el de Giovanna Rossi, y cuando se casó con el escultor Carlo Caccia añadió su apellido al suyo.

Debutó en la Opera-Comique con la ópera La Dame Blanche de Boieldieu. En 1840 debutó en La Scala de Milán con Il Pirata de Bellini. Después le siguió Lisboa y Amsterdam. Cuando debutó en el Liceo ya era una cantante en la madurez de su carrera vocal. Su contratación para la apertura del coliseo barcelonés respondía a una estrategia calculada por la junta del teatro. Necesitaban un reclamo de primer orden que uniera la solvencia técnica del circuito internacional con el orgullo de un origen local.

La dirección, como hemos dicho, había programado Anna Bolena, la tragedia lírica de Gaetano Donizetti, estrenada en el Teatro Carcaro de Milán el 26 de diciembre de 1830. El clamoroso éxito obtenido es el motivo por el cual la escogieron. La obra exige una protagonista de tesitura amplia, capaz de resolver las exigencias técnicas de coloratura y, al mismo tiempo, dotar de densidad dramática la figura de la reina ajusticiada.

La función se completaba con una sinfonía y una cantata de circunstancia compuestas por Mariano Obiols, director musical del teatro y antiguo alumno de Donizetti. El pulso de la función se midió en los pasajes en los que Rossi-Caccia sostuvo el peso de la representación.

Silencio tenso

Las crónicas de la prensa barcelonesa de aquellos días registraron el silencio tenso que precedió a su primera interpretación. El público que llenaba el aforo era exigente y estaba acostumbrado a juzgar a las voces que pasaban por los teatros Principal y Montesión. A lo largo de los dos actos, la soprano desplegó un registro flexible y bien timbrado, especialmente eficaz en las frases de acento trágico.

El momento álgido de la velada llegó con la escena final de la locura, «Al dolce guidami castel natio», donde la partitura exige un delicado equilibrio entre la piedad, la desesperación y el virtuosismo vocal. Las crónicas de la época coincidieron en señalar cómo la cantante logró sobreponerse a los nervios de la inauguración para ofrecer una interpretación madura que terminó por arrancar los aplausos entusiastas del auditorio, garantizando el éxito de la primera noche del coliseo.

Aquella función marcó su futuro artístico en el Liceo. Aunque continuó con su carrera internacional hasta 1854, ligó durante tres temporadas su carrera artística con el teatro, convirtiéndose en una de las primeras divas admiradas por el coliseo, .

En la temporada 1847-1848 cantó Anna Bolena, Il bravo, Parisina d'Este, Leonora, Norma, Linda di Chamounix, Il barbiere di Siviglia. En la temporada 1848-1849 cantó Don Pasquale, Gemma di Vergy, I Puritani, Otello, Marino Faliero, La Sonnambula, Dom Sébastien, Linda di Chamounix, Lucrezia Borgia. Un'avventura di Scaramuccia, Giovanna di Castiglia, Norma, L'elisir d'amore y la obra de teatro Don Juan Tenorio. En la temporada 1849-1850 cantó Beatrice di Tenda, Norma, Maria di Rohan, Marino Faliero, Der Freischütz, Lucrezia Borgia, Lucia di Lammermoor, Alzira, Dom Sébastien, Otello, Les Martyrs, Belisario.

Por lo que se refiere al Liceo, aquel año los propietarios pudieron disfrutar de las óperas I due Foscari de Verdi, Il bravo de Mercadante, Parisina d’este de Donzetti, Giovanna d’Arco de Verdi, Leonora de Mercadante, Ernani de Verdi, Norma de Bellini, Linda de Chamounix de Donizetti y Il barbiere di Siviglia de Rossini.

A medida que las facultades vocales de la cantante empezaron a acusar el desgaste propio del tiempo y del exigente repertorio bellcantista, sus apariciones se fueron espaciando. Tras retirarse de los escenarios fijó su residencia en Francia, alejándose de los grandes escenarios operísticos y dedicándose a la docencia.

Falleció en Le Havre (Normandía) el 11 de junio de 1892, a los setenta y ocho años de edad, en un retiro silencioso que contrastaba con el bullicio de sus años de plenitud vocal. En aquella fecha el Gran Teatro del Liceo se había convertido en uno de los coliseos líricos más grandes y prestigiosos de Europa y del mundo. En los archivos del teatro y en las páginas del Diario de Barcelona, escrito por Juan Mañé i Flaquer, quedo impresa aquella primera noche. Describió los músicos de la orquesta, las autoridades presentes, el maestro Mariano Obiols al frente de la orquesta y la voz de una soprano, nacida en la misma ciudad, que entonó las primeras notas de la historia del coliseo barcelonés.

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