Anatomía de un final
El sanchismo ha entrado en una fase terminal. Dentro y fuera de España son pocos los observadores que no lo dan ya por amortizado
La política, como la medicina, enseña que los finales rara vez son repentinos. Primero aparecen los síntomas; después llega el diagnóstico y, finalmente, la aceptación. El problema surge cuando el paciente no reconoce la gravedad de su estado. Eso es lo que parece ocurrir hoy con el sanchismo. Pedro Sánchez sigue aferrado a La Moncloa como si su mera permanencia pudiera alterar el pronóstico. Los síntomas se acumulan y el diagnóstico se impone. El sanchismo ha entrado en una fase terminal. Dentro y fuera de España son pocos los observadores que no lo dan ya por amortizado. La única incógnita ya no es el diagnóstico. Es el tiempo que falta para el desenlace.
Pedro Sánchez ha hecho de la ambición desmedida un método político. Su trayectoria retrata a un dirigente convencido de que él es el principio y el final de todo. Las lealtades, las alianzas e incluso las propias convicciones parecen tener un valor estrictamente instrumental cuando se interponen entre él y el poder. No juega para el equipo. Es el jugador franquicia para el que se diseñan todas las jugadas. El resto solo debe trabajar para mantener intacto su liderazgo. Ahí reside, precisamente, el principal punto de encuentro entre el sanchismo y Trump. Ambos comparten la misma concepción del poder: el yo o la nada.
Imagen del portavoz del PP en las Cortes Valencianas, Nando Pastor
Hasta ahora, Pedro Sánchez siempre había encontrado una salida. Sobrevivió a su defenestración en el PSOE, regresó para recuperar la secretaría general frente al aparato del partido, llegó a La Moncloa mediante una moción de censura y consiguió mantenerse en el poder tras perder las elecciones generales de 2023. Durante siete años ha caminado sobre el alambre, sorteando crisis y aplazando una y otra vez un desenlace que parecía inevitable. Pero hasta el funambulista más osado acaba cayendo cuando el cable deja de sostenerle. La sucesión de escándalos se ha convertido en un torrente imposible de contener. Por primera vez, Sánchez no controla los tiempos, ni el relato, ni los actores ni los escenarios de una crisis que amenaza con desbordarlo.
Sánchez asiste al derrumbe del entramado político sobre el que levantó su poder. José Luis Ábalos, Santos Cerdán, Koldo García, Leire Díez, su esposa, su hermano... la lista no deja de crecer y alcanza a quienes durante años integraron su círculo de máxima confianza. No son episodios inconexos. Son las piezas con las que construyó su liderazgo y que hoy aparecen salpicadas por escándalos de corrupción, maniobras oscuras o un profundo desgaste político. Su Gobierno ha perdido el pulso político y sus principales apuestas territoriales encadenan derrota tras derrota. Quien entiende la política como una partida de ajedrez sabe mejor que nadie que, cuando empiezan a caer los alfiles y desaparecen los peones, el jaque mate es una amenaza inmediata.
Hay una última imagen que resume mejor que ninguna otra el momento del sanchismo. Se encuentra en la Comunitat Valenciana y tiene nombre propio: Diana Morant. Nadie ha defendido a Sánchez con mayor disciplina ni ha supeditado su futuro político al del presidente. Sin embargo, mientras se derrumba el entramado de poder del sanchismo, la ministra permanece muda. Ni una palabra sobre José Luis Ábalos, ni sobre Santos Cerdan quienes impulsaron decididamente su ascenso en el PSPV; ni sobre el deterioro que rodea al círculo más próximo del presidente, ni sobre la imputación de su padre político y referente espiritual, Zapatero. Ese silencio no es casual. Es la consecuencia lógica de un proyecto construido sobre la lealtad al líder por encima de cualquier otra consideración. Cuando todo gira alrededor de una sola persona, su caída acaba arrastrando a quienes decidieron ligar a ella su propio destino político ¿Será este un final compartido?
Nando Pastor es portavoz del Grupo Parlamentario Popular en las Cortes Valencianas