Instalaciones y talleres del Proyecto Hiedra
Hiedra, el refugio donde mujeres vulnerables «dejan la mochila en la puerta» y reconstruyen su vida
El proyecto de Cáritas en La Olivereta acompaña desde hace más de 20 años a madres y a sus hijos con apoyo emocional, formación y refuerzo escolar, creando una red de apoyo para 45 mujeres y cerca de 120 menores
Por las tardes, cuando los parques se llenan de niños y los padres conversan, a veces ocurren encuentros que cambian vidas. Así empezó la historia de Consuelo con el proyecto Hiedra, una iniciativa de la Cáritas parroquial del templo de Maria Medianera, que lleva más de 20 años en el barrio de La Olivereta acompañando a mujeres, junto a sus hijos, con situaciones difíciles o en riesgo de exclusión social.
Más allá de los programas de refuerzo escolar y ocio -en la atención a los menores- o de la formación en lo que respecta a las mujeres, Hiedra es un lugar de confort, un ambiente seguro donde mujeres que arrastran historias durísimas de vida, pueden soltar su carga mental y sentirse libres, compartir, reír y crear vínculos para continuar con su día a día.
Consuelo recuerda con claridad aquel primer contacto, estaba en el parque con sus hijos cuando otra madre se acercó y le habló del proyecto. Han pasado más de seis años y continúa ligada a él cada tarde, compartiendo su tiempo con más mujeres a las que considera ya su familia.
Para ella, el proyecto significó algo más que cursos o actividades. «Yo venía con una mochila cargada, con muchos problemas y necesitaba algo para distraerme.» Este espacio se convirtió en una pausa necesaria en medio de sus preocupaciones. «Dejo mi mochila fuera, entro aquí y recargo las pilas». A veces no cose, ni participa en todas las actividades, simplemente conversa, un café, una infusión y un tiempo compartido. Un proceso que, tarde tras tarde, le ha cambiado la vida «soy otra persona», asegura.
Entre las participantes está también Mari Carmen, que define el proyecto como un espacio de encuentro. «Para mí el proyecto es unidad, confort, un lugar donde compartir y donde hablamos abiertamente de nuestras dificultades y nos apoyamos». La formación también ha sido clave para su autonomía. Gracias al curso de informática, puede realizar trámites digitales por sí misma, sin depender de nadie. «Es un espacio seguro, un punto de apoyo para las mujeres migrantes que no tenemos familia. Ellas son nuestra familia.»
Más allá de un taller
Desde sus inicios, el proyecto Hiedra fue creciendo y provocó la necesidad de ampliar sus instalaciones, en un principio limitadas a los locales parroquiales, donde se combinaba la atención a los menores y las actividades para madres. Gracias a la generosidad de una entidad, habilitaron el bajo donde hoy se reúnen las mujeres.
«Decidimos que este bajo sería sobre todo para mujer. Evidentemente, las mamás van siempre de la mano de los hijos, así que al final acaba siendo de mamás y de sus pequeños», señala Pilar Martínez, voluntaria del área de mujeres. «Queríamos que tuvieran un espacio seguro donde entrar y relajarse. Muchas de ellas viven en habitaciones compartidas y apenas tienen un espacio propio, el concepto de hogar como zona de descanso para ellas no existe. Aquí pueden recoger a los niños del colegio, venir, hablar unas con otras, merendar y eso tiene un valor enorme».
Hiedra también es un espacio de formación, pero tiene un objetivo que va más allá, convirtiéndolo en mucho más que un taller. «Cuando estás concentrada en alguna tarea o actividad, el corazón se relaja y empiezas a liberar emociones y vivencias que tienes atascadas». Un proceso en el que intervienen tanto voluntarias como profesionales, entre ellas trabajadoras sociales, educadoras y psicólogas, generando una red de apoyo.
Entre las actividades de formación ofrecen informática, valenciano o talleres orientados al empleo. En esas clases también se habla de tradiciones, fiestas y costumbres, para ayudarles en su integración a la ciudad.
En la actualidad participan en el programa 45 mujeres que se enfrentan a los que, para la Cáritas parroquial, suponen tres grandes problemas, añadidos a las cargas y complicaciones que ya asume cualquier mujer en la sociedad de hoy en día. En primer lugar la conciliación, muchas de ellas llegan solas con sus hijos y sin apoyo familiar que pueda facilitarles la atención de los menores mientras trabajan o en situaciones puntuales. También se ven afectadas por el problema de la vivienda, cada vez es más difícil encontrar no una vivienda, si no una habitación, «aún teniendo dinero, muchas veces no se la alquilan si tienen niños» . Y por último, el empleo, «no somos una bolsa de trabajo, pero servimos de enlace para personas que necesitan ayuda doméstica o en el cuidado de personas. Hay muchísimas ofertas, pero les cuesta muchísimo conseguir un contrato y ellas necesitan cotizar porque han venido con un plan de futuro y muchas ganas de trabajar»
El proyecto también ofrece la atención a los menores con sesiones de refuerzo escolar, juegos, talleres y propuestas de ocio sano para cerca de 120 niños y adolescentes.
Están repartidos por edades en diferentes espacios, la parroquia, el bajo donde realizan talleres las mujeres y un local cedido por la religiosas Clarisas en su convento, cercano al templo. Marta Silvestre, trabajadora del proyecto asegura que «una de las principales dificultades que encuentran muchos de estos niños es el idioma, cuando llegan, el valenciano es una lengua totalmente desconocida para ellos.» Pero el acompañamiento también va más allá de los deberes, a través de juegos y actividades que despiertan su confianza, «mientras jugamos a la pelota o proponemos un juego, vemos cómo se relacionan, y cómo están viviendo su proceso de adaptación».
Para Marta, entre los menores también se crea una comunidad muy fuerte y «esa convivencia es una de las cosas más bonitas del proyecto, cada tarde son ellos los que nos enseñan, con su capacidad de adaptación y resiliencia, muchos arrastran historias muy duras y son un ejemplo con su sonrisa».
Una labor beneficiosa que «te engancha»
Toda esta labor es posible gracias a la dedicación de las voluntarias, que aseguran que el proyecto funciona más como una comunidad que como un aula. «Más que profesoras y alumnas, somos un grupo de amigas», señala Yolanda Ruiz, voluntaria del proyecto.
Las actividades sirven de punto de partida, pero lo más importante ocurre en las conversaciones. El espacio se convierte en un refugio temporal frente a las responsabilidades cotidianas, en el que las voluntarias aseguran recibir mucho más de lo que dan.
Aurelia Villena, otra voluntaria, lleva colaborando en el proyecto desde sus inicios, acompaña a las mujeres en los talleres y su función, asegura, no consiste en dar respuestas a todos sus problemas, «a veces es más importante escuchar, acompañar, y desde mi experiencia, aconsejar».
En Hiedra no hay grandes discursos ni promesas, hay máquinas de coser, pinceles, talleres de informática, apoyo escolar y tardes compartidas de café y desahogo. Algo que las participantes resumen en un gesto sencillo: dejar la mochila en la puerta, tomar un respiro y volver a casa más ligeras.