Vista aérea de la isla de TabarcaAyuntamiento de Alicante

El origen africano de la isla poblada más pequeña de España que aspira a la independencia de Alicante

Los vecinos de Nueva Tabarca reclaman la autogestión administrativa frente a la capital para proteger un ecosistema único y un legado histórico forjado en las costas de Túnez

Apenas unas cuantas hectáreas de roca, cal y tierra emergen frente al cabo de Santa Pola desafiando la inmensidad del Mediterráneo. En Tabarca -el único territorio insular habitado de la Comunidad Valenciana y el más pequeño de toda España- el pulso vital cambia de forma drástica según la estación.

Cuando aprieta el frío invernal, la calma absoluta se apodera de sus calles amuralladas y una cincuentena de vecinos comparte rutina con una nutrida colonia de gatos; en contraste, los meses de julio y agosto transforman la ínsula en un hormiguero humano donde desembarcan entre 3.000 y 5.000 visitantes diarios en busca de sus aguas cristalinas, su célebre arroz de caldero y sus trazados monumentales.

Sin embargo, más allá de la estampa turística, late una demanda de autogestión impulsada por una comunidad cansada de las inercias continentales.

La memoria escrita de este enclave es tan dilatada como su valor estratégico. Conocida tempranamente por el geógrafo griego Estrabón en su obra Geographia y posterior cita en la Ora Marítima del poeta romano Avieno bajo la denominación de Planesia -ubicada dentro de la Hispania Citerior-, la llamada popularmente Isla Plana o Planaria fue atrayendo asentamientos temporales desde la época romana gracias a la riqueza pesquera de sus fondos.

Siglos después, en la etapa medieval, el sabio árabe Al-Idrisi dejó constancia de su importancia militar al señalar que, a una milla de la costa defensiva de Santa Pola y a diez de Alicante, la isla albergaba un «puerto excelente» donde solían resguardarse los navíos enemigos. Esta vulnerabilidad frente al mar propició que, desde el siglo XIV y bajo la órbita de Elche y Santa Pola, se proyectaran los primeros baluartes defensivos para frenar las continuas incursiones piratas.

Puerto de Tabarca al atardecerLuna Marina (GETTY IMAGES)

Ese problema acuciante de la piratería terminaría siendo, irónicamente, el detonante de su poblamiento definitivo a finales del siglo XVIII, vinculando para siempre el destino de la Isla Plana con las lejanas costas del norte de África.

Del esplendor del coral al cautiverio en Túnez

Para entender la raíz de sus actuales habitantes hay que remontarse a 1541, año en que el emperador Carlos V incorporó a la Corona española la pequeña isla de Tabarka, emplazada frente a las costas del noroeste de Túnez.

Dos años más tarde, mediante acuerdos con destacados comerciantes genoveses, aquel islote magrebí se convirtió en un próspero emporio volcado en la extracción y venta del codiciado coral rojo. Durante casi dos siglos, los colonos de origen lígur prosperaron bajo pabellón español a cambio de cuantiosas compensaciones económicas a la Monarquía Hispánica.

Aun así, la ambición de las autoridades tunecinas por recuperar aquel codiciado enclave costero fue creciendo a la par que decayó la presencia militar e intereses comerciales españoles en el norte de África.

En 1741, la pasividad de la metrópoli precipitó la caída de la isla: los tabarquinos de origen genovés fueron apresados, sometidos a esclavitud y trasladados a tierra firme en Túnez. La Tabarka africana quedó despoblada y bajo bandera tunecina, mientras que las familias cautivas iniciaron un penoso calvario que se prolongó casi tres décadas por tierras norteafricanas.

De prisioneros en África a colonos

La liberación de aquellas familias cautivas se materializó entre 1768 y 1769 gracias a las gestiones e intercesión de las órdenes religiosas redentoras. Tras ser rescatados, los refugiados fueron conducidos temporalmente a la ciudad de Alicante, donde las autoridades militares confeccionaron la denominada Matrícula de los Tabarquinos, un exhaustivo censo que registraba los nombres, fechas de nacimiento y estado civil de cada uno de los redimidos.

Faro de TabarcaTurismo Comunidad Valenciana

El rescate coincidió en el tiempo con los planes ilustrados del rey Carlos III y su ministro, el Conde de Aranda, para fortificar la Isla Plana y erradicar definitivamente el contrabando y el uso de sus calas como base pirata. Bajo las órdenes del ingeniero militar Fernando Méndez de Ras, en 1770 se proyectó y construyó una ciudadela amurallada dotada de casas, cuarteles e infraestructuras civiles.

Los antiguos cautivos de origen genovés fueron trasladados en masa a este nuevo núcleo fortificado que, en homenaje al hogar perdido en el Magreb, fue rebautizado oficialmente como Nueva Tabarca.

El aislamiento de un enclave amurallado

Hoy, dos siglos y medio después de aquella gesta colonizadora, la isla enfrenta un desafío diferente: la desconexión administrativa respecto al Ayuntamiento de Alicante, término municipal al que pertenece.

Situada a ocho millas náuticas de la capital alicantina y a algo más de tres de Santa Pola, Nueva Tabarca carece de carreteras o puentes. Su único cordón umbilical con el resto del mundo son las embarcaciones de línea regular, un medio de transporte supeditado a los vaivenes del mar que condiciona el suministro diario, la llegada de materiales y la propia asistencia sanitaria.

Muralla de TabarcaTurismo Comunidad Valenciana

El casco urbano, un recinto amurallado de casas encaladas por el que apenas circulan vehículos, recupera su verdadera dimensión humana en temporada baja. Apenas unas 50 ó 60 personas viven empadronadas todo el año en un territorio cuyo perímetro total roza los cuatro kilómetros y se recorre a pie en unos minutos.

La estrecha convivencia, los pequeños negocios familiares a medio gas en invierno y la rutina marinera han afianzado entre la población el deseo de adaptar la burocracia municipal a sus necesidades insulares inmediatas.

Rebelión burocrática por la autogestión

Esa brecha entre los despachos del continente y la cotidianeidad de la isla ha llevado a sus habitantes a organizarse. Respaldados por 33 firmas de un censo real que ronda las 59 personas, la asociación vecinal ha iniciado los trámites legales para solicitar su constitución como entidad local menor. Con esta figura, los residentes no buscan un gesto rupturista o simbólico, sino la capacidad jurídica y financiera para gestionar directamente competencias clave sin depender de los tiempos del ayuntamiento matriz.

Entre las principales demandas vecinales destaca la materialización de un servicio de transporte marítimo digno -una mejora histórica aprobada por las Cortes Valencianas en 2018 que sigue encallada- y el impulso definitivo a un Plan Especial de ordenación urbanística que lleva años paralizado.

Cuarenta años de custodia marina

Esta reclamación de autogestión cobra una urgencia especial si se tiene en cuenta el extraordinario valor ambiental de su litoral. En 1986, las aguas que rodean la isla fueron declaradas la primera reserva marina de España, un hito de conservación medioambiental del que se cumplen cuatro décadas y que mantiene a Tabarca como referencia internacional en la protección de ecosistemas mediterráneos.

Pradera de posidonia de TabarcaAyuntamiento de Alicante

Bajo el agua se despliegan extensas praderas de Posidonia oceánica, responsables de la nitidez de un mar que en días de calma ofrece visibilidades superiores a los veinte metros.

Durante el verano, la llegada masiva de visitantes supone un desafío para la capacidad de carga de un espacio tan limitado y sensible. En este contexto, la asociación vecinal plantea la autogestión como su fórmula para intentar equilibrar los beneficios económicos de la hostelería estival con la conservación medioambiental y las necesidades de los residentes durante el invierno.

Este debate, impulsado por los habitantes de un núcleo forjado por aquellos cautivos rescatados en el norte de África, pone sobre la mesa el reto de definir cuál es el modelo administrativo más adecuado para gestionar las particularidades del territorio insular poblado más pequeño de España.