Jorge Juan, científico y diplomático
El gran marino español que descubrió que la Tierra está achatada por los polos y engañó a la Reina de Inglaterra
Jorge Juan Santacilia combinó el genio científico y el espionaje clandestino para transformar la tecnología naval española del siglo XVIII
Pocos personajes concentran tanta audacia y talento técnico en la historia de la Ilustración como el marino alicantino Jorge Juan Santacilia. Capaz de desentrañar los enigmas de la física astronómica y de burlar a las autoridades británicas en sus propias costas, este erudito convirtió el conocimiento en un pilar fundamental para la Corona española. Entre la precisión de sus cálculos matemáticos y el riesgo de las operaciones en la sombra, su periplo vital constituye una de las páginas más fascinantes de la historia naval.
El primer hito que consagró su figura internacionalmente fue la resolución de una enconada disputa científica europea: determinar si la Tierra se asemejaba a un melón alargado -como sostenía la Academia Francesa- o a una sandía achatada por los polos, hipótesis apoyada por Isaac Newton y la comunidad académica inglesa.
Para resolver el enigma, la Corona organizó una histórica expedición al Virreinato del Perú en la que participó Jorge Juan junto a su compañero Antonio de Ulloa.
Tras minuciosos trabajos de campo en la línea ecuatorial, las observaciones del español dieron la razón a las tesis británicas, confirmando el achatamiento polar. Los célebres instrumentos empleados en aquella expedición se exhiben hoy en el Museo Naval.
Retrato de Jorge Juan
Sin embargo, su faceta más arriesgada comenzó en 1749, cuando asumió una misión de espionaje en tierras inglesas impulsada por los ministros de Felipe V. El objetivo era renovar la flota militar española frente al empuje británico en la construcción naval, considerada el gran secreto tecnológico de la época.
Instalado en Londres bajo una identidad falsa, Jorge Juan pasaba las mañanas integrado en la prestigiosa Royal Society -manteniendo una distante relación con la embajada de su propio país-, mientras que por las noches mutaba en un modesto comerciante de vinos.
Frecuentando los muelles del Támesis, contactaba en secreto con marineros, carpinteros e ingenieros ingleses para ofrecerles sueldos muy superiores si aceptaban trasladarse a trabajar a los astilleros españoles.
Esta intensa captación clandestina encendió las alarmas de la policía británica, que estuvo a punto de descubrir al marino español tras difundirse los rumores sobre la presencia de un agente infiltrado.
Ante el peligro inminente, Jorge Juan organizó primero la salida escalonada de los guardiamarinas que le acompañaban para no levantar sospechas. Él permaneció más tiempo en la capital británica para asegurar la repatriación de los operarios contratados y sus familias, hasta que finalmente logró escapar en un buque con destino a Francia utilizando un disfraz de marinero.
Mente matemática
La solvencia que demostró durante aquella arriesgada operación venía cultivándose desde su infancia. Nacido en 1713, Jorge Juan quedó huérfano siendo muy niño y creció educado por dos tíos, uno de los cuales era cirujano y caballero de la Orden de Malta.
Octante que utilizó en 1742 para medir la longitud del grado del meridiano terrestre en Perú junto a Antonio de Ulloa
Con solo doce años ingresó en la citada orden, incorporándose más tarde a la Real Compañía de Guardias Marinas creada por Felipe V. En las aulas gaditanas, su destreza en las ciencias exactas provocó que sus instructores y compañeros le apodaran «Euclides».
La primera máquina de vapor
Además de reclutar a decenas de técnicos cualificados, Jorge Juan logró sacar clandestinamente de Gran Bretaña la maqueta de una máquina de vapor. Años después, tras encabezar una embajada diplomática ante el rey de Marruecos, firmó un tratado de paz que conllevó la liberación de los esclavos marroquíes que trabajaban en el arsenal de Cartagena.
Al quedar el astillero sin mano de obra para accionar manualmente las bombas de achique, el marino promovió la construcción del prototipo traído de Londres. De este modo, Cartagena se convirtió en el primer rincón de España en aplicar la tecnología de la máquina de vapor.
La trayectoria del alicantino trasciende el retrato del sabio ilustrado clásico para encarnar un pragmatismo de Estado sin precedentes. Sus mediciones en el ecuador zanjaron uno de los mayores debates científicos de la época a favor de las tesis de Newton, otorgándole un asiento entre la élite intelectual europea.
En paralelo, su infiltración en el corazón naval del Imperio británico inyectó a los astilleros españoles una modernización tecnológica, con la llegada del vapor incluida, del todo inalcanzable por la vía diplomática. Jorge Juan dejó claro que la supremacía mundial del siglo XVIII se jugaba tanto en las pizarras de las academias como en las sombras del Támesis.