Montaje del cartel de búsqueda de las niñas de Alcàsser junto con la imagen de Esther Díez
Qué ha sido de Esther Díez, la 'cuarta niña' de Alcàsser que se salvó de la tragedia
Tenía 14 años cuando Miriam, Toñi y Desirée pasaron por su casa antes de desaparecer camino de la discoteca Coloor. Más de tres décadas después, Esther vive lejos de Alcàsser, marcada por un silencio que eligió como refugio.
Una simple enfermedad cambió su destino. Aquel 13 de noviembre de 1992, mientras España se preparaba para un fin de semana más, Esther Díez decidió no acompañar a sus tres amigas. Estaba enferma, había ido al ambulatorio a ponerse una inyección y prefirió quedarse en casa. Ellas salieron haciendo autostop, como tantas otras veces, y nunca regresaron.
Esther era una adolescente de catorce años que compartía pandilla con Miriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández. Aquella tarde de noviembre, las tres fueron a visitarla antes de ir a la discoteca Coloor de Picassent, donde se celebraba una fiesta de instituto. Permanecieron en su casa cerca de media hora, entre las 17:30 y las 18:00, según el testimonio de su madre, Rosalía Martínez.
Las jóvenes hablaron de la fiesta y de cómo llegarían hasta allí, ya que no tenían suficiente dinero para la entrada ni para el transporte. Lo habitual era hacer autostop, una práctica frecuente entre adolescentes de la zona. Cuando las tres amigas se marcharon, Esther las vio alejarse por la calle. Fue la última persona que las vio con vida.
Horas más tarde, entre las 20:00 o 20:20, según el sumario judicial, las niñas abandonaron Alcàsser y fueron vistas pidiendo un coche en dirección a Picassent. Subieron al vehículo en el que viajaban Antonio Anglés y Miguel Ricart. Dos meses y medio después, el 27 de enero de 1993, sus cuerpos fueron hallados en una fosa del paraje de La Romana.
La declaración que tardó en llegar
Aunque su testimonio era esencial, la Guardia Civil no acudió a la casa de Esther hasta seis días después de la desaparición. El 19 de noviembre de 1992, la joven apareció en una entrevista televisiva en Antena 3 relatando lo ocurrido: que sus amigas la habían visitado porque estaba enferma y que después decidieron irse haciendo autostop. Al día siguiente, prestó declaración formal en el cuartel de Picassent.
En su testimonio explicó que las chicas no hablaban de marcharse de casa ni atravesaban problemas personales. Confirmó también que planeaban quedarse «en la puerta» de la discoteca porque no llevaban suficiente dinero. Aquellas palabras ayudaron a los investigadores a descartar la hipótesis de una desaparición voluntaria y a considerar el caso como un secuestro.
Décadas más tarde, el cineasta Marc Romero, director de la película 75 días (2022), recordaría esa demora en su declaración como una de las grandes lagunas del caso. «Lo que me extrañaba es que la Guardia Civil no fuera a su casa hasta siete días después de la desaparición. Era la última persona que las vio con vida», explicó en una entrevista.
El 28 de mayo de 1997, cinco años después de los hechos, Esther volvió a declarar durante el juicio contra Miguel Ricart. Con 19 años, repasó ante el tribunal los detalles de aquella tarde: la visita de sus amigas, la conversación, el momento en que se marcharon. Explicó que solían hacer autostop cuando perdían el autobús, pero que eran prudentes y evitaban subir a coches desconocidos. «Normalmente subíamos si conocíamos a la gente o con familias mayores», afirmó entonces.
Su testimonio sirvió para fijar la cronología del caso y las costumbres del grupo de amigas antes de la desaparición. Cuando terminó su declaración, la madre de Miriam, Mallde Iborra, se acercó a ella y hablaron brevemente. El contenido de esa conversación nunca trascendió, pero fue uno de los momentos más humanos del juicio.
El paso del tiempo
Han pasado más de treinta años. Esther Díez tiene hoy 47 años. Según fuentes cercanas a la localidad valenciana recogidas por el diario El Cierre Digital, vive fuera de Alcàsser, es madre de familia y mantiene una vida tranquila, alejada de los medios. Conserva el contacto con antiguos amigos y prefiere no revivir públicamente un suceso que marcó su adolescencia.
Su nombre apenas aparece en los titulares, pero su historia quedó grabada como la de una superviviente involuntaria. La casualidad la apartó de la tragedia, pero también la condenó a convivir con la sombra de lo que pudo haber sido. En el relato colectivo del caso Alcàsser, su voz es la del azar y del silencio: la de quien sobrevivió sin buscarlo y aprendió, con el tiempo, que algunas heridas solo pueden curarse lejos del ruido.