TRIBUNA ABIERTAJorge Brugos

No están haciendo huelga, están haciendo pellas

Los profesores están en su derecho, faltaría más, pero están siendo egoístas; no es más que un síntoma del narcisismo existencial que nos invade

Act. 01 jun. 2026 - 08:51

En España llevamos tiempo saliendo del paso, cubriendo el expediente. Trabajamos por defecto y escribimos con frases hechas. Las páginas de nuestro país se narran con estándares banales. Si Dios escribe con renglones torcidos, los españoles escribimos con renglones copiados y pegados de otras piezas. De ahí nace la sensación de que la provisionalidad ha dejado de ser temporal para perpetuarse. En una estación del Tram de Alicante que frecuento hay una gotera; no se crean que la han tapado, han colocado un cubo para que el agua no inunde el suelo. Lo hacen para que no nos resbalemos, pero el que resbala es el sistema. Lo hace, precisamente, porque parece que a los que nos gobiernan parece que les resbala que no tengamos una estructura pública sólida. Más que a nuestros políticos, a nuestros técnicos. A ver si se creen que Juanfran Pérez Llorca o su conseller saben todas las goteras existentes en todas las infraestructuras públicas; son cargos públicos, no albañiles.

El problema es que los albañiles también están procrastinando; el sistema ha naturalizado la pereza. Vagancia emanada de cierta inmadurez, infantilismo que ha extirpado toda responsabilidad de los dirigentes y de la sociedad que gobiernan. El mismo que no ha tenido la diligencia que requiere su labor diaria tampoco la tendrá como político. Hay un mantra coloquial que sugiere que el que es mal albañil será mal alcalde de su pueblo. Existen las inteligencias múltiples que planteó el psicólogo Howard Gardner. Sin embargo, solo existen dos tipos de personas: los íntegros y los necios. Aquellos que hacen lo que tienen que hacer y los que no.

La crisis de la educación pública y la huelga en la Comunidad Valenciana son un reflejo de ello. Los huelguistas se están acogiendo al artículo 28 de la Constitución, lo que lo convierte en un derecho fundamental. El problema es que el artículo 27 ampara el derecho a la educación. Existe un conflicto de derechos de la Carta Magna que se equilibra con los servicios mínimos; sin embargo, esa equidad se ve alterada si tenemos en cuenta el tiempo que se está alargando la protesta y el perjuicio que está generando para el interés general. En otro tiempo a eso se le llamaba el bien común; se desterró el término, quizá para calmar la conciencia porque tenía una invocación más contundente de velar por la comunidad. Los profesores están en su derecho, faltaría más, pero están siendo egoístas; no es más que un síntoma del narcisismo existencial que nos invade.

Por otra parte, la vocación ha pasado a ser un brindis al sol de la luna de miel de los románticos. Si antaño uno se hacía profesor por cierto altruismo e iluminación sacerdotal de la enseñanza, ahora muchos se enrolan en institutos públicos para únicamente tener una plaza y asegurarse un salario de por vida. Me acuerdo en una ocasión en la que entrevisté a un profesor de la enseñanza pública que había escrito un libro, y cuando me atendió a las once de la mañana, me dijo que ya podía hablar por qué sus clases habían terminado y estaba en su casa. Mi subconsciente, apostilló: «No has terminado, tu jornada termina a las tres de la tarde». Ese Derecho a la Pereza que escribió Paul Lafargue se cumple hoy, sin tener la catadura moral de cumplir con el deber adquirido al haberse sacado una oposición. Muchos profesores de colegios privados y concertados darían lo que fuera por tener las condiciones que tienen sus colegas de la pública, ellos sí que tienen que hacer sus ocho horas y por salarios muchos más ínfimos.

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