Convoy de UNIFIL en Líbano
Diplomacia degradada, misión expuesta: el riesgo de España en UNIFIL
España se enfrenta a la convergencia de dos dinámicas negativas: la degradación del sur del Líbano como espacio de seguridad y el empeoramiento de su relación con Israel
La degradación diplomática entre Madrid y Tel Aviv coincide con el deterioro militar en el sur libanés y aumenta la presión sobre la Fuerza Provisional de Naciones Unidas (UNIFIL) y sobre el contingente español desplegado en una de las zonas más inestables de Oriente Próximo.
La política exterior no es un teatro inocuo, y menos cuando un país mantiene tropas desplegadas. La sucesión de gestos, declaraciones y acusaciones del presidente del Gobierno –pensadas en buena medida para consumo interno– ha contribuido a tensar la relación con Israel en el peor momento posible: cuando el sur del Líbano vuelve a ser un frente y España mantiene allí soldados bajo bandera de Naciones Unidas.
La crisis entre España e Israel ha dejado de ser un desencuentro exclusivamente diplomático para proyectarse sobre un terreno mucho más sensible: la seguridad del contingente español desplegado en el sur del Líbano. La retirada de embajadores, el endurecimiento del lenguaje político y la creciente desconfianza bilateral coinciden con un deterioro acelerado en la frontera libanesa, donde la UNIFIL opera con menos margen, menos libertad y más vulnerabilidad.
España no solo participa en UNIFIL: lidera el Sector Este y mantiene uno de los contingentes más importantes de la misión. Por eso cualquier empeoramiento en el sur del Líbano no nos afecta de forma abstracta, sino a la seguridad de militares españoles desplegados en una zona de guerra y a nuestro prestigio internacional.
El sur del Líbano ha dejado de ser un espacio de contención para convertirse en un frente activo. La presión militar israelí, la persistencia de Hizbolá como actor armado y la debilidad del Estado libanés han erosionado aún más la inestabilidad existente desde 2006. UNIFIL sigue actuando, pero cada vez con más dificultades para patrullar, verificar y disuadir.
Soldados del Ejército libanés y miembros de Unifil patrullan cerca de la aldea de Marjayoun, en el sur del Líbano
El principal riesgo para España no es una amenaza directa, sino la erosión del entorno político que protege indirectamente a su contingente. Cuando una relación bilateral se degrada, los canales siguen existiendo, pero funcionan peor; las crisis tardan más en resolverse; y los incidentes puntuales adquieren una carga política mayor. En una zona donde cualquier roce puede escalar, esa diferencia importa.
Una relación diplomática degradada
Las relaciones hispano‑israelíes atraviesan uno de sus peores momentos. No hay ruptura formal, pero sí una degradación política evidente: embajadas a bajo nivel, menor confianza y capacidad de reacción cuando aparece una crisis grave. El deterioro proviene de desacuerdos sobre Gaza, la cuestión palestina, la guerra de Irán y el lenguaje empleado por el Gobierno español. A ello se suma una percepción cada vez más asentada en Israel: que España ha dejado de ser un actor neutral.
Esa percepción se hizo explícita el 10 de abril, cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, acusó públicamente a España de librar una «guerra diplomática» contra Israel. En un mensaje difundido en redes sociales advirtió de un «precio inmediato» y ordenó expulsar a los representantes españoles del Centro de Coordinación Cívico‑Militar en Kiryat Gat, órgano multinacional ligado a la supervisión del alto el fuego en Gaza. Más allá de su alcance operativo, la decisión tiene un significado político: Israel decide situar a España fuera de un marco internacional relevante en relación con el conflicto palestino-israelí. A esas declaraciones y a la expulsión de los representantes españoles se suma la retención temporal de un miembro del contingente español en el Líbano por fuerzas israelíes.
El sur del Líbano vuelve a ser un frente
Mientras ese vínculo diplomático se enfría, el sur del Líbano se calienta. La combinación de Ejército libanés y UNIFIL para la contención de Hizbolá no ha logrado su objetivo. El terreno se ha reorganizado en franjas de riesgo: una zona fronteriza inmediata sometida a fricción casi permanente; el espacio entre la Blue Line y el Litani, donde la interposición internacional ha perdido eficacia; y una retaguardia insegura.
El Estado libanés sigue sin consolidar su soberanía al sur del Litani. Hizbolá conserva capacidad de combate, influencia territorial y peso político para bloquear el monopolio estatal de la fuerza. Israel, por su parte, actúa con lógica operativa que desborda la mera defensa de la frontera y busca impedir que el sur libanés siga siendo una plataforma operativa hostil.
Una misión cada vez más expuesta
UNIFIL fue concebida para supervisar el cese de hostilidades, apoyar al Ejército libanés y contribuir a la estabilización del sur. Pero una fuerza de paz funciona cuando existe un mínimo acuerdo entre los actores enfrentados y cuando su libertad de movimiento no se ve comprometida. Cuando patrullar o verificar se convierte en actividad de riesgo permanente, la misión pierde eficacia práctica.
España, por su importancia en UNIFIL, gana visibilidad y, con ella, exposición. La seguridad del contingente debe analizarse en tres planos: el táctico (fuego indirecto, ataques próximos, artefactos y rutas inseguras), el operativo (restricciones de movimiento, presión logística y desgaste) y el político‑militar.
En este tercer plano, la mala relación con Israel no convierte automáticamente a España en objetivo, pero sí reduce su capacidad de gestión de los incidentes. Cuando las relaciones son fluidas, incluso incidentes graves se pueden encauzar por canales discretos. Cuando se enfrían, la gestión se vuelve rígida, lenta y expuesta a la sobrerreacción política. En una misión de paz dentro de un entorno de guerra, esa pérdida de flexibilidad puede ser decisiva.
Y hay un factor adicional: la percepción. Formalmente, los militares españoles en UNIFIL no actúan como instrumento de la política exterior española frente a Israel. Sin embargo, en escenarios de alta tensión la percepción importa mucho. Si una de las partes considera que España ha perdido neutralidad, puede no haber hostilidad abierta, pero más fricción diaria y menos predisposición a resolver con rapidez situaciones delicadas.
Dos escenarios
España opera en una misión presionada por ambas partes. Para Israel, UNIFIL resulta insuficiente para impedir la reaparición de Hizbolá en determinadas áreas; para Hizbolá, la misión puede ser tolerable mientras no interfiera, pero deja de ser cómoda cuando intenta ejercer de verdad su función de control y verificación. Esta ambivalencia sitúa al contingente español en una posición incómoda: necesario para todos en el plano diplomático, pero no aceptado por nadie cuando la escalada se intensifica. En ese marco, un deterioro adicional del clima político con Israel añade fricción allí donde ya existe fricción.
El escenario más probable es un deterioro controlado: relación mala sin ruptura; embajadas abiertas a bajo nivel; canales técnicos activos, aunque debilitados; y un sur del Líbano inestable, con hostilidades intermitentes y una UNIFIL cada vez más forzada. En ese marco, el riesgo sería alto pero manejable.
El escenario más peligroso sería una escalada mayor entre Israel y Hizbolá coincidiendo con un empeoramiento adicional de la relación hispano‑israelí. España podría quedar con sus tropas en una misión cada vez menos útil, en un teatro más hostil y con menor capacidad diplomática para amortiguar incidentes. No haría falta una agresión deliberada contra el contingente: bastaría la combinación de combate intenso, restricciones operativas y pérdida de libertad de movimiento.
Un desafío estratégico para España
España se enfrenta a la convergencia de dos dinámicas negativas: la degradación del sur del Líbano como espacio de seguridad y el empeoramiento de su relación con Israel. Juntas elevan la presión sobre UNIFIL y aumentan la vulnerabilidad indirecta del contingente español. El riesgo principal no es un golpe directo, sino la erosión del entorno que permite a una fuerza de paz operar con un mínimo de seguridad.
Y aquí está la conclusión más incómoda: esta situación no se ha producido sola; se ha contribuido a fabricarla. El presidente del Gobierno ha utilizado la política exterior como herramienta de agitación doméstica, elevando el tono y acumulando gestos que, previsiblemente, iban a deteriorar los márgenes de relación con Israel.
Las declaraciones de Netanyahu del 10 de abril de 2026 –«guerra diplomática», «precio inmediato» y expulsión del CMCC– son un indicador de límites ya traspasados. Y en operaciones como UNIFIL, los umbrales políticos importan: convierten incidentes menores en episodios mayores, reducen la discreción, dificultan la gestión y estrechan el margen para reconducir fricciones.
La tarea inmediata debería ser doble: reducir el daño político y reconstruir la interlocución técnica y la gestión de crisis. No para agradar a Israel, sino para proteger a un contingente desplegado donde el riesgo está presente y el error se paga caro en el terreno.
Quien siembra vientos recoge tempestades
No por moralidad, sino por causalidad política. Si desde Madrid se ha decidido convertir el lenguaje en munición interna mientras hay tropas desplegadas, se ha contribuido a degradar el colchón que protege a esas tropas. Y cuando ese colchón desaparece, el coste no lo paga el argumentario político ni la propaganda: lo pagan la seguridad y la libertad de movimiento de nuestros soldados en el sur del Líbano, nuestra fiabilidad y nuestro prestigio internacionales. Paradójicamente, a la seguridad de nuestras tropas puede contribuir más un acuerdo de alto el fuego en la guerra de Irán, en el que se considerarán los intereses israelíes, que las acciones de nuestro Gobierno.
Juan Sánchez Gamboa es general del Ejército, analista del Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.