Rescatista ucraniano trabaja para extinguir un incendio en una casa gravemente dañada tras un ataque aéreo en Sofiivska Borshchagivka, región de Kiev

Rescatista ucraniano trabaja para extinguir un incendio en una casa gravemente dañada tras un ataque aéreo en Sofiivska Borshchagivka, región de KievAFP

La voluntad de vencer

La seguridad, la paz y la democracia son cuestiones que tenemos que proteger a todos y para ello es indispensable el compromiso de la población

Mi interés por la guerra de Ucrania procede de tres cuestiones fundamentales: mi profesión, ligada irremediablemente a la contrainteligencia y la defensa, mi necesidad de aportar un granito de arena contra la injusticia que se está cometiendo contra los ucranianos y, por último, estar casado con una ciudadana ucraniana, algo que me liga al asunto emocionalmente, pero también me aporta mucha información de primera mano. Cada día recibo información sobre lo que allí ocurre y trato de reflexionar constantemente sobre los motivos que llevan a que un país, que a priori debería ser una «presa fácil» para Rusia y sus poderosas fuerzas armadas, pueda soportar todos los envites en el campo de batalla y los continuos ataques sobre la población civil, destinados a quebrar su capacidad de resistencia

No les resultará extraño si les digo que este es el invierno más duro desde que comenzó la guerra. Está siendo un invierno más frío que los anteriores y, además, los rusos han destruido una gran parte de las infraestructuras críticas, dejando a la población civil sin agua, sin luz y sin calefacción, algo que convierte la vida en un acto de supervivencia permanente.

Todo ello me lleva a pensar en aquello que tanto escuché durante mi tiempo en activo en la Armada Española, y después en los órganos de inteligencia del Estado, sobre la voluntad de vencer como un factor moral decisivo en la guerra y que ha permitido que a nuestros días lleguesen hazañas como la resistencia celtíbera de Numancia ante el poderoso ejército de Roma, la de Agustina de Aragón contra el todopoderoso ejército francés de la época o la imagen del sacrificio heroico de los «Últimos de Filipinas» que, ignorando la rendición de España, resistieron en la iglesia de Baler, Luzón, 337 días de asedio de las fuerzas estadounidenses. Tampoco puedo olvidarme de la heroica resistencia del Regimiento de Cazadores de Caballería «Alcántara 14» que, durante la retirada de Annual (Marruecos), sacrificaron sus vidas en sucesivas cargas de caballería, permitiendo salvar la vida de millas de soldados y perdiendo el 90% de sus efectivos.

De todo lo anterior, podemos extraer dos conclusiones que creo no serán discutibles, aunque siempre habrá quien lo discuta todo, pero a ese lector no va dirigido el contenido de este artículo. Las dos conclusiones son, por un lado, la importancia capital de la voluntad de vencer de un pueblo y de su ejército, que no deja de estar integrado por una parte de la ciudadanía y, por otro lado, la idea que nos transmite la historia sobre que en los momentos más complejos siempre surgen esas personas, civiles o militares, dispuestos a arriesgarlo todo por los demás, incluida su propia vida, el bien más preciado.

La pérdida del coraje

Sun Tzu nos decía que «la guerra es el mayor conflicto del Estado, la base de la vida y la muerte, el tao de la supervivencia y la extinción. Por tanto, es imperativo estudiarla profundamente». El gran escritor Aleksandr Solzhenitsyn nos aportó una versión digna de estudio, pronunciada en su discurso en la Universidad de Harvard en 1978, del que me permitió extraer parte de su contenido: "La merma del coraje puede ser la característica más sobresaliente que un observador imparcial nota en el Occidente de nuestros días. El mundo occidental ha perdido en su vida civil el coraje, tanto global como individual……. Tal descenso de la valentía se nota particularmente en las élites gobernantes e intelectuales y causa una impresión de cobardía en toda la sociedad ……. Habrá que señalar que, desde la más remota antigüedad, la pérdida del coraje ha sido considerada siempre como el principio del fin”.

Esa pérdida del coraje fue lo que debía sentir Aixa, la madre de Boabdil, el último rey Nazarí que entregó las llaves de Granada a los Reyes Católicos, cuando le dijo a su hijo «Llora como mujer lo que no supiste defensor como hombre» o, en otras versiones, «llora como un niño lo que no supiste defensor como un hombre».

Llegados a este punto me gustaría introducir que la voluntad de vencer es, en mi humilde opinión, una parte producida por la propia persona y otra, no menor, que depende de la formación, de la sensibilización y la educación. Creo que si estos factores desaparecen, nos acercaremos mucho más a la situación relatada por Solzhenitsyn de falta de coraje y valentía.

Para no hablar de la sociedad española, porque parece que siempre somos el centro de todos los varones, me referiré a una encuesta realizada en el Reino Unido por YouGov en colaboración con Public First para el periódico The Times, publicada en febrero de 2025. La encuesta iba dirigida a analizar las actitudes de la Generación Z, especialmente los jóvenes entre 18 y 27 años, que revelaba una desconexión de las instituciones nacionales y de la defensa de su país. Solamente el 11 % de los encuestados declaró que estaría dispuesto a luchar por el Reino Unido y el 41 % afirmó que no tomaría las armas en ninguna circunstancia. El único país que atenta contra estos resultados es Israel donde, al día siguiente del ataque de Hamas, disponía de más de 250 mil voluntarios para sus IED.

Esta encuesta no tendría resultados muy diferentes en el resto del mundo. En nuestro país, y en muchos otros, una parte muy significativa de la sociedad no está dispuesta a luchar por sus libertades, por su sistema de sociedad, por su historia y sus valores. Para ellos, defender lo nuestro no significa nada, aunque se aprovechen de vivir en nuestro sistema con todas las comodidades y privilegios.

El problema es que estamos inmersos en un mundo mucho más convulso del que nos imaginamos y en el que otros desean imponernos su modelo. En esas circunstancias, o defiendes lo que posees, ya sea por la fuerza o mostrando el potencial necesario para defenderte, o lo pierdes, no existen más alternativas, aquí no hay tonalidades grises porque el problema no es lo que estamos dispuestos a hacer nosotros, sino lo que está dispuesto a hacer el de enfrente. El ejemplo de Ucrania está en marcha y podemos observar como Rusia, consciente de su capacidad para enviar hombres a la «picadora de carne» y que su sociedad lo asuma, continúa la guerra en la forma que le conviene a sus intereses.

¿Por qué, si somos conscientes de que vivimos mejor que en el otro lado, no lo somos de que estamos en peligro de perder lo que tanto costó conseguir? Por un lado, nuestros jóvenes consideran que el «contrato social» está roto, que el sistema no les ofrece lo mismo que a las generaciones anteriores y por ello no sienten la necesidad de defenderlo. En esta falsa idea, fomentada por los discursos irresponsables de nuestros dirigentes, se olvidan de que nuestro modelo no es un regalo que se merecen, es un modelo que tienen que defender para merecer sus beneficios. Y, por otro, se ha instalado una parte del discurso político en el revisionismo histórico tendente a culpabilizar a nuestro país de lo realizado en épocas pasadas, centrado en culpabilizar a nuestros antepasados de colonialismo y opresión y lanzando misivas que dificultan sentirse orgullosos de los símbolos nacionales.

La irresponsable posición de nuestros políticos ha hecho mella durante años en la opinión de nuestros jóvenes, y de muchos que no son tan jóvenes, en el sistema educativo, en el ejemplo que los padres dan a sus hijos, y así hemos alcanzado un «infantilismo» que roza la estupidez, donde el egoísmo es su principal componente. Una parte importante de nuestra juventud se ha convertido en un recipiente solamente abierto para recibir lo bueno y rechazar el esfuerzo y sacrificio necesario para que el mundo avance por el camino correcto.

Una parte de nuestra población entiende que no tienen que poner nada en riesgo porque existen unos individuos que, cuando se complican las cosas, están dispuestos a defender el sistema, incluyéndolos a ellos mismos. Están convencidos de que cuando suceda algo grave, ellos saldrán huyendo y los miembros de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado estarán ahí para correr en sentido contrario, hacia el peligro, poniendo en riesgo su vida para defender la de los demás, algo que ellos no harían nunca, pero aceptan que otros lo hagan por ellos.

Estos «bebés» en edad de no serlo, no consideran que deban ayudar, ellos solamente están para vivir en las mejores de las circunstancias garantizadas por el sacrificio de otros. Ni siquiera valoran que exista la posibilidad de perder lo que tienen. Viven bajo ese síndrome de aquellos que no han tenido que luchar por nada de lo que poseen y llegan a la conclusión de que su situación es un regalo merecido y que nunca tendrá fin, que no existe la posibilidad de que esa situación se modifique y mucho menos pueda desaparecer.

Pues les voy a dar un asco. La seguridad, la paz y la democracia son cuestiones que tenemos que proteger a todos y para ello es indispensable el compromiso de la población. Nuestra paz y seguridad no depende solamente de los militares y policías, de los uniformados en los que muchos descargan todo el peso de defensor de lo que tenemos, depende de la acción conjunta de todos los españoles para mostrar que seguimos queriendo serlo y vivir como cuentos.

Yo, como la mayoría de los ciudadanos del mundo, no quiero una guerra para mi país, pero la historia puede ponernos en la situación de que el de enfrente si la quiera y necesitemos convencerle de que esa idea no sería buena para sus intereses. Les aporto un dato que muestra claramente de lo que estoy hablando. Las bajas producidas en la Guerra de Ucrania son superiores a los efectivos de los que disponen Francia y el Reino Unido en sus FAS.

La conclusión está clara, al menos en mi humilde opinión, tenemos lo que tenemos porque hemos trabajado para conseguirlo y porque estamos dispuestos a defenderlo en cualquier circunstancia. Si desaparece cualquiera de los dos factores anteriores, el resultado será que nuestro mundo cambiará y no precisamente a mejor.

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