Imagen de un furgón de la Policia Nacional hace apenas unos días en las Casitas Rosas, Valencia

Imagen de un furgón de la Policia Nacional hace apenas unos días en las Casitas Rosas, ValenciaYoutube

Indignación vecinal ante los ataques de magrebíes en un barrio de Valencia

En las Casitas Rosas del barrio valenciano de La Malvarrosa, junto al antiguo hospital Valencia al Mar, actualmente reconvertido en un centro de menores extranjeros, los vecinos denuncian una creciente inseguridad, con robos, peleas y agresiones. La convivencia, aseguran, se ha deteriorado hasta tal punto que amenazan con «quemarlos vivos» si siguen pegando a sus ancianos.

El periodista Cake Minuesa visitó recientemente la zona y recogió, en su canal de YouTube, testimonios de vecinos, entre ellos varias familias de etnia gitana, que aseguran sentirse abandonados ante la oleada de robos y peleas que, según ellos, ha aumentado desde la apertura del centro.

Imagen de una jeringuilla en un parque del barrio de Las Casitas Rosas en Valencia

Imagen de una jeringuilla en un parque del barrio de Las Casitas Rosas en ValenciaYoutube

«Aquí se está mezclando todo», relata un vecino. «Centros de menas, tráfico de drogas, yonquis pinchándose y dejando jeringuillas por todas partes. Los niños ya no pueden jugar en los parques».

Un barrio en el límite

El entorno, conocido desde hace años por sus problemas de marginalidad, sufre ahora un nuevo foco de conflicto. Las calles muestran cicatrices de abandono: parques convertidos en descampados, portales deteriorados, y un vecindario que se queja de que «la policía no aparece ni se la espera».

«Hemos acudido a la Generalitat, al Ayuntamiento y al Defensor del Pueblo», lamenta un residente. «Pero nadie nos hace caso. El barrio está perdido».

Delante de nosotros no tiene cojones a hacer nada. Por que si lo hacen, lo juro por mi hija, que le rompo los brazosUno de los vecinos de etnia gitana residente en el barrio

El malestar se extiende entre los vecinos más veteranos, que ven cómo el paisaje social cambia a un ritmo que les resulta imposible asumir. En los portales, las conversaciones giran siempre en torno a lo mismo: la inseguridad, los robos y el miedo.

«Nos están martirizando»

Las familias gitanas, asentadas en la zona desde hace décadas, se sienten especialmente afectadas. Viven de cara a la calle, se conocen todos y, como dicen ellos, «aquí no pasa nada que no se sepa». Ahora aseguran que los enfrentamientos con algunos jóvenes del centro son constantes.

«Delante de nosotros no tiene cojones a hacer nada. Porque si lo hacen, lo juro por mi hija, que le rompo los brazos», afirma un vecino. «Roban a los niños y a los viejos. Hacen perrerías. Nosotros respetamos a los mayores, pero ellos no». En sus palabras se mezcla la rabia y el desencanto. La frontera entre la autodefensa y la justicia, por su cuenta, parece cada vez más difusa.

Los echaremos del barrio y los quemaremos vivosUno de los vecinos de etnia gitana residente en el barrio

Mientras recorría las calles del barrio y consultaba a los vecinos, el periodista preguntó a un grupo de personas: «¿Qué vais a hacer si los marroquíes siguen agrediendo a los ancianos para robarles? ¿Lo vais a justiciar vosotros?». El clima de tensión se hizo patente cuando uno de ellos respondió con una amenaza: «Los echaremos del barrio y los quemaremos vivos».

El centro de menores donde residen los marroquíes y africanos «era el hospital Valencia del Mar, que algunos lo conocen como San Juan de Dios. Cerró y la Generalitat lo compró para convertirlo un centro de día y centro de salud mental y al final hemos visto que se ha convertido en un centro de menores que no tiene licencia ni de obras ni de ocupación», afirma Vicente Bellves, periodista de noticias ciudadanas.

«Esto es un polvorín»

El abogado José Luis Roberto, conocedor de la situación, critica la ubicación del centro y reclama que se traslade.

«Si alguien con dos dedos de frente decidiera en qué sitio colocar un centro de menores extranjeros, no sería a 50 metros de este barrio», sostiene. «Aquí hay familias humildes, muchos niños y problemas de droga. Esto es un polvorín».

Según explica, el centro «no tiene licencia ni de obras ni de ocupación» y se han producido altercados, incluso entre los propios trabajadores y los menores alojados hace apenas unos días. «No les gusta el catering, porque les dan catering, hay una pelea y acaba con la agresión a dos monitores a los que se les ha abierto un expediente por una falta muy grave. Osea, ¿dejarse pegar es una falta muy grave?», denuncia.

Entre la frustración y el miedo

La tensión en Las Casitas Rosas no solo refleja un problema de convivencia, sino también la falta de presencia institucional. Los vecinos aseguran que la situación se les ha ido de las manos y que la política, una vez más, ha llegado tarde. «Estos centros hay que anularlos completamente. Cerrarlos. Pero aquí los responsables son nuestros gobernantes. Sea quien sea».

Mientras tanto, el barrio continúa atrapado entre la marginación, la pobreza y un sentimiento de abandono que amenaza con estallar. La desconfianza mutua crece y las noches se llenan de rumores, sirenas y resignación.

El eco de las palabras de los vecinos resuena como una advertencia: Las Casitas Rosas no piden venganza, piden ayuda.

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